22. AMISTAD INTERESADA
AMISTAD INTERESADA
Cuando Flavia llegó aquella mañana al ático de Via San Gallo, solo Anetta Calderone estaba allí.
Intentaba evitar desde hacía días a aquella mujer que, como las personas que la querían de verdad, tenían tanto derecho a alabarla como a censurarla.
Temía que su fiel trabajadora hiciera lo segundo, y no le apetecía nada recibir un sermón, sobre todo, porque no estaba justificado. No aún.
Anetta era lista y la conocía, y, aunque no tenía ninguna duda de que los motivos de su acercamiento a Juan y su estancia en Florencia eran de peso, tampoco se le escapaba que Flavia se arreglaba un poco más de la cuenta, sonreía un poco más de la cuenta y acudía al piso de Via San Gallo también un poco más de la cuenta.
Su relación con Juan no había ido a más, pero tampoco a menos, y ninguno se negaba que, si no habían caído aún en la tentación, era solo porque el rencor de uno y la conciencia de la otra se lo impedían.
El español llevaba ya cuatro meses en Florencia y se veían constantemente.
Juan necesitaba visitar las diferentes academias y museos para impregnarse del arte que tenía que imitar, y ella lo acompañaba guiándolo por lo que más se asemejaba al retrato de Colomba Corsini.
Al principio ella creyó que las fotografías del cuadro serían suficientes, pero Juan era meticuloso y necesitaba entenderlo todo bien, entender el entorno de Botticelli para convertirse un poco en él.
Además, como amante del arte, estar encerrado en su piso cuando todo a su alrededor rezumaba belleza y talento le resultaba imposible.
A veces, Flavia pensaba que Juan ahogaba su deseo carnal yendo a conocer aquellas obras.
Quizás estuviera compitiendo contra Venus, o contra las sabinas.
En el fondo tenía algo de halagador. Cenaban a menudo y comían más a menudo aún.
Bebían buen chianti y brunello, y conversaban como amigos con una cuenta pendiente que ninguno quiere saldar. Una de la que no querían hablar.
Aquellos meses no estaban exentos de tentaciones, y Anetta, que, al no conocer, imaginaba de más, no estaba en absoluto de acuerdo con una vida que sospechaba más licenciosa de lo que realmente era.
Flavia la observó en silencio. La mujer siempre limpiaba como una máquina infernal, levantando todos los muebles para fregar y barrer debajo de ellos, y hasta que el trabajo no estaba acabado, el panorama de cada espacio al que se enfrentaba era caótico, razón por la que le gustaba estar sola mientras trabajaba.
—Ha salido pronto —le dijo, mirándola antes de que Flavia pudiera preguntar—. El español.
En aquel momento levantaba con un brazo un sillón y lo apartaba. A Flavia siempre le había impresionado que alguien tan pequeño y tan delgado tuviera a la vez tanta fuerza.
—Vaya. Quería traerle algo.
—Pues ya ve. Por lo visto había quedado con alguien. Iba elegante, muy guapo. Supongo que será con una chica.
Flavia decidió ignorar el comentario, diseñado para molestarla.
—Puede ser —dijo, aparentando indiferencia.
—Sé lo que traman y espero que solo quede en eso. Aunque sea arriesgado, nada conlleva más riesgo que lo que puede rompernos el corazón.
—Anda, Anetta, no empieces.
—Está jugando con fuego, pero no le estoy diciendo nada que usted no sepa.
—No, nada. Pero no estoy lista para tus sermones y analogías. Anetta, ya no soy una niña.
—Cuando algo forma parte de nosotros, no se apaga nunca, aunque nos hagamos mayores. Usted siempre ha sido una testaruda, amante del riesgo. Inconsciente del peligro. Pero eso no le romperá un hueso. Le romperá la vida.
—Déjalo, te digo. No he venido para escucharte.
—Está pintando a Colomba Corsini —dijo Anetta sin dejar de hacer lo que hacía, pero segura de que Flavia escucharía con toda su atención—.
Lo sabe usted y lo sé yo. He visto ese cuadro más veces que nadie de su familia.
—Señaló con la cabeza hacia el lienzo que descansaba en un caballete a un lado.
Apenas un fondo oscuro con algunos matices de luz, nubes y un halo brillante a un lado.
—Siempre has sido muy lista.
—Nunca le importó hasta que se lo quitaron. El cuadro. Lo está pintando el señor Juan para cambiarlo por el bueno. No se me ocurre ninguna otra razón por la que usted metería a un pintor venido de quién sabe dónde en un ático escondido de Florencia para pintar una copia.
