36. UNA MENOS KRONBERG-ROMA
UNA MENOS: KRONBERG-ROMA
—Eres afortunada al poder ir de un lado a otro.
En realidad, nadie en esta casa te ve como una criada, sino como una amiga.
Una que nos ayuda mucho, con mis hijos y con todo lo demás.
Me gusta verte aquí, aunque tenerte en Roma me causa también mucho bien.
Siento que parte de mí está allí. Me alegro de que volvamos. Esto es cada vez más asfixiante.
La princesa Mafalda siempre le había hablado con franqueza, de manera muy distinta de lo que hubiera hecho cualquier persona en su situación a alguien del servicio. Ludo aprovechaba aquello para mucho más de lo que la princesa imaginaba.
—Me ha sorprendido que vuelvan... que volvamos tan pronto, pensé que el príncipe quería pasar todo marzo aquí.
Mafalda acariciaba la cabeza de su hijo Mauricio, que se recostaba sobre ella en uno de los sillones del cuarto de juegos del castillo.
—Es por el viaje del Führer. Mi marido los está ayudando. Parece más importante que los asuntos de por aquí, que es donde su gobernanza es realmente necesaria. Se lo dejé caer, pero no entra en razón. En cualquier caso, echo de menos Roma, aunque no me apetezca lo más mínimo la visita de Hitler.
Aquella conversación daba muestra de la poca cautela de Mafalda. Las paredes tenían oídos, y a esas alturas ni ser hija de rey ni esposa del landgrave de Hesse era suficiente para salvarla si los nazis veían en ella a una disidente. A ella parecía no importarle.
—Su marido conoce bien Roma. Seguro que lo llevará a los lugares más importantes.
—Y a los menos. A todos los que el Führer sugiera. Por supuesto, ya ha hablado del Coliseo, también quiere ver la Galería Borghese, no sé, espero no tener que acompañarlo. Me horroriza ese hombre. Pero..., en fin, haré lo que me manden, como siempre. ¿Has preparado ya el equipaje de los niños?
—Sí, está todo listo —respondió Ludo, que ya había apuntado mentalmente las nuevas informaciones respecto al viaje de Hitler.
—Se han aficionado a la sopa de calabaza, pero te tengo que decir que tu souvenir de Bélgica ha sido de lo más excesivo.
Ludo sonrió. Había tirado tres cuartos del cargamento de las calabazas que le habían servido de camuflaje para las armas al entrar en Kronberg, pero había guardado unas cuantas para el personal del castillo.
—Me gustaron y eran baratas. Hay pocas verduras en esta época.
—No en el Mediterráneo. Pasado mañana nuestro menú será más variado.
—Se levantó. Parecía hecha para castillos y palacios, y se desenvolvía con naturalidad y elegancia, sin dar importancia al suntuoso decorado que la acompañaba.
Un lacayo abrió la puerta—. Te dejo. Que cenen bien.
Mañana saldremos pronto —dijo, despidiéndose.
Cada niño tenía un gran baúl que Ludo había organizado.
Ninguno iba lleno. Por la noche, hizo que los bajaran a la sala de equipajes, donde se almacenaban cerca de la cochera en los días previos al viaje.
Luego subió a su habitación y esperó varias horas hasta que el castillo quedó en silencio y solo se oía de fondo el viento ulular y la nieve golpear las ventanas.
Entonces bajó de nuevo a la sala de equipajes y volvió a abrir los baúles de los niños, colocando debajo de la ropa un gran saco que quedó perfectamente disimulado.
Satisfecha, cerró los candados de cada uno, dejó la llave escondida tras una lámpara y salió de la estancia.
Poco después, una camarera delgada y silenciosa se deslizó sin hacer ruido entre las puertas del cuarto de equipajes, miró alrededor, cogió la llave de donde Ludo la había escondido y se inclinó sobre el primero de los baúles.
Llevaba días observando a la niñera e investigando su cercana relación con la princesa Mafalda.
No creía ni una palabra de lo que decía.
Todo en Ludo era sospechoso, empezando por su inesperada visita a Kronberg.
Sabía que ocultaba algo y estaba segura de que lo encontraría dentro de aquellos baúles.
Descubrir a disidentes, a enemigos del régimen, ese era su trabajo en la OVRA, la temible Policía secreta para la que orgullosamente servía desde sus inicios.
Su insignificancia física era un disfraz perfecto para que nadie sospechara, y le satisfacía pensar que contribuía no solo al fortalecimiento del régimen, sino a la caída de los Saboya, aquellos parásitos que se cubrían de oropeles de otra época cuando la nueva Italia surgía.
La princesa Mafalda era muy obvia en sus filiaciones políticas, pero necesitaba de hechos concretos para empezar a arrinconarla.
Si en aquellos baúles había algo inapropiado, informaría a la central de la OVRA para que, una vez en Italia, en pleno trayecto hacia Roma, los detuvieran, los registraran y los descubrieran.
No esperaba que metieran a nadie de la familia real en la cárcel aún. Pero sucesos como el que preveía los acercaban poco a poco a la desgracia que les deseaba.
Abrió el primer baúl y con cuidado apartó la ropa hasta dar con el saco. Era realmente pesado. Se arrodilló para abrirlo sin saber que no estaba sola.
Cuando la mitad de su cuerpo se inclinaba y la cabeza asomaba al interior, la agente tuvo tan solo unos instantes para comprobar que lo que el saco contenía eran calabazas; luego, una décima de segundo para notar el cañón de una pistola en la sien.
No llegó al segundo antes de que una bala atravesara su nuca.
Detrás de ella, la cazadora observaba a su presa. El padre Orso tenía razón, había una infiltrada en el entorno de la princesa Mafalda. Una además de ella. Una menos cauta. Una que ya no espiaría más.
Arrastró el cuerpo hasta el coche y lo cargó en el maletero.
La lanzaría al río en uno de los barrancos que pasaban cerca del castillo.
Nadie la encontraría allí, porque tampoco nadie la iba a buscar demasiado.
Ese era el sino de muchos espías: negados por sus jefes y aislados voluntariamente de su entorno.
Tenía un par de horas para ir en busca del armamento, que esperaba dentro de la furgoneta aparcada en el almacén de la vicaría, y colocarlo dentro de los baúles de los niños.
A final de semana esperaba tenerlos en Roma.
Con todas las pistolas dentro.