38. «MI» PLAN
MI PLAN
—Es idéntico —proclamó Flavia al ver el cuadro terminado.
Colomba Corsini miraba de lado con los mismos ojos indiferentes que ella recordaba, con una media sonrisa parecida a la de la Gioconda y el color de sus ropajes matizado por unos años que el lienzo no tenía.
Juan lo había acabado la noche anterior.
Él también estaba plenamente satisfecho.
Asimismo, la segunda copia también estaba prácticamente acabada y la calidad era pareja.
El cuadro se había realizado con témpera al huevo, una técnica que mezclaba pigmentos con yema de huevo.
El material daba mucho brillo al resultado, luminoso y transparente.
Los pigmentos que había utilizado eran los más lujosos de la época del cuadro original y también del siglo XX : ultramar de lapislázuli, azurita, cinabrio; ocre y laca roja para los tonos de la piel.
El resultado era perfecto porque el cuadro original lo era.
El viaje del Führer estaba a la vuelta de la esquina y Flavia también había trabajado duro.
El túnel desde la bodega de la iglesia de San Giovannino hasta el jardín del palacio Pandolfini avanzaba con trabajo, pero sin imprevistos.
La joven calculaba que no faltaba más de medio metro para llegar al final, pero las vetustas paredes renacentistas, desconchadas y decadentes en su capa exterior, eran sólidas y fuertes por dentro, y cada muro necesitaba de mucho tiempo para ser horadado.
Con todo, era optimista con el resultado y, como Juan también estaba satisfecho, decidieron salir a pasear por la ciudad.
Sin darse demasiada cuenta, llevaban ya tres horas haciéndolo.
Cruzaban el puente Santa Trinità y hablaban como los buenos amigos que no podían evitar ser, pero, cuando se miraban, ambos seguían sintiendo lo mismo que el día que se conocieron en la costa de Gerona, aunque todo hubiese cambiado y ambos tuviesen asuntos que echarse en cara.
—Sé que piensas que soy caprichosa —dijo ella de pronto—. Yo también lo pienso a veces.
—Caprichosa y osada —dijo él, avergonzándose de facilitar que Carlo la engañara con su último capricho. Iban a concederle el deseo de tener su cuadro, pero sería uno falso—. Pero eres adulta, tú decides, aunque no siempre se puede tener lo que uno quiere.
—Tienes razón. Pero se puede intentar. —Suspiró mirando hacia delante—. Lo más difícil es renunciar a lo que un día tuviste.
—Es solo un cuadro —dijo él.
—No hablo del cuadro. No es eso lo único que me resisto a perder. Es muy importante para mí, pero no creas que es lo único, de hecho, hay cosas que lo son más.
Los dos callaron y anduvieron un poco, encarando la calle al fondo de la cual se intuía la entrada a los jardines de Boboli. A la mitad, ella se detuvo.
—Pienso a menudo en esos días. En Sa Tuna. En ti. Siento que las cosas hayan salido de esta forma.
—Salieron de la forma que tú quisiste. —Sonrió él sin acritud—. Una vez más.
Ella no se molestó, pero quiso explicarse de una vez. Hacía tiempo que se lo debía. Los momentos que pasaban juntos habían aclarado las cosas.
—Te equivocas mucho. Mi boda con Carlo estaba planificada cuando te conocí.
Cuando me enamoré de ti. Todo lo que te mostré era verdadero, pero estaba confusa.
Buscaba excusas para no romper con un futuro que ya había asimilado.
No había conocido nada como lo que viví contigo, y pensaba que, bueno, quizás no era para mí.
Que era demasiado bueno para ser duradero.
Ponte en mi lugar: llevaba años andando en una dirección y, de pronto, te conozco y en diez días me doy cuenta de que debo dar la vuelta, desandar lo andado e ir en dirección contraria.
Buscaba excusas para no romper con todo y tú me las diste.
—Por mi trabajo. No te parece tan malo ahora.
