El falsificador 42. TIEMPO DE MORIR
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42. TIEMPO DE MORIR

TIEMPO DE MORIR

Carlo tenía instrucciones precisas para comunicarse con la mafia siciliana, que debía hacer el trabajo sucio con el que él no se atrevía a mancharse las manos.

Cuando la comunicación llegó a la dirección de Roma, un mecanismo tan eficiente como desconocido se puso en marcha para que, en el día señalado, lo esperara Ludovica Conti en el lobby del hotel Helvetia.

—¿Una mujer? —dijo, decepcionado al verla.

—Una que hará lo que usted no tiene valor para hacer. Debería darle una vuelta.

—Pero...

—Me levantaré y me iré si eso es lo que quiere. Aunque, por lo que sé, soy bastante más efectiva en mi trabajo que usted en el suyo.

Él calló un instante antes de hablar.

—Bueno, seré muy breve. Recuerda el trabajo que aplazamos, ¿el que involucraba al español? Ha llegado el momento de que lo...

—Ejecute —dijo ella, que sonreía mientras le hablaba, dando la imagen para quienes los veían de una pareja de amigos hablando de cosas sin relevancia.

—Eso es.

—Hay un asunto que tenemos pendiente, como sabe. Le dijo a Bruno Greco, emisario de mi jefe, don Gonzaga Testa, que le pagaría con la venta de su casa de Poggio Imperiale, pero, aunque se ha producido la venta, el dinero no ha llegado.

—Lo sé. Pero es porque tengo algo mucho mejor. Más conveniente.

—No es lo que hablamos.

—Es mucho mejor. Escúcheme. En pocas semanas un Botticelli obrará en mi poder, uno único, desconocido y muy valioso. Ha formado parte de mi patrimonio, pero me parece bien desprenderme de él de manera discreta. A don Gonzaga le satisfará plenamente, no lo dudo. Así que pregúntele.

—¿Cómo sabremos que es auténtico?

—Pueden preguntar en San Raffaello, donde tenemos el castillo de Faggio.

Todo el pueblo sabe que teníamos un Botticelli allí.

—Carlo sabía que la sustracción del cuadro se había hecho en secreto.

Para los habitantes de la villa de los Abruzos, los Viel seguían teniendo el cuadro colgado en la pared del castillo.

—Entonces, no es suyo, sino de su mujer.

—Todo lo de mi mujer es mío. Ella está de acuerdo.

—Pero todo lo suyo es solo de usted, ¿no es así? —Ludo lanzó una carcajada breve—. Muy comunista. Aunque presiento que usted tiene muy pocos bienes, y no creo que a su mujer le interesen sus deudas.

—Maten a Rezola. —Carlo estaba harto de impertinencias.

Sacó una pequeña agenda del interior de su chaqueta y marcó una fecha a principios del mes siguiente; luego se la mostró a Ludo, que asintió con la cabeza y memorizó el día—.

Es una mala persona. Háganlo por la tarde, de forma que, simplemente, desaparezca, no quiero mártires.

Mátelo sin hacerle preguntas, sin que él sepa por qué, ¿lo hará?

Lo sacan de su piso, lo amordazan y lo tiran al río con un tiro en la nuca.

—Nunca hacemos preguntas —dijo Ludo, aunque no era cierto; precisamente, cuando le pedían que no preguntara, lo hacía—, pero nosotros matamos de cara. Solo los cobardes pegan tiros en la nuca. No me ofenda.

—Es solo que... las razones por las que Rezola debe morir atañen a asuntos personales míos y de mi mujer, a nuestra intimidad..., y preferiría que su naturaleza fuera privada.

—Lo comprendo.

—Me gustaría que dejara una nota con este texto —dijo pasándole un papel por encima de la mesa—.

Que lo escriba con su letra y lo deje en su apartamento, que parezca que se ha ido...

Tiene un perro, no lo deje allí. Cuando esté muerto, les daré el Botticelli y podrán hacer con él lo que quieran.

Si lo venden, recibirán mucho dinero, y si no, don Gonzaga podrá colgarlo en su salón e impresionar a sus invitados.

Ludo sonrió con ironía.

—Don Gonzaga es muy distinto a usted y todos los que se mueven por el mundo con su simpleza. No pretende impresionar a nadie por lo que tiene, sino por lo que es.