30. CONSENSO
CONSENSO
Dos semanas después de la fecha de partida prevista, los Bandinelli seguían en el mismo lugar, disfrutando de la Villa Geggiano, en Siena, con las maletas hechas.
Ranuccio había barajado desobedecer a Ludo, pero desobedecer a la mafia era algo que siempre resultaba muy caro.
Tenía más familia en Italia, amigos, cosas y casas que amaba y a las que no quería perjudicar.
A la vez, se decía que, por una vez, las intenciones de la Cosa Nostra eran justas y que quizás su colaboración fuera mínima, autoconvenciéndose.
Así, tuvo que ofrecer una explicación a su mujer e hijas.
Para su suerte, era la noticia que querían escuchar.
—Estaremos mejor en Italia. Europa está demasiado revuelta. Toda nuestra vida está aquí, tenías razón.
Eran las mismas palabras que su mujer le había dicho una y otra vez, y, aunque no entendió por qué Ranuccio había cambiado de opinión cuando parecía inflexible, se encogió de hombros, alegre, y aceptó la circunstancia.
Maria era temperamental, y Ranuccio, que lo sabía, le ocultaba los asuntos políticos que podían hacer que ella se indignara y se mostrara como era, sin pensar en las consecuencias de no ser cautos.
De haberle dicho que había tramado una huida porque sospechaba que lo iban a llamar de Roma, que lo iban a implicar de algún modo en el viaje de Hitler a Italia, ella le habría dicho que no hacía falta emigrar, que bastaba con negarse.
Como si negarse a los deseos del Partido Fascista, al que se había visto obligado a afiliarse, fuera fácil.
A menudo pensaba que quizás estuviera exagerando. Tenía que haber más expertos en arte que supieran alemán, y, aunque no los hubiera de su nivel, siempre se podía contratar a intérpretes. Italia era grande, y él, una figura de importancia menor. «No, no me llamarán», se convenció durante unos días.
Por desgracia para él, había demasiada gente interesada en que sí lo hicieran.
Tres días antes, desde el castillo de Friedrichshof, Felipe de Hesse había acabado de leer el libro del profesor Ranuccio Bandinelli.
Le había llegado en un paquete desde Roma, con una nota de recomendación de Ludovica Conti, quien, además, le pedía permiso para realizar un pequeño viaje a Bélgica antes de volver a Kronberg junto a los niños, a los que no veía desde que se habían ido de Roma hacía varias semanas.
Al príncipe le había gustado mucho la manera de expresarse del profesor Bandinelli y le había recordado su existencia, de la que se había olvidado.
No volvería a hacerlo. Se levantó de su butaca sonriente y se acercó a la ventana mientras veía la nieve caer sin descanso sobre las colinas a sus pies.
Le preocupó que no les hubiera dado tiempo de cubrir las estatuas del jardín, como hacían con las más preciadas cuando helaba, o que algunas de las ramas de los árboles se partieran por el peso de la precipitación.
El príncipe era sensible, aficionado a las artes, especialmente a la decoración y la arquitectura, y cuidaba de su morada con mimo.
Rodeado de los bosques del Taunus, colocado en la cima de una suave colina sobre Kronberg, desde donde, en los días claros, se podía intuir Fráncfort, su castillo era moderno y de estilo historicista, con elementos decorativos góticos y renacentistas, y empinados techos de pizarra.
Había sido construido hacía tan solo cuarenta años y su piedra clara aún no había visto pasar el tiempo y brillaba cuando lo hacía el sol.
Era más una gran mansión que un castillo, con caprichosas torres angulares que no tenían nada de defensivo.
No se habían producido grandes gestas entre aquellas paredes.
Felipe sabía que la historia de Friedrichshof no podía competir con la de los grandes castillos de sus primos coronados ni con los de otros nobles europeos.
Pese a ello, gozaba con la ventaja de su confort y los avances de su tiempo.
Se acercó un instante al radiador caliente y lo acarició satisfecho.
Fallstein, Braunfels o Homburg eran imponentes, pero dentro se estarían todos muriendo de frío, pensó divertido.
Revisó la cubierta del libro que tenía en las manos y pasó el dedo por encima del nombre del autor.
Era sencillamente perfecto, tal y como le había dicho Ludo.
Sonrió para sí mientras su vista se centraba en el horizonte blanco que veía desde su despacho.
Era realmente formidable, una joven del servicio que leía tratados de arqueología.
Si sus primos europeos se enteraran, no tardarían en tratar de quitársela.
Esa era la educación ilustrada que necesitaban los tronos del viejo continente.
Y esa era la conversación que le interesaría al Führer.
Ya lo esperaban para su partida de bridge diaria, pero no demoró ni un segundo más la carta con destino a la cancillería. El profesor Ranuccio Bandinelli debía ser entrevistado.
Dos semanas después, a mil doscientos kilómetros de distancia, en un aula de la Academia de las Bellas Artes de Roma, varios profesores debatían a gritos bajo una espesa capa de humo de cigarro.
Los había convocado el profesor Raimondo Catalano, que llevaba la voz cantante como instigador de aquel encuentro y había sido uno de los elegidos por el ministerio para seleccionar a los candidatos.
Lo cierto era que en aquel foro parecía que todos buscaban la manera de que su nombre no acabara en la lista que él debía escribir, y Raimondo lo comprendía.
—¡Un error! Un mínimo error y caeríamos en desgracia.
—Es peor aún. Podemos caer en desgracia por un error que ni siquiera es nuestro.
Puede ser un fallo del intérprete. No es fácil traducir una explicación profesional, la terminología del arte es compleja, y el Führer...
es un apasionado del arte igual que lo es de tantas cosas. Y la pasión... Ah, compañeros.
—Lleva a amar en exceso y a odiar en exceso —lo interrumpió otro—, casi irracionalmente... No querría ser yo al que odie.
—No querríamos ser ninguno.
—Señores —apuntó otro—, estamos hablando de la persona más poderosa de Europa. El admirable Führer de Alemania.
A menudo en las conversaciones, en cualquier lugar, se deslizaban frases como aquella, destinadas a que las paredes que escuchaban y las bocas que hablaban demasiado no pudieran nunca decir que uno había estado en una reunión subversiva.
Lo cierto era que había tanta preocupación como ironía en las palabras de todos.
Algunos se sabían incluidos en la primera lista de candidatos, otros aún lo temían y habían anulado sus conferencias para mantenerse fuera del radar de los funcionarios que estaban organizando el viaje.
Los que, en cambio, se sentían orgullosos de formar parte de los seleccionados no estaban en esa sala.
Eran, en general, los más adeptos al régimen, y a menudo tan fanáticos del arte como del mismo Mussolini. Alguien quiso recordarlos.
—Queridos colegas, para muchos de los nuestros, implicados ya en la fase preliminar de la programación de las visitas culturales, participar resulta un gran honor. Si los llaman, no deben perder eso de vista. Si la visita sale bien, tocarán la gloria —terció Raimondo, suplicante.
—Eso creíamos que pensaba el profesor Boggi y..., bueno, finalmente no pudo con la presión.
Un silencio cubrió la sala unos instantes.
—En cualquier caso —volvió a hablar el profesor Catalano—, nos debemos poner de acuerdo en los nombres que proponer. Si todos señalamos a la misma persona, será la elegida. Creo que hay cierto consenso respecto a algunos nombres, ¿no es así?
—Sin duda.
—Sí.
—Sí.
—Sí.
—Por supuesto.
Raimondo se echó hacia atrás y sonrió satisfecho.
—Bien. Entonces ya saben qué tenemos que hacer.