El falsificador 32. LA TIARA
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32. LA TIARA

LA TIARA

El padre Orso entregó a Ludo el estuche de cuero azul con forma de medialuna la noche antes de su partida. Al dárselo, el sacerdote la animó a que lo abriera. En el exterior, en dorado, se leía: «C. E. Bolin, Mockba».

—Será la penúltima persona en verla completa antes de que la desmonten.

Es obra del joyero Carl Edward Bolin, uno de los más importantes de la corte rusa, para la gran duquesa Pávlova, más conocida como la gran duquesa Vladímir, que la vendió para sufragar su exilio a la familia Saboya.

Es espectacular. El comprador la debe ver entera, pero luego ha de desmontarla delante de usted y quedarse solo las piedras.

De conservarse completa, se podría averiguar su procedencia.

Era espectacular, sin duda. Sobre el interior de seda del cofre brillaba una pieza con forma de kokoshnik ruso, con seis grandes aguamarinas rodeadas de perlas y brillantes.

—Es una pena que la desmonten —dijo Ludo abiertamente—, pero la princesa heredera hace bien en venderla. Si no hacemos algo, pronto nadie tendrá ocasión de lucir estas piezas. Ella menos aún.

—Eso mismo le dije yo. Esta joya habrá servido por dos veces para luchar contra los totalitarismos. Primero aseguró algunos años de vida en el exilio, y ahora ayudará a armar a los opositores al fascismo.

Don Gonzaga Testa había tardado más de lo previsto en dar su autorización y encargar a Ludo una negociación con Orso, en la que no había conseguido nada, porque el sacerdote era más hábil en aquellos menesteres que él.

No, no habría pago por aquel trabajo, y no, tampoco autorizaría que el cargamento de armas se entregara en Sicilia en lugar de en cualquier puerto al norte de Roma.

El sacerdote sabía que, si se descargaba en algún lugar lejos de su control, llegaría la mitad de lo que habían pagado.

Del mismo modo, estaba seguro de que, una vez acordado, la mafia se guardaría mucho de engañarlo, pues, de hacerlo, él delataría a Ludo y acabaría de un plumazo con una relación que podía dar pingües beneficios a la mafia, al país y a la Iglesia.

Pero había algo más.

—Hay una información que debe conocer para extremar las precauciones.

Nos la hizo llegar un minutante de la diócesis de Hesse y cuadra con algunos datos y sucesos que habíamos notado en la diócesis de Roma.

Hay un infiltrado de Mussolini en el entorno más cercano a los príncipes Felipe y Mafalda.

Por lógica, parece que el objeto de su espionaje sea la princesa, pues nadie duda de la fidelidad al fascismo del príncipe Felipe, pero la princesa Mafalda no ha disimulado su animadversión al régimen.

La princesa es impulsiva y valiente, muy mediterránea, pero nada sutil.

La están observando de cerca para ver si va más allá y pasa de las palabras a los hechos, momento en el que pueden sobrevenir problemas muy importantes no solo para ella, sino para toda la familia real.

Temo que los Saboya no se den cuenta de cómo mengua su influencia.

Si sigue acumulando poder, Mussolini podría acabar con ellos antes de lo que ninguno imagina.

—Iré con cuidado.

—A quien quiera que sea ese infiltrado, le va a extrañar mucho que vaya usted a Kronberg. Revisará su equipaje, su vehículo. No lo dude. Actúe antes que él..., y si va a ser descubierta...

—Me ocuparé de quien sea...

—Eso es.

Un sacerdote que le pedía que matara. Orso era realmente inesperado.

Así que aquella mañana de febrero, cuando Roma despertaba y las cúpulas de la ciudad lentamente empezaban a verse entre la bruma, Ludo viajó hasta la pequeña localidad pesquera de Santa Marinella y embarcó en el Honorabile, un barco de carga de cuarenta metros cuyo nombre le hizo sonreír.

La tripulación, acostumbrada a hacer pocas preguntas, no hizo ninguna una vez que ella enseñó su pasaporte con el escudo del reino.

El acento siciliano del capitán la reconfortó. Don Gonzaga Testa sabía lo que hacía.

La ruta la llevaría hasta la isla francesa de Saint-Honorat, frente a Cannes, donde el padre Orso había previsto que contactara con un minutante del monasterio que ocupaba la isla.

La idea era que el Honorabile la llevara allí y que un barco de bandera francesa la dejara en el continente de manera discreta, precauciones que Ludo estimaba innecesarias hasta que el sacerdote le recordó que el servicio de inteligencia del Vaticano la había seguido y averiguado quién era sin que se percatara...

, y que bien podría pasarle lo mismo con la OVRA, la Policía secreta fascista, si no era más cauta.

—No queremos que nadie sepa dónde está usted durante unos días. Eso es todo —le dijo Orso—, así nadie podrá relacionar a la joven empleada de la princesa Mafalda en un acto de contrabando.

Le gustaba el padre Orso. Era efectivo y terrenal.

Evangelizaba con su inteligencia, que era su mayor fuerza.

Ludo, que era católica, pero hacía muchos años que no rezaba, se sentía orgullosa de aquella institución poderosa en silencio.

Todo lo que organizaba ese sacerdote era perfecto, puntual y conveniente.

En la isla de Saint-Honorat solo tuvo contacto con un monje, que en silencio la llevó a una celda confortable, le dio de cenar y la despertó a la mañana siguiente para que embarcara en el barco en el que haría el último trayecto hasta el continente.

