El falsificador 24. DIEZ DÍAS
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24. DIEZ DÍAS

DIEZ DÍAS

Juan Rezola avanzaba sin prisa ni pausa en la ejecución de un cuadro que solo había visto en fotos, pero del que Flavia se esmeraba en dar detalles.

Era extremadamente meticuloso, y estaba seguro de que, si el cuadro se observaba sin la comparación del original, pasaría la prueba del ojo más experto.

Muchas de sus obras lo habían hecho antes.

Algunas incluso colgaban en museos. La ingenuidad del que estaba decidido a creer una mentira era un arma excelente.

Infalible si, como era habitual en él, Juan se lo ponía fácil.

Sus cuadros eran perfectos, así que nadie tenía por qué creer que la autoría era otra de la que él fingía.

Estaba preparado para salir hacia la Galería de los Uffizi cuando escuchó pasos subiendo la escalera y Flavia se presentó ante él.

Juan trataba de no mirarla demasiado, de permanecer en parte distante, porque se sabía débil a sus encantos.

Así, no era el mismo hombre sonriente y seductor que ella había conocido.

No era el amigo que Flavia deseaba porque él había querido ser más que eso.

Quería haber sido su pareja. Si no podía serlo, no quería ser nada más.

Ella lo sabía, pero ignoraba su actitud, tratando de que el verdadero Juan escapara por las grietas de la armadura que llevaba puesta.

—Te acompaño —dijo decidida—. Sé dónde están los Botticellis... y te llevaré a ver uno más desconocido. En una iglesia.

Juan hubiese preferido ir solo, pero aceptó.

Lo cierto era que la compañía de Flavia era útil para su trabajo porque le mostraba partes y colores de los cuadros expuestos que guardaban semejanzas con el retrato de Colomba Corsini.

Así, recorrieron los Uffizi durante horas y Juan grabó en su retina cada una de las obras del maestro.

Del Nacimiento de Venus memorizó los tonos pelirrojos de la diosa, y de uno de los retratos el color de la túnica, que Flavia señaló como muy parecido al de Colomba Corsini.

Luego se dejó guiar y, recorriendo la orilla del Arno, llegaron a la iglesia de Ognissanti.

Por fuera era un bonito templo barroco, pero el interior era excepcional, cargado de obras de arte con representaciones de los santos. Sobre el confesionario, en un formato menor que sus vecinos, pero de calidad única, Botticelli se había perpetuado con el retrato de san Agustín.

—Es increíble —dijo para sí.

—El nuestro es de la misma época. Menor en tamaño, pero muy parecido en el tratamiento de la piel y la tela.

—Me hago una idea. Has hecho bien en traerme.

Impulsivamente ella le cogió la mano y se acercó un poco.

—Te agradezco mucho lo que estás haciendo. En serio, creo que es más importante de lo que crees. Tu trabajo... Sé que...

—Me dejaste cuando supiste a lo que me dedicaba. No me dejaste dar ninguna explicación —dijo él, soltándole la mano.

—He hecho cosas que...

—Si no me necesitaras, jamás me hubieras vuelto a hablar.

—Dejé que una emoción temporal fuera la causa de una decisión permanente.

Eso siempre es una equivocación. Pero no busquemos razones.

Estamos aquí otra vez, tú y yo. ¿No prefieres olvidar las razones y centrarte en el hecho?

—Juan giró la cara—. Oh, vamos. ¿No puedes guardar los buenos recuerdos y apartar los malos?

—Los guardo todos —dijo, deseando que ella no detectara cómo la emoción le rompía la voz ni viera cómo sus ojos se humedecían levemente.

Era cierto. Sus recuerdos de los diez días que había pasado con Flavia eran fotografías exactas que no se borraban. Todo había pasado muy rápido, pero había dejado una huella permanente.

Se habían besado tan solo dos días después de conocerse, esa vez por voluntad de él, de nuevo sobre la playa de guijarros de Sa Tuna, bajo un cielo completamente estrellado que llevaban muchos minutos contemplando en silencio, escuchándose respirar entre el rumor de las olas.

Se había acercado a ella y visto sus ojos reflejados en los suyos.

Abiertos. Invitándolo a que lo hiciera. Había besado a muchas mujeres antes, pero por alguna razón aquella le pareció la primera.

En realidad, lo era. Nunca había conocido a nadie como Flavia.

Cuando sus labios se separaron, volvió a tumbarse a su lado, mirando al cielo.

Visto tiempo después, Juan se dio cuenta de que había sospechado el desenlace de aquella relación antes de que se produjera.

—Te irás. Te irás y me dejarás solo.

Ella no dijo nada, pero, al mirarla, vio una lágrima derramarse lentamente por su cara. Diez días.

Diez días en los que evitaron el tema, tratando que se disimulara entre besos, baños en el mar, paseos en barco y cenas en la playa.

El penúltimo día llegó sin que él supiera que lo era.

Había pasado la mañana rematando uno de sus últimos encargos, comprobando cómo el craquelado del cuadro antiguo sobre el que lo había realizado se traspasaba a la nueva obra dándole la misma apariencia de antigüedad y, satisfecho, se dispuso a preparar la cena para dos.