—No digas tonterías.
—Es usted joven. Lo que uno ve de joven lo distorsiona el corazón. Yo soy vieja, y lo que uno ve de viejo lo analiza el cerebro. Pero bueno, no diré nada por si acaso no son tonterías.
Flavia deseó que su plan hubiera sido más difícil de desvelar. Por suerte, muy pocos habían visto alguna vez el Botticelli de su familia, así que incluso en el improbable caso de visitar el ático y ver la copia en la que Juan trabajaba, nadie averiguaría su importancia. Atenuó un poco la voz.
—No. No digas nada. Desde el principio te pedí que fueras absolutamente discreta con todo lo que pase entre estas paredes. Me lo prometiste.
—No hará ninguna falta que me lo repita. No lo hace. Pero un compromiso es un acto, no una promesa.
—Basta de dichos y frases, te lo ruego. Entonces..., ¿no sabes dónde ha ido el señor Rezola?
—No, así que no va a poder perseguirlo hoy.
—Eres una impertinente.
—A lo mejor. Pero a veces hay que aconsejar. Ya sabe, para que los demás hagan lo «pertinente».
Mientras, Juan paseaba en dirección a la cafetería Dei Fiore, cerca de la iglesia de Santa Maria Novella. La cita había surgido de forma casual al encontrarse cara a cara por la calle el día anterior y decidir ambos quedar al mediodía del siguiente.
Llevaba días pensando demasiado, quizás porque había pasado meses dejando que Flavia pensara y decidiera por él. Estaba enamorado, pero había pasado la noche desvelado, convencido de que debía aclarar su cabeza y dejar de actuar con base en lo que ella quería sin apenas discutírselo.
Al entrar, ya lo esperaban en una pequeña mesita desde la que se observaba la calle y la concurrencia, siempre numerosa en aquel punto de la ciudad.
El profesor Bandinelli lo saludó con una mano que enseguida pudo estrechar. Cuando se conocieron en el palacio Maratti, el tiempo se les había hecho corto y la conversación se había quedado a medias, así que, cuando la casualidad los reunió, decidieron continuar la charla; a ambos les apetecía.
—Profesor Bandinelli.
—Llámeme Ranuccio. Es un placer volver a verlo.
—También lo es para mí. Llevo meses trabajando y saliendo más bien poco.
—¿Pintando?
—Sí, haciendo lo que puedo. Vine a Florencia para eso, pero la realidad es que nadie comprende bien lo que se va a encontrar aquí hasta que pasea por sus calles. Es todo más bello, más grande y más abundante de lo que uno imagina.
—Sí, puede ser apabullante si tienes interés por el arte.
Para personas como nosotros la ciudad es un cajón lleno de maravillas por descubrir.
Eso es lo bonito. Otras ciudades son como museos, pero esta es como una buhardilla llena de cosas.
Un cuadro por ahí, una estatua por allá, un libro olvidado, una pared desconchada...
Solo que, cuando uno observa bien, comprueba que el cuadro es de Giotto, la estatua de Miguel Ángel, la pared de Brunelleschi y el libro de Leonardo. No hay otro lugar igual en el mundo.
—Tiene razón. Quizás Florencia pida más al visitante que otras ciudades.
Cualquiera se impresiona enseguida y fácilmente en Venecia o Roma...
, pero las maravillas de esta ciudad parecen más escondidas.
Por eso es importante no ser del todo profano, o, si se es, por lo menos dejarse acompañar por alguien que no lo sea.
Juan había aprovechado la ocasión, pero temió haber sido demasiado directo. No sabía si Bandinelli estaba ya en el grupo de posibles guías seleccionados para la visita del Führer, aunque no encontraba ningún motivo para que no fuera así.
—Tiene razón —dijo el italiano sin extenderse y cambiando de tema—. ¿Piensa quedarse mucho tiempo?
—No tengo previsión de partida aún. Es la ventaja de no depender de nadie. Así que nos veremos bastante, espero.
Ranuccio se quedó pensativo, valorando si hablar o no.
—Eso quizás no sea posible. Estoy planificando trasladarme una temporada.
—¿A Alemania? —Él lo miró un instante, sorprendido—. Me dijo que hablaba alemán. Que había pasado temporadas allí.
—Es cierto. Pero no —replico Bandinelli—, quizás a Francia. O más lejos. No conozco América aún.
Juan no preguntó el porqué de aquel viaje, pero, sentado en la mesa contigua, mientras fingía leer La Nazione, alguien de Justicia y Libertad tomaba buena nota del dato.