23. MOVIENDO LOS HILOS
MOVIENDO LOS HILOS
Santo Testa informó ese mismo día de que el profesor Ranuccio Bandinelli planeaba abandonar Italia.
Dejó un mensaje a un desconocido en el número de teléfono de Roma que le habían indicado y, aunque le pareció como mandar una información a la nada, supo que sería entregada a quien correspondiera a la mayor brevedad.
Su padre y la Sociedad Honorable sabían cómo hacer ese tipo de cosas.
No estaba seguro de que fuera importante, pero Bandinelli era uno de los candidatos más plausibles para ser escogidos como guía.
Probablemente, el profesor lo supiera y, antes de recibir la carta reclamándolo, prefería huir, lo cual era también un dato relevante.
Un fascista de pro hubiese esperado con ilusión ser el elegido, en cambio, Bandinelli planeaba ausentarse para no cargar con aquel teórico honor.
Todo eran teorías, pero no tenían, de momento, nada más a lo que agarrarse.
En Roma, como había previsto, la noticia llegó enseguida a la persona adecuada, que no era otra que Ludovica Conti.
Ella actuó con la expedición a la que sus superiores estaban acostumbrados.
Había seguido recibiendo los nombres de los académicos más reputados de Italia y no le cabía ninguna duda de que Ranuccio Bandinelli era uno de los mejor posicionados, si no el mejor.
Si además sospechaban que no quería en ningún caso realizar aquella tarea, estaba claro que debían forzarlo a que la hiciera.
Como había comprobado en otras ocasiones, la solución a su problema estaría en los libros. En uno en concreto.
Lo tenía entre sus manos y, sentada en uno de los bancos que rodeaban el laghetto de la finca real, pretendía leerlo mientras de reojo vigilaba a los príncipes Mauricio y Heinrich.
Ludo era buena entreteniéndolos, pues dejaba que los niños fueran eso, niños, sin sobreprotegerlos, aunque eso conllevara que se hicieran heridas y magulladuras.
Las niñeras e institutrices los tenían entre algodones y al padre de los príncipes, plenamente convencido de la doctrina nazi —también en lo que a la educación infantil se refería—, le encantaba que Ludo los tratara de distinta manera, fortaleciéndolos.
Además, sabía bien que, sin la libertad controlada que ella les proporcionaba, sus hijos se hubieran aburrido rápidamente.
Felipe de Hesse contemplaba la escena mientras se acercaba, viendo cómo Mauricio y Heinrich remaban sobre una barca por el centro del plano de agua. Sonrió ante la estampa y se colocó junto al lugar en el que Ludo los vigilaba elevando la vista de su libro cada poco tiempo.
—Me gusta verlos así —dijo para sí, pero tan cerca de Ludo que ella se vio obligada a responder.
—Llevan una hora de un lado para otro y no puedo asegurar que alguno no acabe en el agua. He traído toallas por si sucede lo inevitable.
El príncipe lanzó una carcajada.
—Eso está bien. El agua helada les irá estupendamente. Procure que la princesa Mafalda los encuentre secos cuando los vea antes de cenar. Si es así, no habrá problemas. Mañana celebraremos el cumpleaños del príncipe Heinrich y no conviene que enferme.
—Llegará sano, aunque hayan pasado algunas semanas desde su cumpleaños.
—A los niños eso les trae sin cuidado mientras tengan buenos regalos y amigos alrededor. El día de su cumpleaños llovía mucho en Kronberg y nadie pudo siquiera asomar la cabeza al jardín. En cambio, aquí... No me extraña que los niños prefieran Italia.
Ludo le sonrió. Le caía bien Felipe de Hesse-Kassel, aunque políticamente estuviera en sus antípodas.
El príncipe era un hombre de aspecto pulcro y bien plantado, con la frente despejada, la piel limpia, el pelo (poco) engominado hacia atrás y el bigote bien recortado.
También era, en parte, previsible, así que hizo exactamente lo que ella pretendía.
—¿Qué lee? —le preguntó.
—Oh, esto... —respondió cerrando el ejemplar—. Es un libro realmente magnífico. De arqueología. Un estudio sobre las excavaciones de Chiusi.
—No sabía que le gustara la arqueología.
—Bueno, en realidad el arte antiguo en general me interesa, pero lo he descubierto con más intensidad paseando por la ciudad. No cabe duda de que en Kronberg no había tanto que ver.
—Mucha naturaleza, sí, pero Roma... Roma es Roma.
—El autor es excepcional. Debería leerlo, sus publicaciones están traducidas al alemán. Al parecer, lo habla a la perfección, ya que fue criado por una tía o una pariente alemana. Consigue explicarse sin ser pedante, pero con suficiente profundidad.
—Parece entusiasmada —dijo el príncipe con creciente interés.
—Lo estoy. Para una alemana interesada en el arte clásico, es el autor perfecto para descubrir los tesoros de Italia.
Si, como imaginaba, Felipe de Hesse estaba involucrado en la visita del Führer, tenía que haber entendido la importancia de lo que Ludo le comentaba.
