37. SACRIFICAR PEONES
SACRIFICAR PEONES
Ranuccio Bandinelli volvía a su casa cuando ella se colocó a su lado. A pesar de tratar de ser cordial, Ludo no pudo evitar que la cara del profesor se ensombreciera. No esperaba menos: la Sociedad Honorable y ella eran los culpables de que no hubiera podido escapar de Italia.
—Me encantaría tomar un café con usted —fue su primer comentario.
—Lo imagino —dijo él sin mirarla y acelerando el paso—. Pero preferiría que no nos vieran juntos en público. Venga a mi casa esta tarde. Dejaré la cancela trasera abierta. La espero en el jardín. Doy por hecho que no hace falta que le dé las indicaciones para llegar.
—No, ninguna falta —respondió ella. Lo miró de arriba abajo, prestando especial atención al maletín de cuero con sus iniciales que llevaba siempre. Ranuccio se supo observado.
—La veré allí entonces —dijo acelerando un poco más para dejarla atrás.
A las cinco Ludo entraba en el jardín de Bandinelli, casi un patio trasero, pero pulcramente cuidado, con bojes recortados en cada esquina y paredes cubiertas de glicinias que despertaban del invierno. El jardín de una persona refinada.
—La Sociedad Honorable está segura de que usted será el guía principal de la visita del Führer. Todo el mundo lo ha recomendado.
—Yo también lo imagino. —Lo habían llamado ya y, aunque seguía intentando librarse, cada vez tenía más claro que no podría.
—Profesor, usted va a cambiar el mundo para mejor. Será algo de lo que sus hijas y sus nietos hablarán siempre. Le pondrán su nombre a plazas y calles de toda Europa.
—Pero quizás yo no vea nada de todo eso.
—Vamos a trabajar para que no sea así. Sabemos hacerlo.
Hay muchas cosas por concretar, pero, si todo se desarrolla de forma similar a la visita del Duce a Hitler hace unos meses, creemos que irá en el coche con los dos dictadores.
—Ludo sonrió—. Ese es, sin duda, el lugar mejor para acabar con Mussolini.
Por supuesto, llegado el caso, no desperdiciaremos la oportunidad de hacerle un favor al pueblo alemán.
—Los matarán a los dos. Pero yo iré subido al coche y moriré también.
—Ya le he dicho que no. Algo de usted estará en el coche, pero quizás no usted. Tal vez su maletín.
—¿Voy a llevar un maletín bomba?
—A lo mejor. Pero es solo una de las opciones. Estamos estudiándolo. Puede que tan solo deba dirigir el coche hacia donde nosotros queremos, eso ya lo veremos. No se inquiete aún.
—Lo revisarán todo constantemente. No puedo llevar un maletín con una bomba todo un día.
—Sin duda. Pero usted va a controlar los lugares por donde pasarán, los que visitarán, así que podemos dejarle un maletín igual al que usted lleva donde usted convenga, y lo puede cambiar a lo largo del día.
El inofensivo por el que contenga la bomba.
Si es eso lo que decidimos, que no es seguro.
Pero, como le digo, aún lo estamos estudiando.
Con todo, creemos que el lugar del atentado debería ser Florencia.
Lo que necesitamos de usted, primordialmente, es toda la información del viaje. Puede que baste con eso.
—Cuando lo maten...
—Su familia ya estará fuera de Italia y usted los seguirá después —lo interrumpió Ludo—. La Sociedad se ocupará. Por eso también nos conviene más Florencia.
—Parece que irán también a Nápoles.
—Sí, lo sabemos. Pero en Nápoles nos esperan, es nuestro territorio... Debemos actuar donde no nos esperen. Florencia es perfecta: callejuelas, patios, tejados, palacios y túneles. Sabremos matar al Duce y salvarlo a usted.
—Quiero que me prometa que mi familia estará fuera de Italia en cuanto yo pise la ciudad.
—Tiene mi palabra.
