El falsificador 40. EL CABO SUELTO
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40. EL CABO SUELTO

EL CABO SUELTO

María José de Saboya bajó las escaleras de la Palazzina Reale ansiosa por conocer el resultado de la operación de la que había sido partícipe.

Sabía que había dado buenos frutos, pues de lo contrario habría sido informada, y se ilusionaba pensando que por una vez había pasado a la acción.

Hasta entonces la única afrenta directa a Mussolini había sido renunciar, en los días anteriores a su boda, a su requisito para que cambiara su nombre por el de Maria Giuseppina.

El gesto había molestado al Duce, pero no había servido de nada para debilitar el régimen del país del que esperaba ser reina algún día.

La princesa heredera se esperanzaba con la idea de que el cargamento de pistolas sí podía ayudar a cambiar las cosas.

En la antesala de la capilla la esperaba el padre Orso. Su amplia sonrisa la llenó de alegría.

—¿Llegó todo? —preguntó, emocionada.

—Doscientas treinta y cuatro armas. Los Maratti ya están distribuyéndolas. Siguiendo sus instrucciones, solo se repartirán a los grupos con misiones concretas y aprobadas por la dirección de Justicia y Libertad.

—Eso es. No queremos que Italia se convierta en un wéstern.

—Nadie quiere eso.

—Pero me alegro de ayudar a la organización.

—Como sabe, están preparando algo para la visita de Hitler. Cualquier síntoma de que el régimen es más débil de lo que parece y de que no hay unanimidad en su aceptación será muy valioso.

—Espero no acabar recibiendo un tiro de esos chicos. Previsiblemente, pasaremos algún tiempo con el visitante. No cabe duda de que compartiremos varios actos. Ni siquiera mi cuñada Mafalda podrá excusarse.

—¿Serán muchos? —preguntó Orso, decidido a pasar la información al Vaticano, a Ludo, y a Justicia y Libertad.

—No. En realidad, no tantos. La recepción en la estación, por supuesto, la cena en el Quirinal y los actos de la Marina Real en Nápoles.

Pero no estaremos en la parte más lúdica del viaje.

Van a llevarlo al Coliseo, a la Galería Borghese...

En Florencia también se ha confirmado la visita a los Uffizi.

De todo eso nos hemos podido librar. Es mejor así.

A mí me cuesta disimular, pero para mi cuñada es imposible.

Supongo que su marido intentará estar en todo, ya sabe lo que le gusta al príncipe de Hesse el Führer.

—No le ha ido nada mal desde que llegó al poder.

—No, nada mal, pero las familias reales miramos lejos..., y unirse a alguien como el Führer históricamente nos ha dado siempre malos resultados. En fin, Dios dirá. Volviendo a nuestros asuntos, me gustaría conocer a la persona que ha estado involucrada en la operación.

—Pero, alteza...

—No, padre. Creo que me lo he ganado. Nadie arriesga más en esto que yo. Me gustaría que fuera él mismo el que me devolviera la montura de mi tiara.

«Ella misma», se dijo Orso.

—Lo comprendo, pero no depende de mí. Déjeme que se lo consulte a... él.

—Hágalo. Me gusta conocer a mis secuaces —dijo divertida—, y estoy orgullosa de nuestra colaboración.

Mientras tanto, a poca distancia, en Villa Polissena, Ludo había entrado en pánico.

La montura de la tiara no aparecía y hacía una hora que la buscaba en los lugares más improbables, como si la pieza tuviera patas y pudiera salir de su estuche, que sí conservaba, y esconderse en algún lugar.

Era absurdo y lo sabía, pero no podía hacer otra cosa.

Se sentó en el borde de la cama y rebuscó entre sus recuerdos más recientes para localizar el lugar en el que la había visto por última vez.

«En Kronberg», se dijo al rato. Había abierto por última vez el estuche de cuero azul y tocado la montura desnuda antes de volver a meterla en su caja y dejarla en el pequeño compartimento bajo el suelo de su habitación.

Luego la había guardado en el doble fondo de su baúl de viaje, que había permanecido cerrado hasta hacía unas horas.

¿Cómo podía haber perdido aquel elemento fundamental?

La montura sin piedras arrojaría muchas preguntas y sería un hilo fácil del que tirar para alguien con el suficiente tesón y agudeza.

Si las piedras aparecían en Bélgica en manos de un fabricante de armas, estaría todo dicho.

Los joyeros conocían la mayoría de las joyas de las casas reales, quién las había realizado y para quién.

La situación era terrible, pero, sin más opciones, decidió acudir al padre Orso en busca de ayuda.

