26. PRIMER AVISO
PRIMER AVISO
Los Hesse habían vuelto a Kronberg, y Ludo se encontraba de nuevo sola en Villa Polissena cuando recibió noticias de la Sociedad Honorable.
Los mantenía puntualmente informados y sabían de las complicaciones que habían surgido con el profesor Boggi, al que había tenido que matar y a quien la policía había encontrado flotando en el Tíber con signos que su incompetencia determinó como «inequívocos» de suicidio.
No le favorecía nada haber tenido que quitarse de en medio a Boggi, pero, desde Sicilia, don Gonzaga Testa era poco de mirar atrás si no era para vengarse, y enseguida pensó cómo sacarle partido.
En su misiva a Ludo, el capo le decía, con mucha razón, que dejar caer el nombre de Ranuccio Bandinelli al príncipe Felipe de Hesse para que lo considerara como guía no era suficiente.
El príncipe ni siquiera vivía a tiempo completo en Italia, y, cuando estuviera en Alemania, quizás olvidara el nombre del arqueólogo y profesor que Ludo había fingido leer y admirar.
Mientras, sabían que Bandinelli pretendía abandonar Italia y, precisamente porque quería hacerlo, no podían permitirlo.
Ese había sido el detonante de que lo investigaran, con sorprendentes conclusiones.
En un registro a su casa familiar de Siena descubrieron en su habitación muchos de los libros que el régimen prohibía y que un buen fascista, un afiliado al partido como Bandinelli, no tenía sentido que tuviera.
Así, en sus estanterías encontraron la novela Adiós a las armas, de Hemingway, prohibida por ofender el honor militar italiano al describir la derrota de su ejército en Caporetto y, peor aún, una obra de Ignazio Silone, que era abiertamente antifascista.
Al revisar su listado de amigos, descubrieron a dos comunistas, uno de los cuales había sido compañero habitual de cenas y paseos hasta su desaparición en misteriosas circunstancias.
En la visita a su casa de Pisa, lo que los sorprendió fue lo que no encontraron: ni una foto de Mussolini ni una señal del orgullo fascista habitual en todos los afiliados al partido.
Cuando, de vuelta de una cena, probablemente con alguna copa de más, lo vieron sonreír al ver al cebo de la mafia orinando contra una pared empapelada con un cartel fascista, la Sociedad Honorable se convenció de que la admiración por el régimen que se le suponía a Bandinelli y de la que en alguna ocasión había dado muestras era, cuando menos, un disfraz.
El mismo que se ponían muchos cobardes para seguir con su vida sin meterse en problemas.
Su mujer y sus dos hijas parecían bien adiestradas para llevar uno idéntico.
Así que con instrucciones precisas y aprovechando que los príncipes no estaban en Roma, Ludo dejó Villa Polissena y viajó hacia el norte. Había llegado la hora de conocer al profesor Ranuccio Bandinelli.
Dos días después, el sol se empezaba a colar entre la bruma que cubría como una manta los campos toscanos cuando llegó a la Villa di Geggiano.
Estaba situada a pocos kilómetros de Siena en dirección a la pequeña población de Castelnuovo de Berardenga, en un paisaje poblado de campos ordenados con muros de piedra, pulcramente plantados de viñedos y olivos.
El entorno era rico, exuberante y verde, con los colores de la naturaleza saturados como en todos los lugares donde la lluvia limpia frecuentemente la atmósfera y el sol ilumina generoso.
Una buena tierra que en verano tenía que haber sido más bonita aún, pero que incluso con las cepas sin hojas y las brumas de las que se rodeaba aquella mañana resultaba impresionante.
La casa aparecía modestamente, de repente, de espaldas, edificada en ladrillo y piedra vieja, después de una curva en la que se pasaba de la sucesión de campos a lo que parecía una pequeña aldea de diez, quizás quince casitas.
La mayor de todas era la que había llevado a Ludo hasta allí.
Dejó el coche en la entrada de un camino y rodeó la casa hasta encontrar un muro bajo por el que saltar para, rodeándola, verla de frente.
Desde allí, la perspectiva tosca y austera de la fachada trasera cambiaba totalmente.
Geggiano era una villa impresionante, de color blanco viejo, de tres alturas, en la que se distinguía la planta baja, el piano nobile y el de servicio, con altas ventanas en la planta baja y en la primera, y otras menores en la superior, todas con contraventanas verde oscuro.
Sobre ellas emergía una especie de apéndice central más corto que elevaba la casa un piso más.
A los lados sobresalían dos cuerpos retranqueados con arcos.
La casa se abría a un jardín a medio camino entre el orden francés y el paisajismo inglés.
Con caminos flanqueados con bojes recortados y cipreses en varios lugares, así como algunos follies graciosos rematando las diferentes vistas.
Era una casa noble de importancia, con una finca productora de chianti alrededor.