Ranuccio pedía lo único que podía. Sabía que no le podían prometer salvarlo a él y que, si tenía que ser sacrificado en aras de la muerte de Mussolini, lo sería sin que nadie dudara ni un segundo.
—En cualquier caso, vendré a verlo cada semana.
No se preocupe por informarme de su agenda, me acercaré en el momento que sea más oportuno.
Tampoco se inquiete respecto al secreto de la misión.
No se la comente a nadie, ni siquiera a su familia, pues la pondría en peligro.
Siga con su vida normal. La Sociedad lo vigila a usted y a los que lo vigilan.
Si vemos cualquier peligro, lo neutralizaremos.
—No sé cómo sentirme.
—No se preocupe por cosas que no puede controlar.
Haga lo que nosotros le digamos y todo irá bien.
Fíjese en lo que le digan y lo que vea en el ministerio.
Si le piden sugerencias sobre lugares para visitar, señale los menos obvios; si son desconocidos para la mayoría, también serán menos conocidos para los servicios de seguridad.
Los traslados ofrecen las mejores posibilidades, así que evite museos en los que puedan pasear durante horas y malgastar un día completo.
Mejor que vean varios lugares, que se muevan.
En alguno de esos trayectos surgirá la oportunidad.
Por el tiempo, probablemente vayan en un descapotable. Parece que quieran que los matemos.
—Supongo que Florencia será perfecta para lo que pretenden.
—Para lo que pretendemos, señor Bandinelli. Los fascistas están convencidos de que usted es uno de ellos, pero estoy segura de que, de no tener que participar, estaría encantado de que otro hiciera desaparecer el origen de tantos males. Usted es tan fascista como yo, es decir, nada fascista.
—Espero que nadie más sepa eso.
—No lo sabe nadie más, pero lo sabemos nosotros. —Ludo sonrió.
La segunda reunión llevó a Ludo, esa misma noche, a Florencia.
Su camioneta de reparto disimulaba bien, bajo la carga trasera, doscientas pistolas para entregar a Justicia y Libertad.
Esta vez las habían colocado una junta a otra, en plano, y sobre ellas habían instalado un suelo de chapa en el que Ludo había colocado diferentes muebles, fingiendo ser operaria de mudanzas.
Bastaría con quitar seis tornillos para retirar la chapa y entregar la mercancía.
Como era habitual, aquella acción iba a ser aprovechada por la mafia.
Don Gonzaga sabía utilizar todas las cartas a su favor.
El emisario del capo siciliano se reunió con ella a las afueras de la ciudad, en el punto acordado, a la hora acordada.
—Don Gonzaga cree que podemos sacar buen provecho de la relación con Justicia y Libertad —le dijo el hombre desde el asiento del copiloto.
La oscuridad no permitía que ella distinguiera sus facciones—.
Haremos que las fuerzas de seguridad y orden miren hacia ellos en el momento adecuado y descuiden la atención sobre nosotros, que actuaremos con mayor decisión y eficacia.
—Me encargaré de estar al corriente de lo que hacen. Colaboraré para conocer sus planes, pero ellos no conocerán los nuestros —respondió Ludo.
—Eso es. Don Gonzaga le advierte que su hijo es sagaz y conoce bien a la Sociedad.
Que extrememos la discreción con él. Debe llegar al día clave sin sospechar nuestras intenciones, y pide también que no participe en la acción propiamente dicha.
Don Gonzaga inventará algo para que Santo acuda a Sicilia o esté lejos de Florencia cuando se produzca el atentado.
Bueno, cuando hagamos que no se produzca.
—No lo comprendo.
—Queremos abortar la misión que Justicia y Libertad tenga planificada justo antes de que se produzca.
Que la policía se quede saciada el mismo día de la visita del Duce.
Alimentar a los que buscan a disidentes.
Mientras detienen a los miembros de Justicia y Libertad, nosotros actuaremos. Es perfecto.
—Sí que lo es —convino Ludo sin atisbo de pena. A veces había que sacrificar a los peones para salvar a la reina.
