27. NO
NO
Flavia se había vestido para salir y tan solo esperaba a que el tiempo pasara para acudir al ático de la Via San Gallo cuando Anetta ya lo hubiera abandonado.
La criada era demasiado sagaz y sabía leer en su interior.
Ya había adivinado su plan para cambiar el cuadro falso por el auténtico, pero, aunque pareciera increíble, el temor real de Flavia era que descubriera sus sentimientos hacia Juan, ya que ni ella misma era capaz de reconocerlos.
Miró el reloj en repetidas ocasiones hasta decidirse a salir, pero, cuando cerró la puerta tras ella, por el camino de entrada vio el enorme Isotta Fraschini de su marido avanzar lentamente hacia la casa.
Debería haberse alegrado, por lo menos sorprenderse, pero una sensación distinta se impuso sobre las que eran lógicas.
Con todo, se forzó en sonreír y avanzó hasta el vehículo.
Carlo llevaba meses en Suiza, en la casa que habían comprado cerca de Lausana, y ella, que aún no la conocía, había hecho evidente su nulo interés en salir de Italia.
Había discutido mucho, primero con su padre y luego con él, y en aquellas ocasiones Flavia había sido irreductible.
Ahora temía que Carlo llegara con artillería nueva y formas más convincentes.
No era fácil defender por qué se había quedado, y en el fondo se sorprendía de que su marido, pese a no entender sus motivos, lo hubiera aceptado. Flavia pensó que quizás no lo había hecho en serio.
—Dame un abrazo —le dijo él con la misma cara que ella conocía desde hacía tanto tiempo.
Aunque sabía que había ido a buscarla, se hundió en su cuerpo grande, su olor reconocible y en el cachemir de su abrigo.
Carlo era la seguridad, la solidez frente a lo imprevisible, la amistad frente a la pasión.
Mentalmente, Flavia cambió sus planes del día convencida de priorizar aquella visita sobre todo lo demás, que era poco, pero al lado de Juan.
Al menos le debía eso a su marido. Carlo jamás le había hecho daño y siempre había aceptado su carácter a veces levantisco e impulsivo, no había podido echarle nada en cara nunca y quizás por eso se sentía culpable de no quererlo como merecía.
Era un buen hombre, pero hacía tiempo que Flavia sabía que la bondad no suele encender el deseo.
Entraron en la villa y se sentaron frente a la chimenea, que no descansaba desde hacía días.
Fuera, Florencia entera se escarchaba cada mañana y el hielo congelaba fuentes y estanques.
—Traes muy poco equipaje —observó ella, entre intrigada y aliviada.
—Los baúles de nuestra familia van a ir en dirección opuesta, es decir, de Italia hacia Suiza, al menos de momento.
—No empieces.
—No, Flavia. —Le cogió la mano y la miró, firme pero casi suplicante—.
No lo voy a hacer porque esto no podemos discutirlo más.
Juré protegerte y voy a hacerlo. Necesito que me escuches.
Hace tiempo que las cosas avanzan, tal vez silenciosamente, pero inexorables, hacia una situación de la que te debo salvar.
—Estoy al corriente de lo que pasa en Alemania. Es tremendo. Pero esto no es Alemania.
—Mis contactos en los ministerios están asustados. Se están preparando leyes similares que nos convertirán en apestados en nuestro propio país. Mussolini y Hitler se miran el uno al otro y se copian en todo lo inconveniente.
—Inconveniente —repitió ella, irónica. Carlo siempre había sido demasiado educado.
—No tiene ninguna gracia.
—No me voy a ir —aseveró ella una vez más.
—Haz lo que quieras, pero déjame que te explique.
Nuestro Gobierno ya aplica leyes raciales en los territorios africanos.
Las lleva aplicando y probando, depurando, un buen tiempo.
Los europeos, por un lado; los africanos, lo más lejos posible.
Segregación, distintos derechos, prohibición de matrimonios mixtos, etcétera.
—Mal. Pero yo no soy africana, mi familia lleva en Italia desde hace muchos siglos.
—No eres africana, pero eres judía. Escúchame: los funcionarios del Ministerio de Cultura Popular, el Ministerio del Interior y un grupo de juristas fascistas llevan meses recopilando información sobre los judíos italianos, debatiendo definiciones de lo que es una «raza».
Están preparando el terreno. Luego entrará la propaganda y más tarde la ley.
Será peligroso para nosotros, y no tardará.
Nos arrinconarán, nos perseguirán y nos robarán.
Será un bonito regalo para Hitler de parte del Duce.
—Me iré antes. Y tú no eres judío.
—Estoy casado con una judía. Deberías irte ahora mismo, conmigo, pero, si lo que te cuento no es suficiente para convencerte, no sé qué puede serlo.
Te llevaría a la fuerza, la ley me adjudica a mí elegir el lugar de residencia familiar, y probablemente a la larga me lo agradecerías, pero te conozco demasiado bien como para saber que volverías.
