31. LA VERGÜENZA #2
Lo recordaba bien porque la herida no había cerrado.
Flavia le había dado muy pocas señas de dónde vivía.
Habían hablado muy poco de sus vidas, como si ambas hubieran empezado al conocerse.
Muy bonito, pero a todas luces un error.
Todo lo que sabía era que vivía en un pueblo llamado San Raffaello, así que marcó el lugar en el mapa y se dispuso a localizar el domicilio de los Viel costara lo que costase.
No debería de ser demasiado difícil. Las casas de la gente de su estatus siempre eran más relevantes que las que tenían alrededor. Para algo tenía que servir el dinero.
Tardó tres días en llegar, sin ningún plan.
Por entonces, la primavera ya se plasmaba en cada esquina y la belleza del paisaje boscoso de los Abruzos se mostraba con la alegría del renacer.
La carretera cruzaba bosques de hayas pintados de verde joven que se besaban con los de pinos, densos y aromáticos, cubriendo un paisaje montañoso, virgen y olvidado, en el que a menudo se abrían pastos repletos de flores de todos los colores.
Los pueblos eran de poca importancia, con casas de piedra que hacía mucho tiempo que se habían integrado en el paisaje, en paz, en perfecta armonía cuando el mundo, poco a poco, se acercaba al abismo.
San Raffaello apareció de repente al fondo, tras una curva en un desfiladero que poco después se abría a un valle luminoso.
Era algo mayor que los pueblos que había dejado atrás, pero no podía tener más de diez o quince mil habitantes.
Sí era, en cambio, más noble, y sus casas parecían de mejor factura, sus calles estaban bellamente decoradas y el ambiente rural se sofisticaba un poco.
Presidiendo la postal perfecta, un imponente castillo renacentista dominaba la población, que parecía derramarse desde el interior de la fortaleza.
Detuvo el coche frente a la iglesia y su Bugatti enseguida llamó la atención.
Aparcó en un lado y dejó que los curiosos lo observaran mientras pasaba frente a la estatua de un caballero y se encaminaba a la posada enfrentada al templo.
Pidió una habitación para una semana sin saber que solo dormiría allí una noche.
Juan se acostaba tarde y se levantaba tarde también, pero aquella noche falló en ambas costumbres y a las ocho de la mañana ya estaba despierto, con la mirada fija en el techo de la habitación, preguntándose una vez más qué demonios hacía en Italia.
Superado aquel interrogante recurrente, se dijo que el objetivo del día sería localizar la casa de Flavia y averiguar si se encontraba allí.
Luego decidiría cómo aproximarse a ella, lo cual no sería difícil, y explicarse con toda la verdad, que sí lo sería.
«Paso a paso», se dijo. Prefería volver de Italia con un «no» que con el «quizás» que lo atormentaba.
Por lo menos, de aquella manera su vida podría seguir sin el peso que por entonces lo acompañaba a cada paso.
Abrió la ventana para contemplar la plaza a sus pies y observó que la estaban engalanando cuidadosamente con flores y guirnaldas, y que colocaban mesitas una al lado de otra para formar una grande y alargada.
El ambiente era alegre también en la planta baja de la posada, donde le sirvieron un buen desayuno mientras la encargada canturreaba de un lado a otro.
Estaba acabando su plato cuando, como pudo, preguntó por la casa de la familia Viel.
No era un apellido fácil de pronunciar, pero, cuando lo escribió en un papel, la mujer rio y lo acompañó al exterior entre risas.
Luego, alzando la mirada, señaló al castillo que Juan había admirado al llegar.
«Claro», se dijo. Los Viel eran los dueños del castillo, los caciques locales.
Volvió a su habitación y rumió cómo seguir.
Si se iba a plantar frente a la puerta de Flavia, debía pensar qué decirle.
Sacó papel y lápiz y apuntó los ejes de su discurso, que probablemente no resultara muy natural, pero intentaría que fuera clarificador.
Estaba dispuesto a renunciar a su ocupación si era el problema.
Tenía buenos ahorros y nunca había tenido miedo a empezar de cero, o arremangarse y trabajar en lo que hiciera falta.
El resumen era que, en definitiva, estaba dispuesto a hacer todo lo que fuera para estar con Flavia porque, aunque sin ella su vida fuera buena, con ella era plena.
Eran casi las dos de la tarde cuando se acabó de vestir y, como un niño, más ilusionado que temeroso, salió de la posada para encaminarse al castillo de los Viel.
Resultó imposible. El pueblo entero estaba en la plaza, arremolinado en las aceras, a los lados del templo y asomado a las ventanas.
La posadera, que estaba subida a una silla junto a la puerta de su negocio, le informó.
—Una nozze!
«Una boda», tradujo Juan mentalmente.
—Beh, non esattamente, più simile a una festa de nozze.
«La celebración de una boda», entendió Juan.
Colocadas las mesas sobre un entarimado, a un lado, una charanga empezó a tocar una especie de bienvenida.
Luego, inconfundible con la banda con la bandera italiana cruzándole el pecho, el alcalde dio la bienvenida a todos.
En ese punto, Juan no escuchaba, tan solo observaba la celebración, en parte contento de haber llegado a San Raffaello precisamente el día de aquel acontecimiento.
La mayoría de los asistentes ya se habían sentado a la mesa y prestaban atención al discurso que Juan entendía a pedazos, pero sin demasiada dificultad.
—... il benvenuto ai sposi, il signor e la signora Leone!
«Los nuevos esposos», se dijo observando a una pareja subir los escalones de la tarima.
Él, alto y corpulento, maduro, ataviado con traje beige y sombrero.
Ella, con un vestido azul oscuro con lunares pequeños blancos y pamela de paja con un gran lazo blanco.
Elegante y con buena figura. Saludando a todos los presentes con su mano enguantada, sonriendo.
Con su sonrisa.
Juan miró fijamente a la mujer. Luego se acercó poco a poco hacia donde estaba.
A veinte metros de la tarima se detuvo. A su alrededor los vítores no sonaban y el tiempo se detenía.
Sobrevolando las cabezas de la concurrencia, cuando la mirada de Flavia se detuvo en él, su expresión cambió un instante.
La nueva esposa se le quedó mirando como a una aparición, con semblante serio, quizás incluso asustada.
Avergonzada. Descubierta. El mundo también se detuvo para ella.
Todos pensaron que la lágrima que se secó era de emoción.
El señor Leone, que desde entonces le daría su apellido, el primero.
Juan se quitó el sombrero, la miró sin ira, la saludó con sonrisa vencida y contuvo los sentimientos nuevos que lo arrasaban. Luego se conjuró para olvidar a Flavia para siempre.
En sus ojos ella leyó cada uno de esos sentimientos.
Dejó lo que debía en la recepción de la posada y se subió al coche para volver a casa.
Mientras conducía, pensó en lo inútil de los días que había compartido con la italiana, en el nulo sentido de cada uno de aquellos minutos que, de entrada, no había buscado, pues había sido Flavia la que se había acercado a él.
¿Por qué le había robado el corazón si no pretendía hacer nada con él?
Pero el día deparaba aún más sorpresas. Cuando llegó al hotel de Génova en el que pensaba hacer noche antes de seguir, sobre la mesa, un periódico anunciaba el inicio de la guerra en España. Y se quedó en Italia.