31. LA VERGÜENZA
LA VERGÜENZA
Habían pasado dos semanas desde que Flavia se había instalado en el hotel Helvetia cuando Anetta decidió tomar cartas en el asunto.
Estaba segura del motivo por el que la joven no se había mudado aún al edificio de Via San Gallo.
Lo podría haber hecho a los pocos días de cerrar la casa de Poggio Imperiale, pues el padre Orso le había cedido uno de los pisos inmediatamente después de que le explicara por carta que su marido había vendido la villa.
No lo había hecho. Su actitud también había cambiado y se mostraba irascible y caprichosa, algo que nunca había formado parte de su carácter.
Flavia se sentía confusa, descentrada, y se preguntaba si la pérdida de la casa familiar no era la primera de otras muchas.
El cuadro, su marido... Había hecho un paréntesis en su vida, que no era ideal, pero sí estable, y, sin embargo, durante aquellos meses no la había echado nada de menos.
Preocupada, se daba cuenta de que, desde hacía demasiado tiempo, buscaba respuestas a sus preguntas sin encontrarlas.
Anetta fue al hotel decidida a sacudirle de encima ese problema. Hacía días que no había nada más que trasladar ni del hotel ni de la casa de Poggio Imperiale al piso del padre Orso, pero Flavia demoraba la partida.
Llamó a la puerta de la suite, una de las mayores del establecimiento, y esperó a que le abriera.
Cuando lo hizo, parecía lista para salir, y un pequeño gesto en su cara le mostró que no la esperaba y que tampoco la quería allí.
A Anetta le dio igual, porque en su pequeño cuerpo, bajo su oscura melena recogida en un moño, tenía muy claro que los amigos no están solo para sonreír y halagar cuando tomamos el camino correcto, sino, sobre todo, para señalar y aconsejar cuando transitamos hacia el malo. Maldita soberbia.
—Iba a salir —le dijo Flavia, distraída.
—Ya no —replicó Anetta—, saldrá luego y para siempre.
Flavia era demasiado lista para que aquella conversación la sorprendiera.
—Estoy pensando en quedarme aquí un poco más, indefinidamente —dijo, dándole la espalda y acercándose a la ventana—. Es todo muy conveniente y muy...
—Caro.
—Eso a ti no te importa.
—Tiene razón, no me importa, pero sí su actitud. Ha hecho amueblar y arreglar un piso, y ha trasladado sus cosas allí. Ha pedido favores, y ahora, simplemente porque no quiere reconocer que, en el fondo, la han echado de su casa, pretende que nada ha pasado. Llevo semanas cargando cajas.
Flavia se avergonzó. Había hecho trabajar a Anetta y aunque, como era natural, le había pagado por ello. Obligar a hacer un trabajo inútil era humillante para cualquiera.
—Te pido perdón.
—No necesito que se disculpe. Tampoco que ocupe el piso.
Es usted la que necesita salir de esta habitación.
Señora, no deje que su soberbia la lastre.
A veces, a todos nos salen las cosas de manera distinta a como las planeamos.
No me gusta que esté tan cerca del español, ya lo sabe, pero me gusta menos aún que camine por la vida avergonzada cuando no tiene por qué.
A veces se pierde y, al reconocerlo, la reconocerán a usted y la valorarán más. Todos. Ese español también.
Flavia cerró los ojos y se apretó la frente con los dedos.
—Tienes razón. Tienes razón, Anetta.
Seguía dándole la espalda, mirando por la ventana. La mujer se acercó y le puso la mano en el hombro.
—Señora, iremos a Via San Gallo juntas, pero será usted la que suba el desayuno al español. Cuénteselo todo. Así no tendrá que disimular más.
—¿Crees que Carlo me ha dejado?
—No. Creo que ha hecho algo más difícil: le ha dejado la puerta abierta para que decida si es usted la que lo deja a él.
—No le he sido infiel... y no sabe nada de nuestro plan ni del español.
—Probablemente. Pero la conoce desde que son niños y sabe leer en su mirada.
Sabe que la situación dista de ser normal.
El señor Leone es... Ya sabe que tuve mis reticencias, pero en el fondo supongo que es un buen hombre que solo quiere una vida tranquila y familiar, y no comprende que se ha casado con otro tipo de persona.
Quizás pensó que podría domarla, pero se enamoró de una mujer indomable, y debería entender que lo que le atrajo de usted es lo que no debería querer cambiar.
—Somos muy distintos.
—Siempre lo fueron. Dicen que los polos opuestos se atraen, pero también es cierto que el agua no se mezcla con el aceite.
Es mucho más fácil que decidan por nosotros que al revés, porque de esa forma siempre podremos quitarnos la culpa de encima, pero en este caso no va a tener esa suerte.
No pasa nada. Respire. Céntrese. Aclare sus ideas.
Su marido esperará su decisión y la aceptará. No puede hacer otra cosa.
—No sé cuáles son mis opciones. No sé ni siquiera de qué estamos hablando. ¿De dejar a mi marido?
—Olvide a su marido de momento. Céntrese en su plan. En el cuadro. Luego podrá decidir. El tiempo y las circunstancias lo hacen a menudo por nosotros. Vayamos a San Gallo.
