28. AIRE DEL NORTE
AIRE DEL NORTE
A final de año un temporal de frío barrió la Toscana y las calles de Florencia perdieron vida.
La llovizna, casi helada, penetraba en las prendas sin remedio y los florentinos se asomaban lo menos posible a las calles, siempre mojadas.
Como buenos mediterráneos, detestaban el clima adverso y permanecían en lo posible en el interior de sus casas, deseando que aquellos aires del norte amainaran pronto.
Pero su presencia iba a hacerse notar cada vez más, aunque el clima mejorara...
Se había creado la Oficina de Celebraciones con ocasión de la visita del Führer y la capital toscana empezó a prepararse para el magno acontecimiento.
Roma estaba destinada a representar el nuevo Imperio romano y la pujanza de la cultura clásica llevada a la modernidad.
Nápoles mostraría que Italia era de nuevo la guardiana del Mediterráneo, la fuerza principal del Mare Nostrum.
Florencia iba a ser la cuna de la cultura.
A nadie se le escapaba que también sería la visita más esperada para Hitler.
Así que el norte, Alemania, iba a condicionar la vida de los florentinos durante algunos meses más.
Se estaban seleccionando arquitectos, fotógrafos, historiadores y diseñadores para hacer que la visita superara las expectativas del invitado, que tenía una visión hiperbólica y brillante de la cultura clásica.
Así, la ciudad empezó a convertirse en un hormiguero de albañiles destinados a dar esplendor a todo lo demasiado viejo, demasiado despintado o demasiado roto.
Se marcaron diferentes fachadas que debían ser restauradas, se empezó también la renovación del pavimento, las aceras y los puentes.
La iluminación de las calles y la modernización de muchos escaparates tampoco se demoró.
Las fuentes, los hidrantes, los buzones se limpiaron y mejoraron. Se decidía qué enseñar y qué ocultar.
En paralelo, se empezaron a buscar ávidamente los puntos de conexión de la cultura italiana con la alemana, exagerando cualquier relación por pequeña que fuera e inventándola cuando no existía.
Juan observaba tanta actividad atónito y algo disgustado, pero también nervioso, porque, para cuando todo estuviese listo, él debía estarlo también y Flavia se jugaría la vida.
Había intentado advertirla de los riesgos de lo que pretendía una y otra vez hasta entender que el problema era que para ella el único temor era el de morir sin haber vivido.
La venta de su hogar conyugal y la presión que su marido había ejercido sobre ella habían logrado el efecto contrario al que Carlo pretendía.
Si había alguna posibilidad de que entrara en razón y acudiera junto a él a Lausana, se había desvanecido completamente.
Recuperar el cuadro se había convertido en un hito vital, en el fin de una época y el inicio de otra, un hecho con el que demostrarse a sí misma su determinación, su independencia y su valentía.
El hito a partir del cual viviría de verdad.
Juan no estaba seguro de que aquella fuera la mejor forma de que la mujer de la que estaba enamorado cambiara el rumbo de su existencia, pero, sabiendo que no la convencería, se esforzó en no juzgarla, pues él mismo podría ser juzgado también.
Como tantos, a menudo Juan era muy rápido para juzgar a los demás y muy lento para hacerlo consigo mismo.
Ayudaría a Flavia, pero en secreto rezaba por que el plan de Carlo funcionara y que este lograra engañarla con la segunda copia del retrato de Colomba Corsini.
Aunque la alejara de él, ojalá creyera que su marido había recuperado el cuadro original y que, por lo tanto, no hacía falta que arriesgara su vida.
La perdería, pero estaba lo bastante enamorado de Flavia como para no dudarlo, como para entregarle su corazón aunque se lo llevara lejos.
Como para buscar el bien de ella y sacrificar el suyo.
Solo quería que Flavia estuviera bien, con o sin él. ¿Acaso no era esa la base del amor?
Miró a su alrededor. En la Via Panzani estaban colocando mástiles para banderas. Seguramente fueran esvásticas.
Ya faltaba poco.