El falsificador 21. LOS MINUTANTES
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21. LOS MINUTANTES

LOS MINUTANTES

Los pasos del padre Alberto Orso resonaban entre las paredes de la galería de mármoles de diferentes colores. A su lado, pese a que hablaba bajo, el cardenal Viciano había captado toda su atención. Así hablaban frecuentemente los minutantes y el cardenal lo era, igual que él.

Desde las nunciaturas de todo el mundo llegaba la información abundante, actualizada y minuciosa a la Santa Sede, donde más de trescientos analistas estudiaban con detalle cada dato y actuaban en consecuencia.

El mundo estaba revuelto, y «la Entidad», como llamaban por entonces a la Santa Alianza, tenía mucho trabajo y muchos disgustos. Aquello pesaba en el ánimo del cardenal, que, aunque generalmente era bromista y alegre, sorprendió a Orso con su discurso pesimista.

—Han arrestado a casi mil —dijo, deteniéndose un segundo, como si fuera incapaz de moverse y pronunciar aquellas palabras a la vez—. Casi mil.

Hacía unos meses, un minutante alemán se había infiltrado en un hospital y comprobado con horror que se asesinaba sistemáticamente a los deficientes mentales.

Al acudir a otros lugares similares y comprobar que la práctica no era excepcional, la Iglesia, indignada, había enviado una encíclica que denunciaba y condenaba el hecho.

Se había leído clandestinamente el Domingo de Ramos.

Desde entonces, los arrestos de sacerdotes no habían cesado.

Los arrestaban y los mandaban a los campos de detención.

La impotencia era máxima. ¿Debían denunciar aquello también y exponerse a que la situación empeorara?

¿Debían quedarse callados y esperar a que, con razón, los fieles los tacharan de cobardes?

—Pero en Italia también nos enfrentamos a importantes desafíos. Mussolini... Nadie pudo verlo venir. Nadie puede resultar más dañino para la Santa Sede.

—Estoy de acuerdo. Ni para Italia.

—El rey está preocupado y no le falta razón, se lo ha comentado al papa. Cada día que pasa, su poder mengua. En poco tiempo nadie lo reconocerá como cabeza del Estado.

—Tiene razón, eminencia.

—Salvo que suceda algo. Por eso lo he llamado.

Salieron al exterior, quedando frente al palacio de Inocencio VIII, al que se encaminaron. El sol brillaba y el jardín se mostraba tan perfecto y opulento como siempre, un remanso de paz en medio del ajetreo de la ciudad. Orso esperó a que el cardenal concretara.

—Hace unos meses, recibimos información desde Sicilia.

Como sabe, nuestros minutantes desplazados allí jamás cesan en su trabajo.

La mafia y la Iglesia, para honra y deshonra, se observan de cerca y se relacionan.

La organización nos tiene en mayor estima que nosotros a ellos, quizás por eso les generemos confianza.

El hecho es que uno de los hijos de los capos de Palermo viajó para a ver a su padre tras muchos años, desde Florencia.

Sabemos que es miembro de Justicia y Libertad. Imagino que ha oído hablar de ellos.

—Cómo no. Idealistas opositores. Liberales antifascistas y anticomunistas.

—Eso es. Conocemos sus acciones. Dejan pasquines aquí y allá, queman algún coche oficial como mucho, hablan con otros jóvenes para incitarlos a la oposición...

Muy poca cosa. Pero que el hijo del capo haya vuelto a ver a su padre tras tantos años nos extrañó.

Días después, una misteriosa joven también se unió a ellos.

No habría llamado la atención si poco después de la partida de ambos no se hubiera convocado una reunión de todos los capos sicilianos.

Incluso los emigrados a Estados Unidos mandaron representación.

—Planean algo.

—Por supuesto. Y si el que ha prendido la chispa a todo esto es un miembro de Justicia y Libertad, no dude que será algo contra el régimen. No le habrá costado nada convencer a la mafia, ya sabe lo que odian al Duce.

—Sí, pero... ¿por qué ahora?

—Eso es a lo que le hemos estado dando vueltas. Si ese chico ha acudido a su padre justo ahora es porque ha surgido una oportunidad. Una que él no tiene el valor o el arrojo de aprovechar.

