El falsificador EPÍLOGO
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EPÍLOGO

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La nieve y el viento golpeaban los ventanales del Berghof provocando que la vista, habitualmente espléndida, desapareciera en medio de la agresividad de la tormenta alpina.

No se veía ni un prado, ni un pueblo ni una montaña, tan solo la furia del clima contra el que la casa resistía altiva.

Dentro, aunque el calor de la chimenea y del moderno sistema de calefacción mantenían la temperatura a raya, un grupo de hombres se miraba sin atisbo de confort.

La tormenta del exterior sería una minucia si decidían desatar la del interior.

Hacía dos días, a la llamada de Adolf Hitler, la residencia había recibido a Hans Posse, el director de la Galería de Pinturas de Dresde.

Tras su viaje a Italia, la fascinación del Führer por la riqueza artística del país había crecido al mismo ritmo que la comparaba con la del Reich y se decepcionaba.

Así, una vez más, el germen del descontento había catalizado en un proyecto megalómano: el Museo del Führer, en Linz.

Sería él, el Führer, el guía elegido para devolver a Alemania la gloria, el que se ocupara de que contara con el museo mayor, más rico y mejor. Uno que supliría de una vez por todas las carencias del Reich en esa área. Uno que haría sombra al Louvre, al Prado y a los Museos Vaticanos.

Hans Posse, historiador y experto en el arte que el Führer admiraba, sería el encargado de proponer qué habría dentro de aquel edificio aún inexistente cuyo diseño estaba en manos de Albert Speer.

Por supuesto, nadie se preguntaba de dónde saldrían las obras, porque nadie dudaba de que Hitler pudiera hacerse con ellas. El Museo del Führer iba a ser la gran joya del Reich y uno de los juguetes predilectos del hombre que le daría nombre. Los planes, aunque aún preliminares, eran muy reales.

Pero había surgido un problema donde nadie lo esperaba.

Hitler había recorrido la residencia mostrando a Posse la selección de arte de altísimo nivel que decoraba sus paredes, cuadro por cuadro.

El Tiziano, el Böcklin, el Ziegler, los tapices gobelinos...

y, cómo no, el Botticelli que recientemente le había sido regalado.

Todos habían impresionado al director, pero el Botticelli le resultó desde el primer momento extraordinario. Por la noche, antes de que el Führer volviera a su habitación, pidió verlo de nuevo y por la mañana otra vez más.

Hitler se enorgulleció. También a él le gustaba el cuadro.

Todo había ido bien hasta algunos días después, cuando Goebbels recibió en el mismo Berghof la llamada telefónica del académico.

Su piel palideció y sus ojos se llenaron de asombro al escuchar lo que Hans Posse le aseguraba.

Sin ningún género de duda, sin margen de error, el cuadro de Botticelli no era más que una excelente copia.

Una copia cuya autoría tenía clara. Había un falsificador especializado en el Renacimiento trabajando desde hacía años.

Se trataba de uno de los mejores que la historia había conocido, y había conseguido vender sus cuadros a los principales museos y colecciones haciéndolos pasar por obras de maestros renacentistas.

En los mejores salones del mundo colgaban obras fruto del fraude, y el hombre más poderoso de Europa tampoco había escapado al engaño.

Un cuadro falso, regalado por el Duce, en la salita privada del Führer. A Goebbels no se le ocurría una combinación peor. Los demás no pudieron consolarlo porque todos estaban de acuerdo. El asunto era realmente grave.

Albert Speer, que tampoco era ajeno a los extremos cambios de humor de Hitler, se puso de lado.

Göring, amante del arte e incipiente coleccionista, respiró al no haber estado presente en la entrega del maldito retrato en Florencia.

Nadie sabía qué hacer. Todos temían. La verdad no podía traer nada bueno, pero, si se descubría con retraso, si el Führer averiguaba que todos sabían que admiraba una falsificación y que había hecho el ridículo, sería peor aún.

Las relaciones entre dos ególatras como Mussolini y Hitler soportaban muy mal lo que entre individuos más ponderados hubiera resultado anecdótico.

Goebbels respiró hondo y se acercó a la puerta del Führer. Golpeó dos veces la puerta y esperó a ser autorizado para entrar.

Dentro, Adolf Hitler miraba atentamente a Colomba Corsini.