—Su labor es confraternizar con Justicia y Libertad. Invente un plan y esconda el real. Que confíen en usted.
—Sabré hacerlo.
—No tengo duda. Buena suerte.
Llegaron a la hora convenida al punto de despedida y se dijeron adiós.
Nunca más se volverían a ver. Ludo condujo hasta el centro y llevó la furgoneta hasta el final de una callejuela oscura sin salida.
Sin necesidad de que llamara, un portón de madera se abrió de par en par y dos hombres con boina la animaron con la mano a que entrara.
Les indicó dónde estaba el cargamento y entró en el edificio que rodeaba el patio. Dentro la recibió una cara conocida.
—Santo Testa —dijo ella.
—Sí, yo también te recuerdo. Nos vimos en casa de mi padre. No tuvimos tiempo de hablar mucho entonces.
—Sin embargo, parece que tendremos oportunidad de hacerlo ahora.
—Eso es —replicó Santo—. Nos conviene mucho el cargamento que has traído. Ya tenemos una mano para cada una de esas armas. Supondrá un cambio importante.
—La organización tiene amigos influyentes.
—Los más —dijo él. Ludo supuso que Santo sabía que la princesa heredera estaba detrás de aquella operación, pagada con una de sus tiaras, pero se equivocaba.
—En cualquier caso, ahora tenéis que decidir qué vais a hacer con ellas. La única arma con verdadero poder ya la teníais y no la habéis utilizado —dijo señalándose la cabeza.
—Eso es injusto. Pero estoy de acuerdo en que ha faltado decisión.
—La organización que dirige tu padre nunca ha tenido ese problema.
—Lo sé. Pero nosotros actuaremos puntualmente y contra un enemigo concreto. Mi padre lleva toda la vida en guerra, es experto en empezarlas. No es esa mi intención: pretendo evitar una.
—Debemos actuar coordinados, aunque sea solo esta vez —intercedió ella—. Tú y yo mantendremos el contacto y hablaremos con nuestros superiores. Tú, con Matteo Maratti, y yo, con don Gonzaga.
Santo pareció sorprenderse de que Ludo supiera quién dirigía la célula de Justicia y Libertad en Florencia. Ella captó la mirada de sus ojos oscuros: era tan guapo como inocente. Excelente combinación.
—La Sociedad Honorable lo sabe todo, amigo mío —dijo sonriéndole.
Luego pensó algo más: aprovecharía sus reuniones con Bandinelli en Pisa para reunirse después con Santo en Florencia—.
Te visitaré con frecuencia —declaró—. Nos has enviado buena información: el listado de profesores y académicos como posibles guías del Führer nos ha sido muy útil.
Parece claro que Ranuccio Bandinelli será uno de los elegidos.
—Tenía todas las papeletas.
—Desde luego. Estamos haciendo un seguimiento exhaustivo de todos los preparativos.
Te iré informando de los avances que se produzcan en nuestras reuniones.
Te dejaré aviso en el palacio Maratti con las iniciales del templo florentino en el que nos veremos.
Acude por la tarde, yo te encontraré. Sabes cómo comunicarte conmigo: envía una nota a la dirección que ya conoces de Roma, a donde enviaste el listado y todo lo demás.
En esta ocasión, por primera y supongo que última vez, nuestros objetivos convergen, así que aprovechémoslo. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —dijo Santo, unido de pronto a la organización de la que llevaba toda su vida huyendo.
Luego miró a la mujer que tenía enfrente.
Era guapa, inusual en Italia, tan rubia y alta.
Le había parecido atractiva en Sicilia y se lo parecía también en Florencia.
Su frialdad tenía algo de retador que lo invitaba a comprobar si era capaz de derrumbar la distancia que ella marcaba.
Era más fuerte que él. También eso le resultó atractivo.
Le hubiera estrechado la mano para sellar su alianza verbal, pero Ludo no le ofreció la suya.
Jamás se la ofrecía a quien pretendía traicionar.