—Son más idealistas que terroristas.

—Exacto. Por eso han buscado a alguien que apriete el gatillo.

—¿Quizás sea esa chica de la que hablaba? ¿La que visitó al capo..., al padre del chico?

Viciano le sonrió, cómplice.

—Por eso la hicimos seguir. Desde Sicilia hasta Roma, y en Roma, hasta su casa. Y ahí viene la sorpresa: trabaja en Villa Polissena.

—¿Con la familia real?

—Con los príncipes de Hesse, para ser exactos.

Con la princesa Mafalda, la hija del rey.

Es la supervisora de su hijo mayor, más que eso en realidad.

Cuando los príncipes no están, actúa como una especie de ama de llaves.

Hace un poco de todo. Se llama Ludovica.

Hemos sabido que vino desde Alemania cuando el marido de la princesa Mafalda se instaló en la finca real.

A raíz del ascenso del príncipe a gobernador del estado de Hesse y del aumento de su influencia en la esfera nazi, la familia pasa mucho tiempo en Alemania y los hijos mayores han sido escolarizados allí, pero Ludovica permanece en Italia.

En teoría para tenerlo todo listo cuando, frecuentemente, los príncipes vuelven a pasar temporadas con los reyes; en la práctica, con mucho tiempo para ocuparse de otras cosas.

Demasiado. Y parece que no lo ha desperdiciado.

—¿Una agente de la mafia en la Palazzina?

—Bueno, no exactamente. Está en la finca real, pero no en Villa Savoia.

—Sí, claro, en Villa Polissena. En el mismo recinto, pero no en la casa de los reyes, sino en la de la princesa Mafalda y su marido, el landgrave de Hesse.

—Creemos que esa chica prepara algo.

—Ni la mafia ni Justicia y Libertad atentarían contra la familia real —aseguró el padre Orso.

—Lo sabemos. Eso es seguro. No es su enemigo principal. Pero, en cambio, tanto la familia real como la mafia y Justicia y Libertad tienen un enemigo común.

—¿El Duce?

—El Duce —repitió Viciano, abriendo mucho los ojos.

—Eminencia, la familia real nunca ha reconocido nada al respecto.

—Oh, vamos, padre. Claro que no lo han reconocido, y probablemente les pase una factura mayor de lo que esperan.

Pero algunos de sus miembros lo han hecho evidente.

Sabemos que la princesa heredera, la princesa María José, lo odia, y la princesa Mafalda también ha dado pistas sobre su animadversión.

Estaban a punto de entrar en el palacio de Inocencio VIII cuando el cardenal guio al padre Orso con la mano hacia un rincón del jardín.

—¿Sería aventurado pensar que la mafia va a colaborar con Justicia y Libertad para atentar contra el Duce con la connivencia de algunos miembros de la familia real? —le preguntó el cardenal, que ya tenía su conclusión formada.

—Quizás un poco. Pero ninguna de las informaciones que me ha presentado parecen descartarlo tampoco.

El cardenal se detuvo y lo miró a los ojos. Era un poco más alto que él y su porte espigado y sus facciones angulosas le daban un aire de inteligencia y poder.

—El rey está cazando en Stupinigi, pero pasado mañana daré misa para la familia real en la capilla real de la Palazzina, a las doce, con motivo del cumpleaños del príncipe Heinrich, que cumplió nueve años hace un par de semanas.

Antes escucharé en confesión a las princesas y al landgrave, que está de vuelta de Alemania.

El confesor de la familia es demasiado mayor para oficiar, por lo que quiero que sea usted el que se instale en la finca.

Hay una pequeña casita a tal efecto entre Villa Savoia y Villa Polissena.

Es perfecta para que pueda observar a la familia y, fundamentalmente, al ama de llaves.

Tras la misa habrá una pequeña merienda, a la que hemos sido invitados.

Chocolate, nata... y juegos para los niños, ya se imagina.

Podrá empezar a relacionarse con Ludovica entonces.

Acérquese a ella, pero sea cauto porque es una profesional. Quiero que averigüe qué pretende.

—¿Para detenerla?

El cardenal sonrió con un deje de malicia.

—O para ayudarla —concluyó.