El falsificador 27. NO #2
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27. NO #2

Por la tarde el humor de Flavia cambió y decidió dejar de preocuparse y empezar a ocuparse. Estaba en el jardín cuando la figura pequeña y activa de Anetta apareció con una bandeja con zumo de naranja. Pese al frío, o especialmente por él, la fiel criada y amiga se lo ofrecía a menudo.

—Es importante tomar zumo en invierno. Fortalece la salud y la moral.

—Porque nos llena de vitaminas y nos recuerda que somos unos privilegiados por poder tomar fruta en invierno —contestó Flavia.

—Eso es —dijo Anetta.

—Siempre lo mismo —dijo algo reconfortada de que la devolviera por un instante a su feliz infancia.

—Ojalá, querida. Todo parece cambiante últimamente. Echo de menos Faggio.

Flavia no quiso contarle las malas noticias. Ante el riesgo de que acabaran por hacérselo vender a precio de saldo o se lo incautasen, su padre estaba decidido a deshacerse de todo, también del castillo, el lugar al que ambas llamaban hogar.

—Ya. Yo también lo echo de menos. Todo parece fácil cuando estamos allí —dijo Flavia, sacudiéndose la realidad de la cabeza.

—Eso es. A veces recuerdo el día en que llegué. Lo hago para asegurarme de que no debo tener miedo a lo desconocido ni juzgar por el aspecto.

—Te asustaste.

—Era una niña. Catorce años, hija de una maestra, sobrina de la cocinera.

Mi madre dijo que bastaba ya de holgazanear y me mandó a trabajar allá, en medio de los Abruzos, desde Trapani.

Cuando vi el castillo, lloré. Tan grande, tan oscuro por fuera...

, y trabajando para judíos, con lo devota que es mi familia.

Pensé que me contagiarían, que iría al infierno con ellos, todos endemoniados.

Me atormenté algún tiempo, la verdad, pero ahora pienso que, cuando suba, encontraré la manera de convencer al Señor para que los acepte a usted y su familia.

Los Viel son buena gente. A la semana de mi llegada, Faggio era mi sitio favorito y me daba igual que mis empleadores estuviesen completamente equivocados respecto a su religión.

Con mi primer sueldo compré una Virgen María para mi habitación y le dije cada noche que yo sí creía en todas sus virtudes.

De vez en cuando echo unas gotitas de agua bendita en sus copas, lo reconozco también...

pero, bueno, ya me conoce. Da igual, nunca sentiré ningún otro lugar como mi hogar.

Sí —dijo recogiendo el vaso ya vacío—. Mi hogar es el castillo de Faggio.

—¿Llevaba agua bendita el zumo?

—No, no, qué va. —Cambió un poco la cara—. El padre Ricardi es un vago que jamás tiene remanentes para mí. En mi precioso castillo de Faggio el sacerdote es mucho más trabajador. Bueno, su castillo. Bueno, el de las dos.

—El castillo de Anetta.

—Eso dice su madre cada vez que no encuentra las cosas que ordeno.

Pero Flavia ya no escuchaba.

—El castillo de Anetta —repitió.

—Eso dice, sí.

—¡El castillo de Anetta! —exclamó Flavia.

—Querida, está usted un poco tonta. Una vez hace gracia, tres ninguna. —Olió el zumo que quedaba como si contuviera alcohol, pensando que debía hacerse con una botella de agua bendita.

Flavia la cogió de los hombros. La cara de Anetta era de absoluta extrañeza.

—Anetta, necesito que hagas algo. Te voy a vender el castillo, las casas de Venecia, la Toscana y Roma. —Anetta volvió a oler el zumo. Tenía que haber intoxicado de alguna manera a la señora Flavia—. No bromeo.

—Pues entonces llamaré al doctor inmediatamente —dijo la criada.

—Escucha. Papá lo quiere vender todo. Teme que lleguen tiempos en los que nos veamos obligados a hacerlo, por...

—Por ser judíos.

—Eso es. Pero podrías comprarlo todo tú y hacerte con las llaves de cada una de esas casas.

—Señora, salvo que esté hablando del artilugio en sí, es decir, de la llave, pero no de la cerradura de la puerta, ni de la puerta donde está esa cerradura, ni de la pared donde está esa puerta ni de los salones que esconde esa pared, creo de verdad que ha perdido completamente la cabeza.

—Te voy a vender las cuatro propiedades por el precio del llavero. Si son tuyas, nunca nos las podrán quitar. Cuando todo pase, te las volveremos a comprar por el mismo precio. Si la situación no mejora, confío en que serás tú quien las venda y nos entregues el dinero.

—Eso sí tiene sentido —dijo Anetta.

—¿Lo harás? Puedes pensarlo unos días si quieres, pero necesitaré saber algo pronto.