—¿Y cómo dice que se llama ese hombre? —preguntó, acentuando su expresión de interés.
Ella giró el pequeño ejemplar para mostrarle la cubierta al príncipe.
—Este es: el profesor Ranuccio Bandinelli.
Una eminencia. Me dijo el librero que actualmente imparte clases en la Universidad de Pisa, aunque pasa largas temporadas en Florencia.
Seguro que conoce la ciudad como la palma de la mano...
—Ludo pensó que, si seguía insistiendo, resultaría sospechosa. Era raro que no lo fuera ya.
—Recordaré ese nombre —sonrió el príncipe—, seguro que nos conviene conocerlo.
A la mañana siguiente, Ludo se ocupó de que los príncipes se vistieran apropiadamente para los oficios religiosos y los hizo esperar a sus padres en la entrada de Villa Polissena, para dirigirse a pie a la Palazzina Reale, en cuya capilla tendrían lugar.
El rey Víctor Manuel III no era especialmente religioso, pero la reina Elena sí era devota, razón por la que las ceremonias religiosas seguían siendo un eje importante en las actividades semanales de la familia real.
Si la fecha era relevante en el calendario católico, se desplazaban con toda la pompa a alguna de las iglesias romanas o a la del palacio del Quirinal, que seguía siendo su residencia oficial en Roma, pero si, como en aquella ocasión, solo era especial para el pequeño Heinrich, que volvía a celebrar su noveno cumpleaños, se recluían discretamente en la capilla de la residencia real, en la planta baja y pensada para que la familia cumpliera con Dios en privado.
Aquel día ni siquiera estaba el rey, pero los príncipes herederos los esperaron en el salón amarillo de la planta baja para departir antes del inicio del oficio.
Los dos matrimonios se llevaban bien. Mafalda y Felipe tenían rango inferior a Humberto y María José, que estaban destinados a ser los siguientes reyes de Italia, pero aquel escalón que se acentuaba en los actos oficiales se dejaba de lado en la vida familiar.
Las dos cuñadas habían congeniado especialmente bien desde el principio, y, además, la política las había acercado.
Mafalda y María José eran críticas con Mussolini. Más aún, María José lo odiaba.
—Tenemos capellán nuevo —dijo Humberto—. Ya era hora. En la última misa el padre Valentino se quedó dormido y hubo algún momento en el que no estuve seguro de que en realidad no hubiera muerto.
—¿De dónde viene? —preguntó María José, entornando sus ojos azules, curiosa.
—Creo que es florentino. Lo manda el Vaticano. Se llama Alberto. Alberto Orso. Dice el cardenal Viciano que es una de las mentes más brillantes que conoce.
—Eso nunca está de más.
—Nunca —intervino Mafalda—, sobre todo si está destinado a escucharnos en confesión y a aconsejarnos.
—Ojalá tenga más suerte de la que tenemos nosotras —le susurró María José justo en el momento en el que las puertas de la capilla se abrieron y el cardenal Viciano entró unos pasos por delante de un sacerdote que les sonrió abiertamente.
—Les presento al padre Alberto Orso. Creo que se llevarán muy bien. Como todos los sabios, sabe aconsejar, pero, sobre todo, sabe escuchar —comentó el cardenal.
—Su eminencia me valora demasiado, pero espero no decepcionarlos. Si lo hago, les aseguro que no será por falta de interés, me siento muy honrado de estar aquí —replicó Orso sin ruborizarse.
Uno a uno, el sacerdote escuchó a los príncipes mayores y menores confesar sus pecados sin averiguar mucho más de lo que ya sabía antes de cruzar las puertas de la finca real.
De él dependía ganarse la confianza de la familia y que las siguientes confesiones fueran más interesantes.
Secreto de confesión, por supuesto. Trabajo como minutante, también.
Tras la misa, Orso acompañó al grupo al jardín delantero de la villa, donde se habían dispuesto varias mesas y ya aguardaban los invitados, un centenar de niños acompañados por sus profesores, seleccionados por la secretaría de la casa real entre los colegios romanos, con el objetivo de divertir a los príncipes y de que la fiesta de cumpleaños fuera una fiesta, al fin y al cabo.
Ludo estaba ayudando a servir chocolate cuando el desastre sobrevino.
Al levantar la cabeza, su mirada se cruzó con la de un hombre que se acercaba con el príncipe Felipe: Stefano Boggi, el profesor del instituto Giulio Cesare al que había seducido para averiguar todo lo posible sobre la visita de Hitler a Italia, estaba frente a ella.
Hacía días que no se veían, y ella se había excusado diciendo que tenía una importante carga de trabajo en la fábrica en la que trabajaba.
Se había rodeado de mentiras, convencida de que el profesor no tendría ninguna posibilidad de desentrañarlas, y, de pronto, a sus ojos ya no era una contable con pocos amigos y un trabajo gris, sino una mujer en el mismo centro del poder.
En uno de ellos. No había excusa posible para justificar su presencia allí, vestida sencilla pero elegante, y con el delantal que la acreditaba como miembro del servicio.