Anduvieron hasta la entrada del edificio donde vivía Juan y se disponía a instalarse ella, y Anetta la detuvo ante la puerta.
—Tenga —le dijo, cediéndole el cestillo en el que llevaba pan y varios budino di riso que habían comprado para el español—, lléveselo usted y quítese de encima las excusas.
Explíquele que va a vivir debajo de él y por qué.
Y no se avergüence por lo que aún no ha pasado y que, llegado el caso, si quisiera, podría evitar.
Nadie la ha abandonado. —«Aún», quiso concluir Anetta, pero pensó que era innecesario.
—Voy —dijo Flavia, armándose de valor.
—Abriré las ventanas de su piso. Le gustará cómo ha quedado. Luego compraremos flores. Estará bien aquí.
Flavia subió al ático. Juan era ordenado, metódico, sabía que lo encontraría trabajando.
Así fue. El falsificador se giró hacia ella, y como siempre, no pudo evitar que se le escapara una gran sonrisa que inmediatamente matizó.
Seguía tratando de que lo que aún sentía por ella no fuera plenamente transparente.
Ella también se contenía. Ambos temían no poder hacerlo muchos meses más. Se veían casi a diario.
—Te he traído el desayuno —dijo ella, desatándose el pañuelo que llevaba en la cabeza y dejando el cestillo sobre la mesa.
—¿Y Anetta?
—Está abajo. Ordenando el piso.
—El que vas a ocupar, ¿no?
—Eso es. ¿Cómo lo has sabido?
—Ya sabes que Anetta habla sola mientras limpia. Que no puede pensar en silencio. Ha estado murmurando más de la cuenta últimamente y la vi metiendo cajas. Pensaba que tenías una casa en...
—Mi marido la ha vendido. —Juan la miró en silencio, esperando que fuera Flavia la que explicara lo que quisiera—.
No sé exactamente qué significa. Dice que no quiere que le quiten lo que tiene en Italia, pero no necesita ese dinero y sabía que me dejaba en la calle.
Al principio no pensé nada, casi lo comprendí.
Pero ahora... me siento ofendida... y avergonzada.
—¿Has hecho algo de lo que avergonzarte? —dijo Juan.
—No.
—Quizás sea él quien deba avergonzarse entonces.
—Se acercó a ella—. No te avergüences nunca por cómo te traten los demás.
Tratar a los demás inmerecidamente es lo que debería ser vergonzoso, lo que debería avergonzar al que lo hace.
El que trata mal al camarero, a la tendera, al mendigo o al potentado sin motivo alguno es el que debería avergonzarse, no el que recibe tal trato.
—Tienes razón, pero supongo que hay sentimientos que no eliges.
—Es verdad, pero puedes reflexionar sobre ellos y borrarlos luego. Haz eso en un rato, pero, de momento, mira la obra. Creo que ayer conseguí finalmente el color de la túnica. Ahora que seremos vecinos, podrás ver su evolución más de cerca.
Flavia sonrió tímidamente, se enjugó la única lágrima que había estado a punto de mostrar y se acercó al lienzo.
Delante de ella, el pecho de Colomba Corsini ya tenía, efectivamente, el color debido.
El resto seguía siendo un vacío con trazos difusos, pero estuvo segura de que el resultado final la satisfaría a ella y sería imposible distinguirlo del original.
Mientras escrutaba la obra, acercando la mirada, Juan la miraba a ella, herida y frágil, exactamente igual que se había sentido él hacía no tanto.
Habían pasado más de dos años, pero aún recordaba vívidamente la desagradable sensación que lo recorrió al ver el barco que había traído al amor de su vida desaparecer la mañana después de que Flavia descubriera a qué se dedicaba y él hubiera respondido tan violentamente a aquella intromisión.
Culpabilidad, remordimiento, pena, impotencia...
lo acompañaron muchas horas, convirtiendo lo que había sido una tranquila y feliz existencia en una pesadilla de la que no se le ocurría cómo salir.
Así durante días.
Sin pintar. Sin hablar con nadie. Entregando las falsificaciones que le habían encargado sin entusiasmo, recibiendo el pago generoso y sintiendo que cada uno de los billetes estaba sucio y lo había alejado de lo mejor de su vida. Pensando en Flavia a cada minuto.
Meses después, a finales de mayo de 1936, estaba recogiendo la casa de pescadores de cala de Sa Tuna y preparándose para ir a Italia en busca de Flavia.
Si su relación tenía que terminar, necesitaba, por lo menos, que no lo hiciera de aquella manera.
Prefería un punto final, definitivo y claro, en lugar de aquel punto y seguido, quizás falsamente esperanzador.
Necesitaba cerrar el capítulo o seguir escribiéndolo. Necesitaba actuar.
Juan consideró entonces que aquel era el primer arrebato de su vida, lo primero que había hecho de forma completamente espontánea.
Además, sospechaba que estaba abocado al fracaso.
A pesar de todo, mientras el pequeño Bugatti biplaza sorteaba las curvas y túneles de la Riviera Francesa, pasaba San Remo y Génova, y penetraba en la bota italiana, la sonrisa y la esperanza no desaparecieron de su cara.