—Fui tonta. No fue tan solo por tu trabajo como tal.
Me di cuenta de que no te conocía. Eras lo desconocido, la aventura.
¿Debía arriesgarlo todo por una persona de la que sabía tan poco?
Lloré durante días y todos a mi alrededor me consolaban sin saber por qué.
Todos consideraban a Carlo maravilloso. La única que me dijo que rompiera el compromiso fue Anetta.
Ella me leyó por dentro sin que le dijera nada. Pero hice lo que hice.
—Hiciste bien —dijo Juan, convencido de lo contrario.
—No —replicó ella—, me equivoqué.
Entraron en el jardín entre silencios y aguantaron hasta la Fontana del Forcone sin decirse nada más.
—Cuando te vi en la plaza, en San Raffaello, mirándome entre la gente que reía y me vitoreaba, el día que el pueblo celebraba mi boda, supe que había cometido el peor error de mi vida. —Sus ojos se empezaron a enrojecer—. Cada día que te veo, siento que ese error es mayor.
Juan la miró un segundo. Luego, algo dentro de él se desbordó y, sin poder evitarlo, la cogió de la cintura, la colocó entre el seto que rodeaba el camino y su cuerpo, y, sin pedirle permiso a ella, sin pedírselo él, sin pensar en si era lo que su mente aconsejaba, decidió hacer lo que el corazón le obligaba.
Le acarició la cara, le secó las lágrimas y, tras mirarla a los ojos un instante, la besó.
Primero con hambre y furia. Poco después con la ternura de una vuelta a casa, de un reencuentro ansiado, de un regalo ilusionante.
Cuando separaron sus cabezas, ninguno pensaba en las consecuencias ni en el significado de lo que acababan de hacer. Dejaron escapar una risa nerviosa antes de apoyar sus frentes una contra otra.
—Lo siento —dijo él, sin sentirlo en absoluto.
—Yo no —dijo ella—. Me equivoqué una vez, pero no me volverá a pasar, al menos en este tema.
No quiero a Carlo y estoy plenamente convencida de que él tampoco me quiere a mí.
Los dos merecemos ser felices. Hablaré con él.
Quiero... —Miró hacia el parque y luego cerró los ojos, concentrándose en ordenar lo que hacía tiempo sentía, en abrirse a Juan, en confesar—.
Quiero perder el miedo a soñar, a rectificar mis errores y ser feliz.
Quiero soñar con que puedo estar contigo para siempre sin sentir que soy una ilusa porque los sueños no se cumplen.
Me he equivocado tanto que... me cuesta creer que pueda acertar, pero estoy segura de que necesito intentarlo.
Quizás sea solo un sueño, quizás debería dejar de figurarme cosas de las que no tengo ninguna certeza.
—Tienes la certeza de que te quiero —dijo él—.
Pero, en cualquier caso, no dejes de soñar.
No lo hagas nunca. Aunque sean imposibles, cosas que nunca sucederán, es mejor soñarlas.
¿Qué problema hay? Suéñalas, deséalas, desea siempre algo grande, porque, si te quedas a medio camino, será mucho más lejos de lo que habrías andado de no haber soñado nunca.
Intentémoslo. Veamos si el sueño se cumple y, aunque no lo haga, estoy seguro de que el tiempo en que lo intentemos habrá valido la pena.
Ella lo miró un instante y lo abrazó. Sus nervios se calmaron y su corazón acelerado se acompasó poco a poco con el de él, sereno, seguro y sólido. Se separó sin dejar de mirarlo.
—Tienes razón. Quiero estar contigo y no quiero a Carlo. Eso no es un sueño, es una certeza. Una realidad. Lo demás... Lucharé por que llegue, pero de momento debo arreglar las cosas. Carlo es una buena persona. Me entenderá.
Juan estaba decidido a no meterse en aquel tema.
No le debía nada a Carlo, pero tampoco quería hacerle daño.
Sabía lo que era caer en las redes de Flavia y estaba claro que Carlo lo había hecho.