—Quedarme dos palacios, una finca vinícola y un castillo por... ¿cuatro liras?

—Eso es.

—No necesito pensarlo. ¿Conoce usted a alguien que diría que no?

Flavia sonrió.

—No.

—Pues si encima lo hace para salvarlos, como haría yo, aún menos —concluyó Anetta.

La tarde siguiente, Anetta Calderone se convirtió con sesenta y dos años en propietaria de un vasto patrimonio.

El notario encargado de la operación, judío como Flavia, no hizo preguntas porque comprendió muy bien la maniobra.

Muchos amigos habían hecho operaciones similares.

Que fuera o no necesario, solo el tiempo lo diría.

Por su parte, Anetta no podía evitar sentir que de pronto era muy rica, aunque supiera que aquellas propiedades fastuosas tan solo estaban de paso por sus manos.

—Mi madre estaría muy orgullosa de ver dónde he llegado —dijo envuelta en un abrigo de astracán que había sido de la madre de Flavia y le iba grande.

—Seguro que sí. Tú debes estar orgullosa también —la conminó Flavia.

—No hablo de las casas, sino de la confianza.

Mi madre no le daba importancia a lo material, solo valoraba lo de dentro, la rectitud, la honestidad, el buen trabajo.

Eso, lo que genera confianza. La gente más rica es la que tiene mejores amigos, y solo se tienen amigos si confían en uno. Qué maravilloso don es ser de fiar.

—Te lo has ganado. Si quisieras, podrías quedártelo todo.

Ella detuvo un instante su paso acelerado por la Via delle Belle Donne y la cogió del brazo.

—Eso ni lo diga. Anetta Calderone nunca se ha quedado nada que no fuera suyo. La confianza se gana con muchos actos, pero la desconfianza con solo uno. No he fallado jamás, por eso confían en mí. —Reflexionó un instante—. Y nadie quiere un castillo si le toca barrerlo cada día.

—Hablando de barrer... A partir de la semana que viene, no tendrás que ir a la villa de Poggio Imperiale. El señor la ha vendido.

—Ya lo sabía.

—Lo supuse.

—No es que escuche, no vaya a pensar que soy una fisgona.

—Si no quisiéramos que lo supieras, lo hubiéramos hablado de otra forma. Pero el caso es que tendrás menos trabajo aquí. Puedes volver al castillo si quieres. O ir a Trapani con tu familia.

—Eso querría usted, señora. Mi familia es usted y me quedo, que si no hará usted vaya a saber qué —murmuró por lo bajo—.

Y la casa del español es una fábrica de hacer polvo.

El pobre perrito ya es más gris que negro.

Me quedo. Buscaré un lugar. Cielos, es irónico.

Tengo más casas que en mi vida y, sin embargo, estoy sin techo.

—Encuentra algo que te guste y pásame el coste. Yo me instalaré en el Helvetia unos días. Luego buscaré algún lugar donde quedarme cerca de la Via San Gallo. No debemos olvidar para qué estoy aquí.

—Eso espero, señora, que no lo olvide.

—No empieces, Anetta.

—No lo hago.

—Cuando todo acabe, ¿vendrás a Suiza conmigo?

—Ay, señora, ojalá cualquiera de las dos cosas fuera fácil para usted. Creo que ambas tienen las mismas posibilidades de cumplirse.

—Eres muy impertinente. Otra te despediría.

—La verdad es incómoda a veces.

—Quizás el padre Orso conozca algún piso que puedan alquilarme —dijo Flavia cambiando de tema—. Ese hombre es más rico que la mitad de los nobles de la ciudad.

Anetta mudó la cara como cuando ocultaba algo.

Era tan expresiva que le era imposible disimular cualquier sentimiento.

Cuando lo intentaba, no podía evitar cerrar los ojos con fuerza, como si la ayudara a que lo que tenía en la cabeza desapareciera.

Su cara morena y arrugada adquirió el aspecto de una pasa, tensa y reconcentrada.

—¿Qué?

—Nada —dijo, cogiéndola del brazo, aún con los ojos cerrados, pero sin dejar de andar.

—Oh, Anetta, sabes que te lo acabaré sacando. Suéltalo.

—Tiene razón —sus músculos se relajaron y aminoró un poco el paso—, y una vez más la culpable de la tentación será precisamente la Iglesia, que nos pide que recemos para librarnos de ella.

—No te entiendo.

—El padre Orso me dijo que su congregación tiene un piso en el mismo edificio de la Via San Gallo, es más, todo el edificio es suyo.

Flavia no pudo evitar sonreír.

—Vaya, pues es una buena noticia. El padre se lo tenía muy callado.

—Pues por algo sería, señora. Por algo sería.