El falsificador 39. SU PLAN
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39. SU PLAN

SU PLAN

Carlo se había acostumbrado a combinar sus ataques de ira, cada vez más frecuentes, con la destrucción de objetos a su alrededor.

Los bibelots de la suite real del hotel Helvetia de Florencia fueron sus víctimas esta vez.

Entre gritos hizo pedazos tres jarrones, un marco y las botellas del mueble bar.

Luego pegó una patada a una silla que cayó de lado junto a la cama.

Con la respiración acelerada, se tumbó boca arriba en la cama, sin haberse saciado.

Odiaba a Flavia por hacerlo sufrir, por alejarse de él, que la necesitaba acuciantemente como flotador para su cómoda existencia.

No, Flavia no había visto un espejismo. Él era el que estaba en los jardines de Boboli, observando cómo un falsificador de arte español la arrinconaba contra el seto y la besaba apasionado.

Había arrancado a correr en su dirección, pensando que la forzaba, pero enseguida sus pasos se helaron ante la evidencia.

Flavia deseaba tanto aquel beso como el maldito Juan Rezola.

Jamás había besado a Flavia de aquella manera ni ella había respondido con semejante pasión.

Sus besos, sus encuentros sexuales, todo parecía agendado y se hacía cuando tocaba, de la manera que tocaba, sin imprevistos ni arrebatos.

No era solo su decisión, ella actuaba de la misma manera.

Para sus arrebatos, Carlo utilizaba a las mismas mujeres de siempre, las que se dedicaban a saciar a hombres con matrimonios como el suyo.

Alguna llevaba años haciéndolo, desde que él había despertado a la sexualidad de forma torpe y apresurada hasta que su gusto y aficiones se habían retorcido y sabía cómo satisfacerlo sin juzgarlo ni que se sintiera el enfermo que a veces era en parte.

Juan moriría, claro que lo haría. Se lo había encargado a la única de las organizaciones italianas que parecía no desfallecer nunca.

Su cadáver acabaría en el Arno o en el fondo de un callejón.

Lo encontraría alguien que no lo conociera, nadie reclamaría su cadáver y lo tirarían a la fosa común, donde sus trajes caros y sus camisas a medida se mezclarían con las ropas ajadas de los delincuentes, los vagabundos y los mendigos de la ciudad.

Aquel pensamiento lo ilusionó, pero necesitaba más.

«Bien», se dijo, reordenando sus pensamientos.

La muerte de Rezola estaba decidida desde hacía meses y no debía tardar en producirse, pero las revelaciones de esa tarde lo obligaban a hacer algo más.

Antes de matarlo, Carlo debía conseguir que su mujer se desenamorase completamente de él.

No quería que lo llorase ni lo recordase siempre.

No quería ver la tristeza permanente de lo que pudo ser pero no fue en la mirada de Flavia.

Los amores incompletos son siempre los más difíciles de olvidar. Eso lo sabía todo el mundo.

Flavia debía decepcionarse. Debía desengañarse. Carlo tenía muy buenas cartas para que lo hiciera. Sus tratos con Juan eran perfectos para conseguirlo. Flavia odiaba la mentira y...

¿Acaso Juan no pretendía engañarla?