Algunas mujeres no podían evitar hacer daño.
Quizás él fuera la siguiente víctima, pero sabía que no tenía remedio.
Que estuviera en Florencia era la prueba del poder que ella tenía sobre él.
Flavia miraba por encima del hombro de Juan, aún abrazada a él cuando, a lo lejos, al final de la explanada que presidía la severa fachada del palacio Pitti, una figura desapareció en un camino.
—Carlo —susurró.
Se separó de Juan y miró en aquella dirección.
Luego, acelerando el paso, se acercó al lugar donde había creído ver a su marido.
Al fondo del camino al que se asomó, un hombre de figura parecida y abrigo similar al que llevaba a menudo limpiaba con la mano la superficie del banco en el que se sentaría poco después.
Se parecía, pero no era Carlo. Suspiró. Tras ella, escuchó a Juan.
—¿Todo bien?
—Sí..., es... Tan solo... creí... —balbuceó Flavia. Él la cogió de los hombros y le dio la vuelta.
—¿Estás bien?
—Sí —respiró ella, recomponiéndose—, estoy bien.
Volvieron a Via San Gallo y, sin necesidad de explicaciones, Flavia siguió a Juan al ático. Allí, sus cuerpos recordaron que no se habían olvidado, y no trataron ni por un segundo más de contener lo que llevaban meses intentando evitar.
Flavia sabía que había estado jugando con fuego y que había caído en la tentación que había tratado de evitar.
La visita de Carlo y su manera de dejarle la puerta abierta al fin de su matrimonio al vender la casa conyugal le habían dado el empujón que necesitaba para saber que lo quería, pero que no lo deseaba.
La vida era demasiado larga para aferrarse a las equivocaciones, para intentar arreglos imposibles, para construir donde no había terreno.
Sería duro y Carlo sufriría, pero se liberaría.
Su marido dejaría de luchar por conseguir de ella una sonrisa incompleta, una pasión incompleta, una vida incompleta.
Se lo merecía y estaba dispuesta a pedirle perdón.
Le debía toda la lealtad que él le había demostrado...
aunque no sospechaba que fuera tan poca.
Por su parte, abrazado a la espalda desnuda de Flavia, tumbados en su cama, Juan se negaba a reconocer que también había sido Carlo, en parte, el que había acabado de convencerlo para que, al fin, se entregara a una pasión que no tenía intención de detener.
Todo lo que ella le había dicho en aquel paseo era fácil de entender, pero, además, Flavia no tenía ni idea de que él conocía a Carlo.
Su encuentro había sido revelador, porque, si como ahora sabía con certeza, Flavia lo amaba a él, era imposible que amara y se sintiera atraída por su marido, que era opuesto.
—Iré a Lausana —dijo ella de pronto. Él no dijo nada—. Veré a mis padres antes del día del cambio del cuadro. Si algo saliese mal, necesito despedirme de ellos, intentar por última vez que me entiendan. Tengo tiempo de sobra para acabar el túnel.
—Puedo ayudarte a cavar.
—No, lo haré yo —dijo dejando el asunto a un lado—. También hablaré con Carlo. Es una buena persona. Muy listo. No le pillará por sorpresa.
—¿Lo vas a dejar?
—Sí. Claro.
—Yo...
—No por ti, tranquilo, sino por mí. Porque no quiero seguirle mintiendo.
No quiero que desperdicie su vida conmigo cuando alrededor tiene mujeres que lo querrían sin mirar al lado ni frustrarse al saberse incompletas.
Tampoco quiero desperdiciar mi vida. Soy demasiado joven, qué demonios.
Tú quédate en Florencia y, si puedes, busca a Bandinelli.
Si lo han escogido para ser el cicerone del Führer, tendrá información sobre su agenda.
Mi plan no es viable si no sé lo necesario respecto a la entrega.
—¿Tu plan?
Flavia se giró y lo miró muy seria.
—Sí, el mío.