Por si había alguna posibilidad de inventar algo, el príncipe Felipe se encargó de que se desvaneciera.
—Ludo, póngale al profesor Boggi un poco de chocolate. —Se giró hacia él, que la miraba con extrañeza—. Nunca se es demasiado mayor para el chocolate.
El profesor permanecía quieto, en silencio, tratando de entender. El príncipe Felipe malinterpretó sus pensamientos, lo que empeoró la situación.
—Oh, los presentaré. La señorita Ludovica es la supervisora del príncipe Mauricio, mi hijo mayor.
Vino con nosotros desde Alemania. Es de mi entera confianza...
y me atrevería a decir que casi imprescindible en Villa Polissena, el ama de llaves cuando no estamos aquí.
Es todo un poco difuso, irregular, pero funciona.
Usted, como educador, seguro que apreciaría los modos de Ludovica.
Es dura pero amable. Fortalece a los príncipes cada día. No está este mundo hecho para débiles.
Ludo hizo lo único que podía. Extendiendo la mano, saludó al invitado inesperado, que aceptó el ofrecimiento y se la estrechó. Boggi seguía paralizado, pero su cara empezaba a mostrar disgusto. El príncipe alzó el brazo para saludar desde lejos a otro invitado y los dejó allí solos.
—Puedo explicarlo —dijo Ludo, aunque no podía.
—Me has engañado —replicó él. Su cabeza bullía. Boggi ya no se sentía seductor, sino ingenuo. No iba a ser fácil volver a engañarlo. Era torpe con las mujeres, pero no tonto—. Nunca me has querido —dijo dolido.
—Oh, Stefano. En serio debes dejar que me explique. Te estás precipitando.
—Hazlo —respondió Boggi, cruzándose de brazos.
—Aquí no.
—Le diré al príncipe Felipe que no eres quien dices ser.
A saber si a él le has engañado también.
Pero no entiendo por qué me... por qué me elegiste.
—El profesor se sentía engañado, pero de pronto recordó que había visto un pelo rubio entre las páginas del dosier con los planes del viaje de Hitler, uno que desde el primer momento supo que pertenecía a Ludo, con la que había pasado una noche en su piso.
Entendió que la mujer lo había utilizado.
Bajando la voz, pensando en alto, dijo—: Querías saber del viaje del Führer.
Querías esa información. Por eso la revisaste.
—Ludo cambió de expresión, delatándose—.
Te dejaste un pelo entre las páginas del dosier.
Sé que lo has leído. Hablaré ahora mismo con el príncipe Felipe.
Debe saber quién eres. Quizás le estés espiando a él también.
—Stefano, en serio, todo tiene una explicación. Te ruego que me dejes que te la dé, pero no aquí, acompáñame... Estamos del mismo lado —mintió.
Lo cogió de la mano sin importarle que alguien pudiera extrañarse al verla y lo arrastró hacia la parte trasera de la casa. Luego, enfiló el camino que llevaba a las cuadras.
Pese a su disgusto, Boggi se dejó guiar en silencio.
Estaba confuso, pero a la vez todo aquello se le hacía grande.
¿Él, espiado? ¿Espiado por una mujer que se había acostado con él?
Se avergonzó, porque en el fondo sospechaba que, de haberle ofrecido ella un intercambio sincero, una relación a cambio de la información que poseía, quizás hubiera aceptado.
Casi seguro. Cuando algo inalcanzable pero deseado parece, inesperadamente, al alcance de la mano, el deseo de tenerlo se multiplica apartando todo lo demás, convirtiendo en primera necesidad algo que jamás se soñó tener.
Boggi despertaba del sueño, incrédulo. Ludo abrió la puerta de una de las cuadras vacías y le pidió que entrara. Qué fácil seguía siendo manipularlo.
—Espérame un minuto. Vuelvo con la explicación, pero debo mostrarte algo. Te prometo que lo entenderás todo. —Le cogió la cara con una mano y lo besó en los labios sin que él ofreciera resistencia.
Fue todo lo que hizo falta para que Stefano Boggi obedeciera.
Se quedó allí con la mente en blanco, tratando de aceptar que había sido engañado, esperanzado con equivocarse.
Ludo no tardó en volver con la prometida aclaración.
Verificó que no hubiera nadie a la vista y, en cuanto entró en la cuadra, sin esperar a que el profesor se girara, le disparó en la nuca.
Lo miró un instante en el suelo, boca abajo y con los brazos abiertos, como abrazándose a la muerte.
Lo tapó con la paja que encontró alrededor y, tras respirar hondo, abandonó las cuadras.
Sintió haber tenido que quitárselo de en medio.
Sintió hacerlo por la espalda, ella, que había sido adiestrada para matar siempre mirando a su enemigo a los ojos.
Era cobarde y sin honor. Pero claro, Boggi no era un enemigo.
Tan solo era un profesor fascista, una piedra en el camino que Ludo debía apartar para poder seguir transitando por él.
Prefirió que no muriera con miedo o pena, sino por sorpresa.
No vacilaba nunca. Era eficiente. Si no estaba dispuesta a darlo todo, prefería no dar nada.