Eres testaruda, pero eso puede condenarte.
Flavia permaneció en silencio.
—El rey no aceptará que se nos trate como a ciudadanos de segunda —dijo de pronto—. Conoce a mi familia y a otras familias judías. Mi madre es amiga de...
—¡Flavia, por Dios! —la interrumpió Carlo con un golpe en la mesa—. No digas tonterías. El rey firmará. Claro que lo hará.
—No somos un problema para nadie.
—No —dijo él, serenándose—, y Mussolini lo sabe. Sabe que no somos un problema, pero también que nos podemos convertir en uno muy útil. Toda la comunidad judía se está movilizando discretamente. Muchos piensan como tú y se equivocan. Otros como yo. No todos pueden elegir, tú sí puedes hacerlo.
—Ya lo he hecho.
—Sabía que dirías eso. Yo también he tomado una decisión.
Estoy vendiendo todo lo que tenemos en Italia.
Tu padre también se está quitando de encima los inmuebles de los Viel: pisos, los edificios, algunas fincas que han sido fáciles de colocar, pero vuestras residencias históricas no encuentran comprador.
Te traigo las escrituras del castillo de Faggio y las de las casas de Roma y Venecia.
De igual modo las de la finca vinícola, con un poder de tu padre para que puedas venderlas también, aunque suponemos que será muy difícil.
—No venderé el castillo. No venderé nada de lo que lleva tantos años en manos de mi familia.
—Tu padre dijo que dirías eso, ya ves que nadie puede contigo.
Haz lo que quieras —dijo Carlo sin discutir lo que ya preveía—.
Yo he hecho lo contrario: he vendido esta casa.
Esta misma semana deberás abandonarla. Te pagaré una semana en el Helvetia.
Luego deberás espabilarte. Tienes tu coche.
Nada me gustaría más que te subieras a él y vinieras a Suiza.
Te gustará mucho la casa que tenemos allí.
Tu madre va a comprar la finca contigua.
Al otro lado de la calle vive la reina Victoria Eugenia de España, en una casa espléndida que llaman Vieille Fontaine.
—Me quedaré en el Helvetia tanto tiempo como quiera —dijo Flavia, ignorando datos que le traían sin cuidado—. No hace falta que me pagues ni una sola noche.
Carlo atenuó la mirada y le cogió la mano.
—Odio que estemos así. Odio que nos digamos estas cosas.
Pero solo lo hago porque me importas y porque no puedo creer que una tontería como un maldito cuadro al que jamás has prestado atención te retenga aquí.
No sé qué tramas ni cómo pretendes recuperarlo, pero no lo lograrás.
Los funcionarios con los que estarás negociando no te devolverán el cuadro, es más, no harán nada más que señalarte.
Nadie va a devolvértelo por mucho que muestres tus preciosos ojos y supliques, sobornes o creas que los influencias en algún modo.
Lo grave es que te estás exponiendo. Demuestras el descontento con el teórico préstamo a Mussolini y te dejas en evidencia. Puede ser peligroso.
Carlo no tenía ni idea de lo peligroso que era lo que ella había planeado.
No iba a negociar nada con ningún funcionario.
Iba a robar lo que era suyo, sin más. Su parte infantil e inconsciente le provocó una pequeña sonrisa, pero luego se entristeció.
Era en momentos como aquel cuando se daba cuenta de lo diferentes que eran su marido y ella. Bajó la mirada.
—Deberías ser más comprensivo. Si es importante para mí, deberías intentar entender por qué en vez de ridiculizarme.
Tú estás dispuesto a seguir con tu vida.
Que el golpe inmerecido, el empujón violento te impulse para seguir adelante.
Yo prefiero pararme, darme la vuelta y devolver el golpe.
Aunque sea mínimo y me haga avanzar más despacio.
Quizás si reacciono, se lo pensarán dos veces antes de volver a atacarme.
Y aunque no lo hagan, dormiré mejor, aunque te parezca que no sirve de nada.
—Calló y se dijo: «Y si sale bien, te aseguro que a ese Mussolini va a dolerle más mi pequeña acción que algunas batallas perdidas, porque, para los orgullosos, la vergüenza hiere más que una bala».
—En fin —dijo Carlo dando una palmada y por acabada la discusión—, no te voy a convencer, pero haré todo lo que esté en mi mano para que la cordura impere en este matrimonio.
Te han robado un cuadro, intentaré que no nos quiten nada más.
Ahora saldré. A mediodía firmo la venta del edificio de la calle Cavour.
Iré a cambiarme antes. Te dejo las escrituras de tus cosas en el despacho.
Nunca se sabe, puede ser que haya algún incauto con ganas de hacerse con un castillo perdido en los Abruzos.
Carlo se levantó, la besó en la frente como se besa la mano de un sacerdote y se encaminó piso arriba.
—He dicho que no venderé nada —murmuró ella, cruzada de brazos.