El falsificador 34. LA MARCA DEL FALSIFICADOR
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34. LA MARCA DEL FALSIFICADOR

LA MARCA DEL FALSIFICADOR

Juan trabajaba simultáneamente el cuadro que le había encargado Flavia y en el que le había encargado su marido, escondiendo uno de los lienzos mientras pintaba el otro.

A pesar de creer que estaba haciendo lo correcto, no podía desprenderse de la idea de que engañaba a la mujer de la que intentaba desenamorarse.

Era irónico que él, falsificador de profesión, detestara tanto la mentira.

Aun así, si con ese engaño salvaba a Flavia, estaba dispuesto a llevarlo hasta el final.

Ella vivía en el piso inferior al suyo, así que se veían constantemente, pero, para subir al de Juan, debía salir a la calle y entrar por la escalera que llevaba directamente al ático sin pasar por ninguna otra planta, así que él siempre tenía tiempo de esconder lo necesario.

Era pronto y Anetta le había vuelto a traer el desayuno y la comida, y limpiaba minuciosamente mientras hablaba consigo misma.

Al parecer, una trifulca en el mercado había desatado una pelea por una col que ella había ganado, así que se felicitaba orgullosa.

Anetta no podía dejar de hablar, y Juan se había acostumbrado a escucharla de fondo igual que el que tiene la radio encendida pero no le presta atención.

Estaba a punto de realizar su marca en el lienzo cuando se detuvo. Un asunto le intrigaba.

—Anetta, ¿conoces al marido de la señora Leone? —preguntó sin mirarla.

Ella dejó de barrer y se puso tiesa, apoyada en la escoba.

—Claro que sí. Cómo no voy a conocerlo si son amigos desde niños —dijo con tono redicho.

—Debe de ser una buena persona —respondió él, echando el anzuelo. Nada le gustaba más a Anetta que contradecir.

—Debe de serlo. Lo fue. Ahora...

—Es normal que vendiera la casa si no quiere tener propiedades en Italia.

—Sí, muy normal. —Puso los brazos en jarra y endureció el gesto—.

Seguro, normalísimo. No hay un italiano de padres italianos casado con una italiana de padres italianos que tenga una propiedad en Italia.

Eso sería una locura, por supuesto... —Calló un instante antes de estallar y acercarse a él, señalándolo—.

¡Paparruchas! Siempre he pensado que Carlo es un bombón relleno de licor.

Suave y dulce por fuera, pero vicioso y perdido por dentro.

De pequeño, siempre lo encontraba espiando, pero jamás admitía una culpa.

De mayor... En el pueblo decían cosas sobre sus vicios. Los hombres bromeaban sobre él.

—¿Vicios?

—Sí, pero no seré yo la que diga nada sobre ese tema. Da igual que jugara o frecuentara locales de moral relajada, no seré yo quien lo cuente, aunque dijeran que sobre todo lo del juego era un problema. No, no y no. No diré nada.

Juan tuvo que contener la risa. Anetta no podía guardarse nada.

—En cualquier caso, parece que puede permitírselo. Es un brillante hombre de negocios.

—Eso dice él.

—Conocerá a su familia.

—Sí, claro. Su padre era buen hombre, muy trabajador. Pero su madre... No seré yo la que diga que era un piojo puesto en limpio, aunque lo fuera.

—¿Un piojo?

—Muy poca cosa, pero envuelta de manera que pretendía engañar a todos sin conseguirlo.

Cuando venía al castillo de Faggio, adoptaba un aire de suficiencia, como si todo le pareciese normal, y hablaba de casas de su familia que nadie nunca vio.

Un piojo puesto en limpio. Esa señora no había visto nada igual jamás, y se le notaba.

Me daba un poco de lástima, y la señora me confesó que a ella se la daba también.

No hay mayor esclava que la que mantiene una apariencia falsa. Y los esclavos dan mucha lástima.

—Carlo es banquero.

—Y muy bueno dice él. Pero sus negocios son siempre con el padre de Flavia. Parece un banquero privado. Uno con un solo cliente.

—Sabe usted mucho.

—Es por la señora Viel, la madre de Flavia. Tiene incontinencia verbal. Habla sin parar. No diré que sea indiscreta, aunque muchos lo pensarían.

—Pero Carlo quiere a Flavia.

—Más le vale. Ella es mucho mejor que él en todo.

No seré yo quien diga que el señor Leone se casó por su dinero, pero lo decía medio pueblo.

A Flavia le da igual. Carlo sabe ser atento, cómodo.

Ella dice que es un buen amigo, pero es fácil serlo cuando todo va bien.

Hasta los barcos más pequeños navegan bien empopados y con el mar plano. La amistad se demuestra en la tormenta.

—No le gusta Carlo.

—Yo nunca diría eso, aunque no me gustara ni un pelo.

—Claro.

—Pues eso —lo miró unos segundos—, pero el matrimonio es una cosa sagrada, y la señora está muy bien casada. No necesitamos que venga nadie a liarle la vida. Así que estese quieto, pinte y pregunte menos.

Juan obedeció, aunque las palabras de Anetta le hubieran sorprendido y puesto en alerta.

Volvió sobre lo que lo ocupaba antes de aquella conversación.

Su marca en el lienzo. Siempre realizaba una imperceptible, única, que incluía en todos sus cuadros.

Solo él la conocía, pero, aunque minúscula, identificaba cada una de sus copias.

En la esquina superior izquierda, en un punto en el que el marco nunca la taparía, aplicaba un poco más de pintura de la necesaria, un pequeño granito que luego aplastaba por el centro dividiéndolo en dos.

Ningún experto lo había detectado nunca, pero, para él, que era el único que conocía su existencia, era fácil de encontrar.

El motivo de hacerlo era claro: si en el futuro su ojo lo engañaba confundiendo la copia con el original, podría reconocer todas sus obras.

Engañarían a cualquiera, pero jamás a él.

Ni siquiera su marchante estaba al tanto, y él se había propuesto morir manteniendo el secreto.

Partió el engrudo, miró su marca y se echó atrás.

Luego volvió sobre la conversación con Anetta.

Había decidido que necesitaba saber más sobre Carlo.