33. DENTRO
DENTRO
La SD, el servicio de inteligencia de las SS nazis, tenía ojos en cada esquina de Alemania, y el castillo de Friedrichshof de Kronberg no era una excepción.
La OVRA también los tenía. Nadie dudaba de la simpatía del príncipe Felipe de Hesse a la causa, de la misma forma que todos daban por sentado que la princesa Mafalda no compartía las ideas de su marido.
En cualquier caso, en un país en el que todo el mundo era sospechoso hasta que se demostrara lo contrario, no habría hecho falta que la princesa fuera tan obvia en su actitud para que el SD hubiera infiltrado espías entre el servicio del castillo.
Los Hesse estaban emparentados con las familias reales de Inglaterra, España, Italia, Dinamarca, Grecia y Prusia.
Incluso con lo que quedaba de la familia imperial rusa.
La casa real alemana llevaba siglos haciendo de nudo de sus parientes europeos, muchos de los cuales no eran en absoluto favorables al nazismo.
Tener parientes antinazis era siempre sospechoso, aunque estos fueran reyes y príncipes.
Así que en Kronberg había dos espías. Uno de ellos, casi como en las novelas de crimen más típicas, era el segundo mayordomo.
El otro era el ser más insignificante del castillo, una doncella menudísima, silenciosa, falsamente tímida y falsamente buena.
Jutta se deslizó en la habitación de Ludo cuando sabía que ella estaría supervisando la cena del príncipe Mauricio y sus hermanos pequeños.
Era buena haciendo lo que hacía. Sus dedos secos nunca dejaban la más mínima huella y podía revisarlo todo sin que nadie se diera cuenta de que había escrutado hasta el último detalle.
No se fiaba de Ludo. No se fiaba de su repentina aparición en Kronberg ni de sus habituales desapariciones en el recinto de la Palazzina en Roma.
Abrió el baúl y el armario. Revisó la cama y la ropa.
Luego pegó la cara al suelo y comprobó que la madera fuera uniforme.
No lo era: bajo la alfombra, un tablón sobresalía un poco.
Rauda, lo levantó: premio. En un hueco limpio, hondo y cuadrado, una bolsa de seda la esperaba.
La extrajo y la abrió. Dentro había un cofre de cuero azul que abrió también.
Su contenido la sorprendió: una montura de tiara de platino con los huecos de las piedras vacíos.
No era su labor discernir qué hacía aquel objeto precioso en la habitación de Ludo, pero, sin dudarlo, se la metió en el bolsillo del delantal, cerró el cofre, lo guardó en la bolsa y lo volvió a dejar donde estaba.
Esa misma noche entregó la pieza a Günter, el segundo mayordomo. El hombre la observó detenidamente antes de emitir un veredicto.
—Esta no es una pieza menor. O mejor dicho, no lo era.
Habría que ver qué piedras la decoraban, pero, en cualquier caso, esta tiara era muy importante, fueran las que fuesen.
El trabajo es exquisito. Pocos orfebres son capaces de trabajar el platino así.
Obviamente, no proviene de la familia de Ludo.
Apuesto a que viene de Italia. Podría ser una tiara de la familia real, o de alguna de las más importantes de la aristocracia.
La familia real española está en Roma y tiene apuros económicos, quizás fuera suya.
Da igual, no será difícil que averigüe qué tiara es esta y de dónde proviene.
Los joyeros las tienen todas bien documentadas.
De lo que puedes estar segura es de que Ludo ha pagado algo con las piedras que faltan. Por eso ha ido a Bélgica.
—¿Por qué no llevó solamente las piedras, sin la tiara?
—Porque parte del valor de las piedras es su historia, y la tiara habla de ella.
Si decoró la cabeza de una emperatriz, tiene mayor valor que si solo vistió la de una rica burguesa.
Has hecho muy bien, Jutta. Incluso si Ludo averigua que ya no tiene la montura, le será imposible reclamar que se la devuelvan, porque es sospechoso que la tuviera en primer lugar.
—Por eso la escondía.
—Claro.
—Yo la guardaré. Cuando los príncipes estén en Italia, tendré tiempo de acercarme a Múnich. Preguntaré. Por lo demás, hay que averiguar qué ha comprado Ludo. Tiene que ser algo caro.
—Quizás tenga deudas.
—No lo creo.
—¿Su padre?
—Murió.
—En su habitación no tiene nada, pero revisaré su vehículo.
—Eso es. Si ha comprado algo, probablemente lo lleve consigo. Cuando el equipaje esté preparado, revísalo. Seguro que encontraremos algo. Creo que hemos hallado un hilo importante del que tirar. Nuestros superiores estarán satisfechos.
—Ludo tendrá que dar muchas explicaciones.
—Es tan solo una especie de niñera. Un peón de algo mucho mayor. —Günter respiró hondo mientras una sonrisa maliciosa se instalaba en su faz—. Si mis presentimientos son ciertos, alguien mucho más importante será quien deba explicarse.