Desde Francia llegar a Bélgica no fue difícil, y su aspecto, pulcro, incluso seductor cuando quería, facilitó las cosas cuando se complicaron levemente.

Cinco días después de su salida de Italia, el tren la dejó en Chaudfontaine, a las afueras de Lieja, cuando tocaban las once.

La localidad, famosa por los baños termales, era diferente de lo que los carteles que la anunciaban prometían.

El sol, escondido entre nubes, se resistía a aparecer, una llovizna persistente lo mantenía todo mojado y el ambiente era completamente invernal.

Siempre que Ludo visitaba los países del norte de Europa —para ella, Bélgica lo era—, se sorprendía de que la gente pudiera ser optimista y alegre en aquellos climas.

Para los mediterráneos, acostumbrados al sol y a los cielos altos, era más fácil, pero allí, donde las nubes rozaban las coronillas y la vista se acortaba, tenía mucho mérito.

Que detestara tanto el mal tiempo siendo medio alemana era una más de las contradicciones de su vida.

Había quedado a las doce en el Hôtel des Bains con un desconocido, un enlace del empresario armamentístico Henri Pieper, que sería quien la llevara al lugar donde le entregarían las armas. En el doble fondo de su maleta guardaba la tiara con la que pagaría.

Encontró el hotel enseguida, pegado al río y con aspecto elegante.

En la entrada preguntó por «la fuente de la vida» y, tras pagar, le indicaron el camino.

Eran las doce exactas cuando llegó a un surtidor con forma de palmera de cuyas hojas caían, deslizándose, diferentes chorros de agua supuestamente medicinal con la que los visitantes llenaban vasos y bebían.

El hotel había conocido mejores tiempos y «decadente» era el adjetivo que mejor definía al entorno y al público, tan solo dos personas cuando ella llegó.

Dos hombres. Uno con bombín la miró fijamente.

El otro, de aspecto humilde y tez oscura, cogió un vaso, lo rellenó de agua, lo bebió y cogió un segundo vaso que insertó en el anterior: la señal convenida.

Ludo cogió un vaso, miró dentro y, sin rellenarlo, volvió a dejarlo donde estaba.

Cinco minutos después se encontraron en el puente, mirando hacia el río.

—La recogeré en la Rue des Pêcheurs a las dos en punto. Si no me ve al volante del vehículo, no suba. Si le dicen que lo haga, huya.

Ludo asintió.

A las dos se subió en el coche del hombre y se alejaron del pueblo durante media hora hasta llegar a un complejo industrial. Entraron en una nave pequeña, en la que una pequeña furgoneta ya estaba cargada.

—Tiene el depósito lleno. Las armas están en el doble fondo de los asientos, nadie la parará.

—Las contaré y revisaré.

—Estaba seguro de que lo haría, pero no debe temer. Mi jefe es amigo de su jefe y no se traiciona a los amigos. No se les engaña.

«Mi jefe», pensó Ludo satisfecha, «es una jefa».

El hombre no sabía nada de la implicación de la princesa María José.

Estaba segura de que un empresario de la reputación de Henri Pieper no iba a engañar a una princesa belga e italiana, pero contó los revólveres antes de volver a colocarlos debajo del asiento trasero del coche, donde se había creado un doble fondo en el que cabían muy justas.

—Si el material es el que esperaba, necesitaré que lo pague. Acompáñeme.

Ludo siguió al hombre hacia el fondo de la nave, donde en una esquina se distinguía la oficina de madera. Dentro se sentaron uno frente al otro y ella abrió el maletín, extrajo el cofre y procedió a abrirlo. Al verlo, el hombre abrió los ojos y de pronto ya no pareció tan hosco.

—Es magnífica —dijo.

—Lamentablemente, sabe lo que debe hacer.

—Sí, ahora mismo.

Al observar sus manos, Ludo comprobó que no eran las de un campesino. El hombre abrió un minúsculo estuche y extrajo una serie de pequeños alicates y martillos con los que separó una a una las seis aguamarinas, las perlas y los brillantes hasta que la montura de platino quedó desnuda.

—Es usted joyero —aventuró ella.

—Pero parezco otra cosa. —Sonrió él—. Siempre me ha gustado aparentar menos de lo que soy. Qué tontería hacen los que intentan lo contrario y acaban por decepcionar siempre.

Se despidió del joyero y empezó el trayecto de algo más de trescientos kilómetros que había de llevarla a Kronberg.

Antes de abandonar Bélgica, se detuvo en una huerta, en la que compró varios kilos de calabazas, su salvoconducto principal para entrar en Alemania sin que registrasen la furgoneta.

En la frontera explicó en perfecto alemán que el cargamento iba destinado al monasterio de Knechtsteden.

Quizás no hubiera hecho falta, pero la nota del encargo que le había proporcionado el padre Orso acabó por convencer al guardia fronterizo.

En el monasterio, un sacerdote silencioso, que ella supuso era minutante, volvió a ofrecerle cama y sustento antes de que partiera.

A la mañana siguiente llegó a Kronberg poco antes del mediodía, pero, en lugar de ir directamente al castillo, dejó la furgoneta en un almacén cercano a la vicaría y, según lo acordado, cogió el coche que se encontraba allí, con el que llegó a su destino final.

El paso por el castillo de los Hesse no era casual. El príncipe Felipe y la princesa Mafalda volverían a Roma esa semana. Cargarían con mucho equipaje para ellos, y otro tanto para Justicia y Libertad.

Ludo no pensaba pedirles permiso.