Ludo sabía que Bandinelli era rico, pero no esperaba que lo fuera tanto.
Se alegró de no haber demorado la visita, los ricos escapan mucho más fácilmente que los pobres y no podía dejar que este lo hiciera.
Bajo un porche observó el coche familiar, un Fiat 1500 de color oscuro.
Sobre el techo del vehículo había dos grandes baúles atados a la baca con cinchas.
No, no dejaría que se fueran. Se acercó sigilosa al coche y desdeñó estropearlo.
Tenía las llaves puestas, así que las cogió y se las metió en el bolsillo, segura de que las de repuesto estarían en Pisa, donde vivían habitualmente Ranuccio y su familia.
La fuerza que pretendía utilizar era otra, pero no podía arriesgarse a que la huida se precipitara.
De la bolsa que llevaba extrajo un ejemplar del Corriere de la Sera de cuatro días antes, que abrió por la página adecuada y dejó en el asiento del conductor, con un sobre a nombre de Ranuccio.
Por la tarde, cuando estuvo segura de que el interesado había revisado la nota y el periódico, llamó a la puerta.
Enseguida, una criada la llevó ante Bandinelli, que la recibió en una estancia de paredes pintadas y techo abovedado que parecía el despacho de la casa, sentado tras un escritorio, con actitud molesta.
—No entiendo nada —dijo él, directo—, y no sé qué quiere de mí. ¿Qué es esto? —dijo mostrándole la nota que Ludo le había dejado. En ella se leía: «Espéreme a las cuatro y veinte».
—Por eso estoy aquí, para explicárselo.
—No tengo demasiado tiempo.
—Sí que lo tiene. Su viaje ha sido anulado.
—Eso lo decidiré yo. —Bandinelli trató de que el nerviosismo no se le notara. Decidió tomar la iniciativa. Acercó el periódico por encima de la mesa hacia el lado de Ludo—. ¿Sabe quién ha hecho esto?
Ludo observó la pequeña reseña del Corriere de la Sera: «Hallado muerto el profesor Stefano Boggi, director de arte del liceo Giulio Cesare».
—Boggi murió a exactamente esta hora, hace cuatro días. Veo que no cree que se suicidara. Es curioso cuando todo el mundo ha asumido esa idea.
—Nadie que lo conociera como yo. No sabía que había muerto, pero de lo que estoy seguro es de que no se ha suicidado. En los últimos tiempos parecía más feliz que nunca. Si antes era improbable que Boggi se suicidara, ahora lo es más aún.
—Tiene razón. No se suicidó.
Bandinelli palideció. No quiso preguntar si tenía delante a la responsable del hecho. Temía demasiado que lo fuera.
—¿Qué quiere?
—Déjeme que le cuente antes quién soy. Represento al poder más antiguo de este país tras la Iglesia.
—No representa al Gobierno.
—No, a la Sociedad Honorable.
—No sé qué es eso.
—Bueno, a menudo se habla de mi organización con otros nombres.
Menos fieles a la realidad, más despectivos...
, pero, como todos los que luchamos, tenemos enemigos, y, bueno, no hablan bien de nosotros.
En cualquier caso, da igual cómo te llames si vences...
y eso nos basta. El nombre más feo resulta exótico y bonito si lo lleva la chica más guapa, o recio y noble si lo defiende el hombre más fuerte.
Nuestro prestigio se ha construido a base de hechos.
Nuestra fama viene definida por nuestros actos, no por nuestro origen o nuestro nombre.
Así que aceptamos que nos llamen como sea, no es importante.
En Sicilia hemos aprendido que la fuerza y el orden necesitan más que de teorías y buena voluntad para ponerse en práctica.
—La Cosa Nostra.
—Bueno, no es el término que yo utilizaría, pero hágalo usted si quiere —dijo Ludo, encogiéndose de hombros.
—No sé qué pueden querer ustedes de mí. No he hecho nada que pueda molestarlos y estamos lejos del sur.
—Tiene mucha razón. Esté tranquilo. Nada tiene por qué torcerse para usted, todo lo contrario.
Usted y los suyos están seguros. Su hija Sandra puede seguir con sus clases de pintura.
Debo decirle que tiene buena mano, con solo nueve años ya parece poseer un talento especial.
Es una lástima que la cambiaran de profesor, se llevaba mejor con don Mario, pero supongo que acabará tomándole cariño a don Julio también.
Respecto a Marta, me alegré mucho de que el enfado con su madre se arreglara satisfactoriamente.
La preadolescencia en las mujeres puede ser muy revoltosa, se lo digo por propia experiencia, yo también tuve trece años.
Su mujer debe ser más paciente, aunque ella, igual que sus hermanos, adolezca de impaciencia.
Los Garrone son demasiado susceptibles. Tan buenos como impacientes.
