29. ARMAS
ARMAS
—Padre, me encuentro sola en mi propósito y soy incapaz de hacer ver a nadie de esta familia el desastre al que estamos abocados.
—Alteza, está menos sola de lo que piensa, pero debe entender al príncipe. Es el heredero de la corona de su padre y debe actuar con cautela.
—Lo sé, padre, pero ¿acaso no ve lo que les ha pasado a todos los parientes que se asociaron con movimientos militares? El káiser, el rey de España... Tronos mucho más antiguos que el de Italia han caído y, si no hacemos algo, seremos los próximos. Ese Mussolini... ¿Qué dice el santo padre?
—El papa está preocupadísimo, como ya le hizo saber. Y su preocupación va en aumento.
La princesa del Piamonte se había abierto al padre Orso al poco de llegar a Villa Savoia.
Era más listo y mejor consejero que el padre Valentino, que se había retirado a un convento cerca de Castelgandolfo tras meses realizando sus importantes tareas con cada vez menos talento.
Orso era de mente rápida y aguda, y provenía de una familia aristocrática que conocía bien qué podía pedir y qué no a la princesa María José, la segunda dama de Italia tras la reina Elena.
Comprendió su desesperación enseguida, pues era plenamente fundada.
Como en tantas ocasiones, los monarcas debían decidir entre hacer algo o esperar a que lo hicieran por ellos, y, como siempre, era difícil discernir cuál era el mejor camino para su supervivencia.
—Alteza, debe ir con cuidado. En este mismo parque real ya sabe que nadie es tan neutral como parece, y no hace falta que le diga que las paredes tienen oídos. También sabe que, de querer, encontraría participantes entusiastas para sus planes entre personas cercanas a su persona.
—Habla usted de mi cuñada, por supuesto.
La princesa Mafalda es valerosa y decidida, pero se expone de una forma que no puede ayudarme en nada, más bien lo contrario.
Es una mujer única, pero yo debo ser más cauta.
En cualquier caso, si en algún momento ella necesita de algo en lo que yo pueda serle de ayuda, articúlelo.
No le diga que estoy implicada, pero hágamelo saber.
Nuestras posiciones en la familia son distintas y yo no puedo evidenciar mis ideas de la forma en que ella lo hace, sobre todo si, como es el caso, deseo actuar.
Ha surgido algo en lo que creo que puedo ayudar y para lo que necesito su colaboración.
—La escucho.
—Tengo desde hace algún tiempo un correo, alguien de mi plena confianza, escurridizo y hábil, que lleva mis mensajes a intelectuales, opositores y personas ligadas a Justicia y Libertad.
—Comprendo.
—El asunto es que, a raíz del asesinato de los hermanos Roselli, Justicia y Libertad ha tomado un nuevo impulso, ya ve que no hay mal que por bien no venga, y parece estar actuando con más intensidad y mayor determinación.
También están más organizados, lo que, por otra parte, ha llevado a la policía secreta a una persecución más feroz e indiscriminada.
Por desgracia, la financiación de sus actividades siempre los lastra.
Sé que necesitan armas y equipamiento, radios, etcétera.
En eso pensaba cuando hace dos semanas, con motivo de la inauguración de una fábrica, cené en Milán con un grupo de empresarios realmente notable, entre los que estaba un viejo amigo belga, el señor Henri Pieper.
—¿De la Pieper-Bayard?
—El nieto del fundador de la célebre empresa de armas, sí.
Se ha diversificado mucho y la parte de fabricación armamentística ha quedado poco a poco arrinconada.
Su nicho en el mercado, los revólveres y las pistolas medianas, se volvió poco rentable.
Ahora hacen motores, bicicletas..., otras cosas.
Sus armas no son adecuadas para los ejércitos.
—Pero son perfectas para organizaciones menores —apuntó Orso, siempre sagaz.
—Exacto. Discretas y fáciles de llevar. Sin darle demasiada importancia, con pena, el señor Pieper me dijo que aquella parte de su negocio había quedado en tan poca cosa que incluso tenía una partida de ciento cuarenta revólveres y pistolas, nuevas y perfectas, almacenada en una antigua nave cercana a Lieja, con la que cabía muy poco que hacer y que a veces pensaba en fundirlas.
Inmediatamente pensé en Justicia y Libertad, claro.
Así que me puse manos a la obra. A través de mi hermano, el príncipe Leopoldo, le envié una carta al señor Pieper cuyo contenido mi hermano desconocía.
La respuesta llegó hace dos días a través de la embajada belga.
Una simple postal del Palacio de los Obispos de Lieja, con un cariñoso saludo firmado con la ininteligible letra de Henri Pieper.
La confirmación de que acepta mi oferta.
—Alteza, ¿quiere comprarle las armas?