Guardaba sus trabajos en la habitación trasera de la casa de pescador que ocupaba, junto a las herramientas necesarias para su oficio.

Abrió la puerta y colocó en aquel espacio el óleo, un pequeño Canaletto que no era tal, que envolvió con cuidado y apoyó en una pared.

Revisó las otras dos obras que se secaban sobre sus caballetes, una Virgen de Pompeo Batoni y un retrato de Guido Reni, y, satisfecho por sus tonos y realismo, los dejó allí. Flavia no tardaría en llegar.

La piel de la lubina y las patatas que la rodeaban se doró al tiempo que lo hacían las rocas de Sa Tuna y, como cada tarde, un bote llevó a Flavia a la playa.

Aunque vestía con elegancia relajada, sencilla y sin artificios, el cuerpo de la italiana necesitaba de bien poco para resultar perfecto.

Juan sonrió. Un vestido blanco y ligero, escotado en la espalda, envolvía su piel morena, limpia y brillante.

Su sonrisa lo saludó antes de abrazarlo con la fuerza de una amiga y la ternura de una amante.

—Huele bien. Tengo hambre.

Ya entonces Flavia siempre tenía hambre.

Siempre quería otra copa de vino. Siempre quería estar con él.

Lo escuchaba, se interesaba, reía..., y pese a que no sabía su historia, parecía conocerlo más que cualquier otra persona.

Cuando se encontraban con alguien, siempre sonreía.

Juan sentía que Flavia siempre estaba a gusto, que su virtud era la generosidad de conseguir que los que estaban a su lado fueran felices.

La única nube en aquella relación era la certidumbre de que ella partiría.

¿Era una locura pensar en seguirla?

Se sentaron uno frente al otro en una mesa pensada para uno, redonda, con vistas a la cala, y abrieron la primera botella de vino antes de que Juan mostrara con cierto orgullo la lubina que cenarían.

La acabaron al tiempo que la segunda botella se había quedado a la mitad y el calor había empezado a llenar sus cuerpos.

—Podría ir a Italia. Nada me ata aquí —dijo él. Ella sonrió sin alegría, como el que lo hace al enfermo terminal que asegura que se curará. Juan captó enseguida su mirada—. Olvídalo. No quería incomodarte, es solo que...

—Me encantaría —interrumpió Flavia, pero de nuevo parecía expresar un imposible.

—Podría hacerlo.

—¿Dejarlo todo?

—Dejar esto... —dijo abriendo los brazos a su entorno—, empezar otras cosas.

—¿Y tu trabajo? Nunca me has dicho a qué te dedicas.

—Soy pintor, ya lo sabes —instintivamente, se irguió un poco. Por alguna razón supo que ella no lo creía.

—Bueno. No hablemos de esto. Disfrutemos el presente —lo esquivó Flavia.

—Cuesta más sabiendo que se acaba.

—Aquí dentro —dijo señalándose la sien— las cosas acaban cuando uno quiere..., y aquí dentro —dijo señalándose el corazón—, solo cuando uno muere.

Se acercó a ella y la besó en los labios mientras se acercaban.

Luego, sin demorar más lo que ambos habían esperado, pero sin prisas, se abrazaron, se levantaron y avanzaron por la planta baja de aquella casa de pescador hacia el dormitorio.

Juan estuvo seguro de que no podría quitarse nunca aquellas horas ni de su corazón ni de su cabeza.

En Florencia, dos años y pico después, frente a un cuadro del autor que ella le había pedido que imitara, el silencio también había hecho que Flavia recordara.

Lo hacía frecuentemente, pero si además Juan estaba cerca, parecía inevitable.

Igual que los de él, sus ojos tampoco resistieron la emoción.

Entendía lo que Juan le decía y, como siempre, el paso del tiempo había atenuado la sorpresa inicial al saber a qué se dedicaba Juan; de hecho, parecía que su encuentro había sido organizado, previsto para que aquel amor de verano no fuera completamente pasajero.

Mirando el Botticelli que colgaba de la iglesia de Ognissanti, recordó cómo lo había averiguado todo.

Aún se acordaba del tacto de sus pies en el suelo de barro, fresco, mientras avanzaba envuelta en una sábana en aquella pequeña casita de pescadores de la costa gerundense, de madrugada, tras librarse del abrazo de Juan, que dormía.

Avanzaba hacia el portón que separaba la pequeña casa de la cala Sa Tuna.

Cada día, cada momento con Juan, permanecería para siempre entre los favoritos de su vida y, sin embargo, al mismo tiempo que llenaban la balanza de lo positivo, se acumulaban con igual intensidad en el plato de la nostalgia, de la tristeza y del dolor por la pérdida y la culpa de lo que podría haber sido, pero era imposible que fuera.

Porque... ¿era imposible? Hacía días que se decía que quizás no del todo.

Miró al horizonte sin ver nada más que el barco de sus padres, que la devolvió a la realidad tras aquel paréntesis placentero.

Las horas recientes no ayudaron a que lo afrontara con menor pena.