Lo encontró a medio camino entre Villa Polissena y la Palazzina Reale, cuando él mismo iba en su busca, aunque con espíritu distinto. La sonrisa del sacerdote cambió al ver la expresión grave en la faz de ella.

—¿Qué ha pasado? —preguntó directo.

—La tiara. La montura. Alguien la ha robado, el estuche está vacío.

—¡Cielo santo! —exclamó, preocupado—. ¿Podría haber sido alguien de aquí?

—No creo. No he deshecho mi equipaje hasta hoy, cuando he vuelto de Florencia. Estaba en un doble fondo del baúl, que estaba cerrado con llave. La cerradura está intacta. Han debido sustraerla en Kronberg.

Orso comprendió la gravedad del asunto; acababan de dejar un cabo suelto que podía comprometer nada menos que a la princesa heredera en una operación para armar a la disidencia fascista.

Decidido, se conjuró para mantener la tranquilidad, pensar en cómo solucionar aquel asunto y...

solucionarlo. Debía hablar con María José.

—Déjeme que hable con la princesa. Hay matices que lo cambiarían todo. No haga nada hasta que se lo pida. Necesito saber más.

Desanduvo sus pasos y volvió a la Palazzina, donde hizo llamar a la princesa heredera y volvió a esperarla donde hacía una escasa media hora se habían despedido. La cara de María José era de sorpresa.

—Ha surgido un problema —dijo Orso sin esperar.

Ella se sentó frente a él y escuchó lo que le decía mientras su expresión se endurecía y su preocupación aumentaba. Cuando el sacerdote finalizó la explicación, ella hundió la cara entre las manos, frotándose la frente mientras pensaba.

—¿Se ha puesto mucho la tiara? —retomó él.

—No, qué va. Muy poco, solo dos veces. Espere, quizás fueran tres. Recuerdo un baile en el palacio Torlonia, una gala de apertura en la Ópera de París y... en el cumpleaños de los condes del Asalto, cerca de Barcelona.

—Son ocasiones menores, probablemente nadie pueda recordarlo. ¿La ha usado en ocasiones oficiales?

—Nunca.

—¿Quién puede relacionar la tiara con usted?

María José devanó sus recuerdos.

—Por supuesto, el señor Pieper, que se ha quedado las piedras, pero sabe el uso que les he dado, así que no hablará.

Mi marido también la conoce, pero nadie le preguntará por ella.

Será fácil que la relacionen con su anterior propietaria, la gran duquesa Vladímir de Rusia, pero falleció en 1918 al año de su llegada a Francia, así que no pueden preguntarle.

Su hijo, el príncipe Andrés Románov, fue quien se la vendió a mis padres, que me la legaron a mí, y mis padres no hablarán...

Andrés tampoco dirá nada motu proprio. A nadie le gusta reconocer que tiene que vender las alhajas familiares para sobrevivir.

—Pero quien quiera que tenga la montura acabará por saber que proviene de él.

—Sí. Acabarán por preguntarle, así que tenemos que adelantarnos. Andrés Románov tiene casa en Cap-d’Ail. Iré a verlo esta misma semana. Lo localizaré hoy mismo. Seguro que tenemos su teléfono en algún lugar.

—La acompañaré.

—Eso sería perfecto. Como sabe, disponemos de una casa en Bordighera, así que no resulta en absoluto sospechoso que nos desplacemos allí.

—Villa Regina Margherita.

—Sí, la casa de la abuela del príncipe. Vamos muy poco desde que ella murió.

Pero lo solucionaremos esta misma semana.

Es una época excelente para visitar la Riviera, aunque sea para tan preocupantes menesteres...

, pero, de cara a los demás, ¿quién no se acercaría a visitar a un buen amigo para pasar el rato?

Su casa está a apenas una hora, a setenta kilómetros por la maravillosa carretera de la costa.

—Si me disculpa, iré a prepararlo todo —dijo Orso levantándose.

—¡Padre! —exclamó ella, alzando la voz y levantándose a su vez.

Su expresión era de furia, pero estaba educada para sobreponerse a los impulsos del ánimo—.

La persona que ha perdido la montura ha cometido un grave error.

En el futuro, debemos valorar si es adecuada para estas misiones.

Confío en que por lo menos sea alguien discreto, porque, de lo contrario, debemos alejarla al máximo de nosotros.

La Corona no debe verse manchada. Si yo fallo, puedo arrastrar a la dinastía a la desgracia. Estoy arriesgando muchas cosas.

El padre Orso la miró, comprendiendo su angustia y la tesitura en que la vida la ponía.

—Alteza, tiene razón. Pero el mayor riesgo, como casi siempre, es que no haga nada.