—Sí, y dárselas inmediatamente después a los opositores al régimen. A Justicia y Libertad, y a todo el que quiera disparar al Duce. Sé cómo hacerlo. Lo que no sé es cómo introducirlas en Italia, cómo traerlas, ni cómo hacerle llegar el pago.
—¿Tiene los recursos para hacer frente a ese coste?
—Tengo una tiara de aguamarinas y brillantes que perteneció a la gran duquesa Pávlovna de Rusia, la gran duquesa Vladímir, que me entregaron con motivo de mi boda y nadie recuerda.
La tiara de la casa Saboya es tan excesiva que esta, a pesar de ser mucho más valiosa, pasó desapercibida.
Ese es el pago que le he ofrecido y ha aceptado Henri Pieper, con la única condición de que la desmonten inmediatamente después de recibirla para que nadie pueda identificar su procedencia.
Pero, como le digo, no sé cómo hacérsela llegar.
Orso barruntó una idea que podía funcionar.
Requeriría de una discreción extrema y de que algunas personas mostraran su verdadera cara, pero eso era algo que tenía previsto hacer en algún tiempo.
Quizás adelantara la situación; al fin y al cabo, nadie cruzaba mejor las fronteras que los traficantes.
Y nadie traficaba mejor que la mafia siciliana.
Desde la casa que le habían proporcionado, se veía entre los pinos la cancela de entrada de Villa Polissena, lo que le había servido para tener vigilados los movimientos de Ludovica Conti, la joven que, bajo la apariencia de una eficiente chica-para-todo, había captado la mafia siciliana con objetivos que al padre Orso no le eran difíciles de suponer, pero que no había detallado aún.
La había visto abandonar el recinto del parque real muchas tardes, y aquella de finales de diciembre no fue diferente.
En cuanto la vio cruzar la puerta, él cruzó la suya y se encaminó hacia Villa Polissena.
La casa vivía entre puntas de actividad y ruido, y semanas de silencio y letargo dependiendo de la presencia o ausencia de los príncipes de Hesse y sus hijos.
Cuando no estaban, tan solo un mayordomo y dos doncellas se ocupaban de que todo estuviera a punto, y el resto del servicio se trasladaba a Villa Savoia, por lo que el sacerdote, que se movía libremente por toda la finca, lo tenía más fácil todavía para entrar discretamente.
Había ido en numerosas ocasiones a la villa, a la que accedió por la puerta trasera.
Observó que el servicio que la atendía estaba limpiando la galería que daba al jardín.
Ninguno lo vio. El interior aún no había adquirido la pátina del tiempo, pero era, sin duda, hermoso y estaba cargado de detalles, yeserías, cornisas, cuadros de cierta importancia y decoración a la italiana interpretada por el ojo del príncipe Felipe de Hesse, que tenía buen gusto.
El padre Orso subió las escaleras hasta el piso superior y recorrió el largo pasillo que llevaba al extremo del edificio.
Era fácil reconocer la habitación de Ludovica, pues era la única que tenía las contraventanas abiertas y sobre la mesilla había un libro en alemán.
Sin dudarlo, empezó a revisar uno a uno los cajones de la cómoda.
A paso ligero, enfilando la Via Salaria en dirección al centro, donde debía recoger la información que le mandaban desde Florencia y Sicilia, Ludo se palpó instintivamente el bolso de ante que llevaba colgado del hombro.
—Diantre —dijo, parándose en seco.
Lo abrió y, tras rebuscar, se percató de que había olvidado el microfilm con las imágenes del nuevo vehículo de Felipe de Hesse.
No pretendían atentar contra él, pero los coches de todas las personas a las que controlaba y espiaba la Sociedad Honorable debían estar localizados.
Enfadada, se dio la vuelta para ir en su busca.
Cuando uno no es despistado, le molestan más los despistes, y Ludo se puso inmediatamente de mal humor y no pudo evitar que todo, desde su cara hasta sus pasos, lo mostraran.
En la entrada de la villa la saludó el mayordomo, que seguía ocupado en la limpieza de la galería.
Subió a zancadas la escalera y volvió a su habitación, pero, al entrar, comprobó que había sido revisada.
Con urgencia se puso de rodillas para sacar de su sitio el último cajón de la cómoda, bajo el cual, en el espacio que quedaba entre esta y el suelo, había un hueco donde guardaba documentación, munición y las herramientas de su trabajo clandestino. Sobre todo ello, había una nota.
La espero a las ocho en el templo de Flora.
Hablaremos y nos pondremos de acuerdo.
P ADRE A LBERTO O RSO
A las ocho, Ludo estaba en el lugar acordado, un templete de jardín de poco uso en los meses de invierno.
Sentado en un banco, mirando hacia el bosque con la sonrisa del que sabe más y carece de miedo, estaba el sacerdote.
