25. PLAN PARALELO
PLAN PARALELO
Juan había acabado la pasta que Anetta le había llevado y se miraba al espejo antes de asearse para acostarse cuando el timbre de la puerta de la calle sonó.
Era la primera vez que lo hacía desde que había llegado, hacía cuatro meses, a Florencia, y le extrañó.
Se asomó por la ventana para ver desde arriba la figura de un hombre trajeado y corpulento, con sombrero. Irreconocible.
Tapó el lienzo con una sábana y bajó a abrir.
La cara que encontró le resultó familiar sin saber de qué. Por suerte no tuvo que devanarse la memoria, porque, quitándose el sombrero, el mismo visitante se presentó.
—Soy Carlo Leone, marido de Flavia. Creo que conoce a mi mujer. Estoy preocupado, ¿podríamos hablar?
Cordial y educado. A Juan la visita le dio más pereza que curiosidad, pero la invitó a pasar.
No tenía ningún miedo porque, aunque luchara contra aquel deseo, Flavia y él aún no tenían una relación que ocultar.
Ya en el ático, el hombre giró en silencio sobre sí mismo observando el lugar.
Juan le acercó una silla y lo invitó a sentarse.
Luego hizo lo mismo y lo miró. Físicamente eran opuestos, y Carlo, seguro, se dio cuenta.
Juan era espigado, fibroso, un poco desordenado y tendía al rubio.
Carlo era alto y grande, menos ágil de movimientos, más sólido, con el pelo engominado oscuro, las manos grandes y aspecto elegante.
Un artista y un banquero. Un soltero irredento y un hombre casado.
Un hombre de mar frente a uno de ciudad.
El de ciudad le sonrió un instante antes de hablar.
—Flavia no sabe que estoy aquí, ni siquiera sabe que estoy en Florencia. Hoy mismo volveré a Suiza.
—Lo escucho —dijo Juan.
—Sé que usted y mi mujer son amigos. Me parece muy bien. No soy celoso —mintió.
—No tiene por qué —respondió Juan, mintiendo también—, nos conocimos en España, en verano. Luego nos hemos vuelto a encontrar aquí, en Italia.
—Ya.
Carlo se levantó y le dio la espalda mirando hacia la ventana.
—Confieso que, hasta saber un poco más, me preocupó que no viniera conmigo a Suiza, donde vivo ahora, y que luego se viera con usted. La gente habla y es maliciosa. Los vieron en la fiesta de los Maratti y algunos amigos no tardaron en hincharme la cabeza con maledicencias.
—Somos amigos. Solo eso. Ni siquiera amigos íntimos.
—Lo sé. Me he ocupado de saber quién era usted. Tengo contactos en muchos lugares, y por mi trabajo estoy acostumbrado a buscar un poco más allá, a conocer a la gente en profundidad. Los banqueros debemos hacerlo para saber en quién confiar.
Carlo llevaba mucho tiempo sin hacer una buena operación en el banco y su información sobre Juan provenía del registro del ático en el que se encontraban y de la investigación sobre el español que había encargado.
—He sabido que es pintor, español y algunas cosas más.
También lo que está haciendo aquí. Amo a mi mujer lo suficiente como para entender lo que pretende.
—Juan escuchaba sin saber si debía preocuparse—.
Estoy inquieto, debe comprenderme. Flavia y yo tenemos un proyecto matrimonial.
Nos conocemos de toda la vida y me atrevería a decir que la mitad de ella hemos estado pensando en ese proyecto.
En tener hijos y un hogar estable. Lo convencional, quizás a usted le parezca aburrido.
—De ningún modo. —Juan hubiera aceptado gustoso ese proyecto de haberlo tenido con Flavia.
—Bueno. El asunto es que usted conoce a Flavia. Es una joven impetuosa, mimada, acostumbrada a que todo salga siempre como quiere. Caprichosa, y no entiende el peligro de lo que pretende. Si falla, morirá. La ejecutarán sin duda.
—Pero... —Juan se resistía a confesar.
—Sé que está pintando una copia del retrato de Colomba Corsini, el Botticelli. Lo he visto un millón de veces en la casa de mis suegros. Supongo que es eso de allí —dijo señalando el caballete tapado por la sábana—. Se lo ha encargado mi mujer, y solo se me ocurre una razón por la que lo ha hecho.
—Lo veo muy seguro.
—Mucho. Flavia dijo que recuperaría el cuadro que el Gobierno ha pedido prestado. Está segura de que no lo devolverán.
—¿Usted no?
—Yo no estoy seguro de que no lo hagan. En cualquier caso, no estoy dispuesto a que mi mujer arriesgue su vida por un cuadro. Es absurdo, y eso es lo que quiero tratar con usted. Necesito su ayuda. Esto es, a todas luces, una locura.
—¿El qué?
—Tratar de sustituir el original por la copia. Usted y Flavia están instalados en Florencia porque es aquí donde está el original. De haberle encargado una copia para nosotros, estaría en Lausana conmigo y usted en su casa, donde quiera que esta esté.
Juan no dijo nada. Tenía frente a él a un hombre amable y educado que parecía sinceramente preocupado por su mujer. Carlo siguió hablando.
—Tiene que ayudarme y tiene que hacerlo por Flavia.
Esto es un capricho excesivo que puede acabar con su vida.
Es hija única, es joven y es mi mujer. Va a destruir la vida de sus padres, la mía y la suya propia si no frenamos esto.
Lo mismo que siente ella lo sentimos los demás, pero a veces se pierde y ella debe comprenderlo.
Incluso si ese cuadro fuera esencial para nuestro sostenimiento económico, cosa incierta, no compensaría el riesgo.
Lo he intentado todo para salvarla, pero ya solo me queda un recurso.
—¿Cuál?
—El engaño.
—No me gusta engañar.
—A nadie le gusta, pero si, como supongo, usted también tiene afecto a mi mujer, debe ayudarme.
Quiero que realice una copia más. Una que me entregue antes del día en el que tengan planificado el cambiazo.
Yo le diré a Flavia que he recuperado el cuadro por otras vías y le mostraré la copia fingiendo que es el original.
Lo único que usted tiene que hacer es no decir nada respecto a este encargo y pintarlo en secreto.
Le pagaré bien. Lo que me pida. Llevo veinte mil liras conmigo que le dejo aquí.
Puede pedirme lo que quiera cuando acabe el cuadro.
Juan vio a Carlo levantarse y dejar un abultado sobre sobre la mesa.
Parecía a punto de ponerse a llorar. Le compadeció porque, además, tenía mucha razón, y él también había pensado que el plan, aunque sólido, estaba motivado por un capricho y era muy arriesgado.
Si hacía lo que Carlo le pedía, Flavia sobreviviría y se iría a Suiza con su marido, igual que haría una vez que la misión concluyera.
O quizás no. Lo único seguro era que, haciendo lo que Carlo pretendía, sobreviviría.
Tal vez ella nunca averiguara la verdad.
Puede que viviera para que la llama entre él y ella volviera a brotar.
Carlo parecía buen tipo, una apuesta segura, pero tal vez el tiempo haría que ella se decidiera por otra apuesta más audaz, más emocionante.
Por él. Para hacerlo, tenía que estar viva.
Miró de nuevo a Carlo, un hombre grande y fuerte que parecía a punto de derrumbarse y cuyos ojos lo miraban suplicantes.
—De acuerdo. Lo haré —dijo, seguro de que era lo mejor.