35. DEUDAS
DEUDAS
Carlo lanzó un jarrón al suelo de un manotazo. Estaba tan iracundo como preocupado, lo cual era la peor de las combinaciones.
El mismo día de la venta de la casa de Florencia, había tenido que entregar la mitad del dinero que había recibido a los Constanza, que llevaban fiando sus deudas de juego desde hacía años y habían amenazado con violentas acciones de no recibir lo que se les debía.
Esa misma tarde algo muy similar había ocurrido, esta vez en forma de carta.
Bruno Greco, el representante de la mafia siciliana, le reclamaba otra deuda.
Había hablado con él antes de saber que la mitad de lo que iba a ingresar volaría tan rápidamente.
Ahora no podía pagarle y, aunque la carta era cordial, Carlo sabía muy bien que a la mafia no le hacían falta palabras gruesas para infundir miedo.
Llevaban siglos haciéndolo y todos se la tomaban en serio.
Que sus acreedores hubiesen pasado su deuda a la organización era lo peor que le podía haber ocurrido.
El mayordomo llamó a su puerta. Pensó que lo había alertado el ruido, pero era algo peor: sus suegros estaban allí y lo esperaban en la galería. Bufó sin disimular lo inoportuno de la visita. El mayordomo trató de no entender. Había muchas cosas con las que hacía lo mismo.
—Giacomo —dijo dando la mano a su suegro—. Cosima —pronunció besando la de su suegra—. Qué agradable sorpresa —mintió.
—Gracias, querido —se adelantó ella—. ¿Cómo van las cosas?
—Oh, muy bien, muy bien. Respecto a mis negocios, no podrían ir mejor.
De hecho, hay una inversión de la que me gustaría hablarte —dijo, dirigiéndose a su suegro, al que tenía siempre la esperanza de sacarle más dinero.
Lo había logrado muchas veces, pero por aquel entonces le costaba horrores—.
Puedo moverte algún dinero —propuso, haciéndose el interesante.
—¿Significa que no sabré nunca dónde está? —dijo Giacomo sin pretender ser gracioso.
—Significa una oportunidad, pero no es necesario que la aproveches.
—En ese caso, pasaré.
Su relación no era como al principio, ni su suegro tan simpático como lo había sido siempre. Carlo lo odió por desconfiar de él, por ser más listo de lo que pensaba y hacer lo que él hubiera hecho en su lugar. Había perdido una a una todas las inversiones que le había sugerido a su suegro.
—Veníamos por otra cosa —dijo Cosima—, no hablemos de dinero. Ese no es el problema, por suerte. —«Ese es exactamente el problema», se dijo Carlo—. ¿Qué te dijo Flavia?
—He arreglado lo de su vuelta.
—¿Hablaste con ella?
—Sí, y además hice algunas gestiones para que vuelva con el cuadro. Si es lo que quiere, lo tendrá. Sabía que era tozuda, pero este episodio escapa a la razón.
—Maldito cuadro —dijo Giacomo—. Lo peor de tener algo que uno ama tanto es que haya gente que lo ambicione también. El miedo a la pérdida sea constante. Llevamos años luchando por el retrato de Colomba Corsini. Me encanta el cuadro, pero esto es demasiado.
—No lo sabía.
—Mi padre tuvo que resistir la tentación de una suma considerable por parte de los Rothschild, que lo deseaban.
Su familia se enfadó cuando no la aceptó, pero no necesitaba el dinero y el cuadro le gustaba, así que a él le pareció lógico quedárselo.
Mi abuelo también recibió ofertas de varias grandes familias.
No hay coleccionista de importancia que no se haya interesado por él.
Es especial. La tentación de venderlo es constante y, cuando lo miro, lo amo tanto como lo temo.
—¿Tanto?
—Sí, es valioso. Cualquiera que lo venda se hará rico, y es extremadamente fácil de colocar. Es pequeño y de la mejor calidad. Fácil de transportar. Fácil de guardar en un banco, de esconder en cualquier sitio. Eso no se puede hacer con Las meninas o con el David.
—¿Volverá Flavia entonces? —retomó Cosima.
—Sí, claro que lo hará, pero no le puedo negar nada. Volverá con Colomba Corsini.
—Oh, eso es fabuloso. Aunque, llegados a este punto, la única cara que quiero ver es la de mi hija. Me da igual la maldita Colomba.
Hacía rato que Carlo había tomado una decisión.
Era cierto, a los Viel la pintura de Botticelli les daba igual.
Se dijo que para ellos tan solo era un símbolo más de su estatus, uno de tantos.
En cambio, a él le hubiera solucionado la vida.
No era tan valiente como para cambiar el cuadro por uno falso, pero era muy capaz de entregar la copia de Flavia a la mafia en pago por todo lo que debía.
Ella se iría con la copia que él había encargado; la mafia obtendría la otra.
Y el pez más grande se quedaría el auténtico.
No se sintió mal. Le daría a Flavia la vida que merecía.
Y se daría a sí mismo la que él ambicionaba.