Ludo lo había observado hacerse rápidamente con la confianza de los príncipes de Piamonte y de la reina.
Estaba segura de que a la princesa Mafalda también le iba a caer bien, pero había tenido poco tiempo para conocerlo, pues estaba de vuelta en Alemania.
Jamás había subestimado el poder de los sacerdotes, y la mirada de aquel hombre era la de alguien de mente rápida y sólidas convicciones.
Se acercó a él, y este se puso en pie y con la mano le indicó que se sentara a su lado. Ambos esperaron un instante para que el otro iniciara la conversación. El cura tomó la iniciativa.
—Siempre he creído que, si se tiene un mismo fin, uno lo bastante potente, somos capaces de asociarnos hasta con nuestros enemigos.
—¿Eso somos? —preguntó ella, extrañada.
—No. En ningún caso. Aunque nuestros métodos sean muy diferentes.
Ludo se giró hacia él.
—Padre, ¿me va a decir quién es usted?
—Ah, querida, por supuesto que sí. Es muy fácil: soy lo que ve.
Un sacerdote, y, como tal, mi deseo es que la gente a mi alrededor esté bien.
Además, soy un buen observador, la Iglesia suele serlo, y hace tiempo que sabemos que su labor en este lugar va más allá de la de una niñera.
—Ludo aún no había decidido matar al padre Orso, pero no podía permitir que la familia real supiese lo que hacía allí—.
Sabemos de su relación con cierto caballero siciliano llamado don Gonzaga Testa —continuó Orso—.
Suponemos lo que pretende, y... no debe preocuparse, porque no nos oponemos.
La Sociedad Honorable y la Iglesia han aprendido a respetarse cuando ha sido necesario, y mi organización ha pecado de omisión cuando ha hecho falta.
Creemos que ha llegado uno de esos momentos.
—Ella palpó la pistola que llevaba en el bolsillo de la chaqueta.
El gesto no le pasó desapercibido al padre—.
Deje eso. No le va a hacer falta. La familia no tiene por qué saber nada, ya que no es contra ellos contra quien trabajaremos.
Podemos seguir siendo el cura y la niñera, o supervisora, o ama de llaves, lo que quiera que haga en cada momento.
Yo no hablaré, pero quiero que me ayude.
Con ello ayudará a sus propósitos, por supuesto.
A los de don Gonzaga y a los de muchos italianos, también de la Iglesia.
—Ludo se tranquilizó un poco. El padre continuó—: Con la excusa de su trabajo a caballo entre Alemania e Italia, usted entra y sale del país con facilidad, y es bien sabido que nadie controla mejor los puertos que la organización para la que usted trabaja.
Necesito que vaya a buscar, pague y traiga un cargamento de armas cortas que queremos hacer llegar a Justicia y Libertad.
Sabemos que tiene contacto con ellos. El régimen ha apretado a esos jóvenes y parece que están decididos a actuar en favor de los que creemos que Italia merece otro Gobierno.
—¿Por qué debería hacerlo?
—Porque compartimos el mismo objetivo...
y porque ambos sabemos que el profesor Boggi no se suicidó.
Como le decía, compartimos objetivos, pero nuestros métodos son distintos.
El Vaticano tiene la información actualizada de usted, incluida la propuesta que le estoy ofreciendo...
, y está dispuesto a que iniciemos una provechosa colaboración.
Nadie más que nosotros dos puede conseguir tantos datos, y se acerca el momento en el que podremos utilizarlos para cambiar Italia, quién sabe si quizás el mundo.
Ustedes tienen los contactos y los medios para hacer su trabajo, igual que nosotros.
Unamos nuestro poder para hacer que Justicia y Libertad pueda actuar también.
De momento solo tienen ideales, arrojo y juventud, pero pueden ser de mucha ayuda si, además, tienen pistolas.
—¿Me está pidiendo un favor?
—Puede tomarlo así si quiere, aunque me parece más una oportunidad. Digamos que estamos armando a la infantería para cuando ataque la caballería, es decir..., nosotros.
—¿Nosotros?
—Sí, querida. Este régimen caerá antes o después, y será porque todos hemos apartado nuestras diferencias y hemos hecho nuestro trabajo.
Usted hará lo que sabe y yo haré lo mismo.
Hable con don Gonzaga. Nos veremos a las ocho, pasado mañana.
No me cabe duda de que a su jefe le interesará lo que le va a contar.
Yo le daré los medios para que pague las armas, también los detalles de entrega.
El viaje lo dejo de su parte. Y puesto que va y viene, quizás sea buen momento para una visita a Bélgica.
—Bélgica, eh.
—Sí.
—Sabía que la princesa heredera estaba con nosotros.
Orso sonrió.
—No está con nosotros. Está contra él.