Ranuccio se asustó. La mafia lo sabía todo de ellos y aquella mujer se lo había hecho saber. Lo que fuera que quisieran era lo bastante importante para dedicar tiempo a investigarlo en profundidad. Ludo comprendió que había logrado el efecto deseado.
—No se asuste. Lo que le voy a pedir es que colabore con nosotros en un fin mayor que cualquier otro. Uno que beneficiará a mucha gente.
—A ustedes.
—No solo, no. Este propósito es mayor a cualquier otro en el que mi organización se haya visto involucrada.
—La escucho —dijo Ranuccio.
Ludo se puso de pie y empezó a explicarse mientras paseaba por la habitación.
—En mayo, el Führer va a realizar una visita a Italia.
«Oh, no», pensó Bandinelli, que temía desde hacía demasiado tiempo verse involucrado en el viaje y había querido huir de su país precisamente para evitarlo.
—Como sabrá —continuó Ludo—, se le está preparando un importante programa cultural.
El profesor Boggi estaba implicado. Quizás por eso lo veía tan contento.
Estaba orgulloso. La vida le sonreía y se disponía a colaborar con el Gobierno que tanto admira.
Que admiraba tantísimo más que usted, que lo detesta.
—Eso no es...
—Sí, claro que es cierto —lo interrumpió Ludo—, pero no se preocupe, nadie odia tanto al Duce como la Sociedad Honorable, estamos en el mismo barco.
Y vamos a navegar juntos. —Le sonrió—. Usted se está preparando para huir porque sabe que va a ser llamado para la labor.
Que le van a pedir que participe en la visita como cicerone.
Habla alemán, es... refinado, por lo que nadie se preocuparía nunca de que no diera la talla en cuanto a modales, y es experto en arte clásico, el que más le gusta a nuestro visitante.
—Quieren matar a Hitler —susurró Ranuccio.
—Casi. Queremos matar a Mussolini. Pero, si se da la situación, podemos hacerles un bonito favor a los alemanes.
—La sala se quedó en silencio—. Oh, vamos.
Solo a los más afortunados, en algún momento de nuestra vida, se nos ofrece la oportunidad de hacer algo realmente relevante.
De pasar a la historia. El que no acepta el encargo del destino merece el peor.
Y no queremos eso para usted, que va a aceptar el encargo.
—No soy un asesino.
—No, pero nosotros sí cuando es necesario. Vamos a lograr que usted sea el elegido para acompañar al Führer. Ya estamos en ello, por eso no puedo dejar que se vaya de Italia. Estará varios días pegado a ellos y actuará cuando se lo digamos. Tenemos muchas formas de matar.
—Me ahorcarán al instante, tanto si lo logro como si fallo.
—No se preocupe por eso. Me comprometo a que no sea nada fácil. Nadie tiene por qué sospechar de su colaboración. Cubriremos cada uno de sus pasos.
—¿Qué pasa si no acepto?
—No quiera saberlo. Esto es lo bastante importante como para que no escatimemos en formas de convencerlo.
La Sociedad Honorable puede ser la mejor amiga o la peor enemiga.
Puede regar su jardín y llenarlo de buenos frutos o convertirlo en un páramo sin vida ni oportunidad de supervivencia.
Somos muy buenos en ambos propósitos. Los mejores, diría.
—Me está amenazando.
—No, le estoy mostrando dos opciones. Dos caminos. Uno lleva a la gloria y al bien común. El otro lleva a la nada.
—¿A... a la muerte? —balbuceó Ranuccio.
—No, a algo mucho peor. —Ludo lo miró fijamente un instante, luego sonrió—.
Pero ¿por qué siquiera hablar de eso? Usted es un idealista.
Un amante de lo bello. ¡Sea idealista! ¡Luche por sus ideales!
Los dos sabemos que debe hacerlo. Que es necesario que quien pueda hacer algo lo haga.
Le estoy ofreciendo la posibilidad de colaborar con nosotros para acabar con lo feo, con lo que ensombrece nuestro país y acabará por llevarlo al desastre.
No estará solo en ningún momento. Nuestra red es enorme y segura.
Su colaboración, aunque imprescindible, puede limitarse a llegar un poco tarde o un poco pronto, entretenerse en una explicación o agacharse para atarse los zapatos para facilitar un disparo.
Y no desespere, para coger el camino peor, que no le recomiendo, siempre se está a tiempo.
Son las buenas oportunidades las que pasan volando.
Ranuccio hundió la cabeza entre los brazos apoyados en la mesa.
No podía creer que aquello estuviera pasando.
Detestaba a Mussolini y detestaba su política de alianzas, de la que la visita era imagen elocuente, pero resultaba asombroso que fuera él, un arqueólogo, un estudioso, el encargado de cambiar las cosas.
—No tengo suerte —murmuró para sí lo bastante alto como para que Ludo lo escuchara.
—No diga eso. La suerte es llegar preparado al momento correcto..., y le puedo asegurar que así será.