El falsificador 24. DIEZ DÍAS #2
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24. DIEZ DÍAS #2

Se dio la vuelta para volver a la habitación, donde Juan dormía profundamente, con su cuerpo velloso preparado para que ella encajara en él, pero, antes de hacerlo, paseó por la casa, tratando de saber más de él.

Era pequeña. Un sillón blanco, una estantería llena de conchas, muchos libros, algunas de las marinas que pintaba colgadas de las paredes encaladas.

Olía a sal, a mar y a limpio. Alargada. El salón y la cocina frente al portón de doble hoja que constituía la única abertura al exterior de la casa, estrecha y sin pretensiones, la habitación inmediatamente antes del cuarto de baño, sencillo, pequeño, un armario lleno de buena ropa y excelentes zapatos y otra puerta enfrentada a él.

La abrió y encendió la luz, dejando que desvelase algo más que un armario.

Parecía el taller de Juan. El olor a óleo era inconfundible, y el desorden, controlado, el típico de los estudios de pintura, en el que lo blanco siempre se acababa manchando y los bártulos del oficio se apoyan en las paredes.

En un caballete, una pintura llamó su atención.

Flavia no era ajena al arte, en realidad, muchos hubieran dicho que era casi experta.

A la convivencia diaria con óleos de los más prominentes maestros italianos había sumado su formación en las conferencias y ciclos que la Academia de Bellas Artes de Florencia impartía.

Se había esmerado en conocer el arte y aprender a educar su ojo para que viera lo que quedaba oculto a los demás.

Había visitado todos los grandes museos europeos.

No sabía pintar, pero sabía observar, y no tuvo duda de que el cuadro que tenía enfrente era extraordinario.

Tanto que resultaba inverosímil que estuviera en una aldea de la costa de Gerona y no en las paredes de un palacio o museo.

Una Virgen de mirada tierna, sentada en un trono y envuelta en una túnica roja observaba a un niño Jesús en pie entre sus piernas.

El trazo, el color, el gesto, todo era único y excepcional.

Entornando la mirada, se acercó a una esquina.

En ella, en letra de palo, bien clara, leyó: « P . B ATONI PINXIT. R OMAE A NNO 1765 ».

Un óleo de Pompeo Batoni, uno de los mejores pintores italianos del siglo  XVIII , el maestro de las alegorías y escenas mitológicas, el retratista de los aristócratas ingleses, del emperador de Austria y del papa Pío VI.

Un cuadro de un valor incalculable guardado en una casa de pescador de Sa Tuna.

Era inaudito. Acercó los dedos a la obra para tocarla como hacen los furtivos, con miedo y culpabilidad, pero, cuando rozó la superficie, descubrió algo aún más increíble.

En lugar del áspero tacto del óleo viejo y craquelado, sus yemas se humedecieron y se quedaron marcadas en la obra.

El cuadro que creía antiguo, no lo era. No se había pintado ni en Roma ni en 1765.

Tocó otro lado, pensando que quizás fuera tan solo esa parte del cuadro, quizás en proceso de restauración, la que no estuviera seca, pero obtuvo el mismo resultado.

Cuando pasó el dedo por encima de la firma y esta se desdibujó, supo que estaba ante una falsificación. Una perfecta.

En su cabeza, algunas incógnitas se desvelaron.

Un pintor de marinas con un Patek Philippe en la muñeca.

Un hombre instalado de forma indefinida en una casa apartada del mundo, pero con un bonito Bugatti 35 aparcado en la parte trasera.

Con modales refinados, conocedor del buen vino y la buena mesa, vestido con ropa de calidad.

Un ermitaño, pero con dinero.

Un delincuente escondido en una esquina discreta del mundo que no hablaba de su trabajo y, solo cuando no había salida, daba vagas explicaciones sobre su vida.

Revisó el espacio. En un lado, uno apoyado sobre otro, contra la pared, había varios lienzos con obras de poca calidad, pero muy antiguas, con la pintura craquelada, igual que la tierra seca.

Claro. Juan pintaba sobre esos lienzos, de forma que aquel síntoma de la edad se traspasara de la pintura antigua a la nueva.

Cerca, todos los pigmentos eran antiguos también.

Sobre una mesa descubrió una carpeta repleta de sobres, cada uno con el nombre de un maestro de la pintura.

En su interior, fotos de detalles de diferentes obras de cada uno de esos autores. Las manos, los ojos, la firma...

Dentro de otra carpeta encontró fotos de diferentes cuadros. Tras cada una de ellas estaba el nombre de alguien, de un comprador, y su precio de venta.

Guy de Rothschild, Lambert Art

Ana Gorchs, Galería Herman Diedrich

Bartolomé Ferrer, Galería Prado

Bernard Lauder, Goodman Ltd.

Una carpeta llena de mentiras, de infamia y estafa.

Si Juan era marchante, era el mejor del mundo, con los mejores clientes y las mejores piezas...

Pero lo que tenía delante de sus ojos apuntaba en otra dirección.

De alguna forma, el hombre que dormía a pocos metros de ella había encontrado la manera de colar en las mejores galerías del mundo falsificaciones creadas por él.

Los magnates que compraban en aquellos lugares acababan colgando en sus paredes cuadros de Juan Rezola, no de los maestros por los que habían pagado fortunas.

Flavia no tuvo ninguna duda: Juan Rezola era un falsificador. Uno excelente. Ningún otro podría haberla confundido. También era un delincuente.

Cuando se dio la vuelta, lo encontró de cara. Serio. Molesto. Quizás más aún. Flavia se sobresaltó.

—No deberías estar aquí.

—Yo...

—No deberías estar aquí —repitió Juan.

Flavia respiró hondo, tratando de encontrar el valor. La mirada de Juan era totalmente diferente a la que había visto hasta entonces. Recordó que tuvo miedo. No conocía de nada a aquel hombre, aunque se hubiera acostado con él.

—Eres un... —«Falsificador», quiso decir, pero no lo dijo.

—Sal de aquí —dijo él cerrando los ojos, aguantando la ira—. Vete.

—Seguro que hay una explicación —tentó ella.

—No necesito explicar nada. No te metas en mis asuntos.

No hacía falta que se explicara. Su ira y sus silencios eran prueba suficiente de que aquello era serio. Juan se dedicaba a falsificar. Él mismo debió de pensar que se estaba delatando cuando lanzó una única excusa.

—Me gusta el arte. Me gusta imitar los estilos de los maestros. No hago nada malo. No soy lo que piensas..., pero no me gusta que hurguen en mis cosas.

—A nadie le gusta que descubran sus secretos, sobre todo porque uno esconde lo malo, rara vez lo bueno.

—No es lo que crees. —Su tono severo no cambiaba.

—Explícate entonces.

—No tengo por qué. Apenas te conozco.

—Entonces me iré.

—Hazlo —dijo Juan cerrando los ojos, como obligándose a decir algo que no deseaba pero debía.

Flavia se acercó un poco a él. Le acarició la cara y le dio una última oportunidad para que volviera a ser el hombre del que estaba enamorada, pero la expresión de Juan no cambió.

—Eres un falsificador —dijo, decidida. Él levantó la mirada con los ojos inyectados de ira—, pero hay cosas que no se pueden falsear. Me acordaré de ti.

Pocas horas después, su barco giró la roca de Es Furió y la cala Sa Tuna desapareció para siempre de su vida.

Pero dos años más tarde, de pie, hombro con hombro, el falsificador del que se había enamorado observaba el mismo Botticelli que ella.

Y lo que les había separado era también el motivo de que volvieran a estar juntos.