20. INTERÉS MUTUO
INTERÉS MUTUO
«Aplazada acción al español de Florencia.
Pasaremos fechas para su neutralización».
El correo que recibió Ludovica Conti a final de septiembre era tan breve como claro.
No debía dar ningún susto al señor Rezola, pero le indicarían cuándo tenía que matarlo.
Era un cambio común a muchos de los encargos que ejecutaba.
Los tiempos para morir son claves, ya que son definitivos, y parecía que el español debía aún hacer algunas cosas antes de que ella se encargara de que no hiciera ninguna más.
No era la única comunicación que había recibido aquel día.
Santo Testa había enviado la primera lista de académicos, historiadores, estudiosos y profesores destinados a ser el posible guía de la visita de Hitler, y, mucho más importante, a facilitar la muerte de Mussolini.
Había pasado los días deseando que llegara aquel documento mientras su vida seguía entre su trabajo en la casa Saboya y su vocación como justiciera de la Sociedad Honorable.
Las órdenes de don Gonzaga Testa habían sido claras.
«Localiza al que se subirá al coche con los dictadores y averigua todo de él.
Lo extorsionaremos, lo llevaremos donde queramos, y, si no podemos hacerlo, lo quitaremos de en medio para colocar al que sí pueda ayudarnos».
«Paso a paso», se dijo Ludo, respirando hondo y releyendo la lista.
En ella, Santo también la orientaba sobre las tendencias políticas de cada uno de los candidatos.
Ludo decidió que aquello no era lo más importante.
Los ideales difícilmente podían competir con los secretos, las vergüenzas, lo que cualquiera quiere ocultar.
Ante el temor a que algo realmente íntimo se revele, el hombre reacciona y lo exagera, como si la vida no tuviera ninguna posibilidad de desarrollarse con esa vergüenza a la luz, y se presta a ser chantajeado, sea lo que sea lo que se le pida.
«Tontos», pensó. Rara vez nuestros secretos tienen para los demás la importancia que nosotros les damos.
Rara vez resultan tan vergonzantes para los demás como lo son para nosotros.
Rara vez su revelación cumple las expectativas de desastre que tememos.
El hombre..., la sociedad es escandalosa, pero de memoria corta, y el escándalo pasa de moda como unos zapatos que pierden brillo frente a otros nuevos.
En cualquier caso, la debilidad humana daba consistencia a sus intenciones.
Había seguido a varios de los que enumeraba Santo, revisado su correo y sus costumbres.
Varios eran homosexuales, por supuesto. También había adúlteros.
Uno de ellos contrataba a adolescentes para que se tocaran desnudas delante de él.
Uno robaba pequeños objetos. Otro era dominado por su mujer, que incluso había llegado a pegarle.
Dos recibieron una carta citándolos en el Ministerio de Educación, así que empezó a darles mayor importancia que al resto.
¿Serían los primeros en ser considerados para cicerone?
Uno de ellos tenía un viaje planeado desde hacía tiempo.
A Ludo le dio igual el destino: si no iba a estar en Italia, no le interesaba lo más mínimo. Se centró en el otro.
Quizás fuera solo su intuición, pero el profesor Stefano Boggi tenía un aire fascista.
Hinchaba el pecho como un pavo real orgulloso al salir del ministerio, al que entraba como si fuera su casa y miraba a los demás con superioridad.
¿Había sido así siempre? Quizás no. Ludo lo vio compartir mantel en una terraza cercana a la Piazza Navona con Tommaso Russo, que tenía un alto cargo en el Departamento de Cultura Popular y estaría, seguro, implicado en la visita del Führer.
A final de mes ya había decidido que debía acercarse a él.
Boggi era perfecto para un seguimiento, porque era metódico y soltero, lo que le permitía hacer lo que quería, que parecía ser siempre lo mismo.
Salía cada mañana a la misma hora de su casa en el barrio de Prati, en la orilla derecha del Tíber, y se encaminaba hacia una cafetería no lejos del liceo Giulio Cesare, donde era director del Departamento de Arte.
A mediados de octubre, tras coincidir varias veces a la semana en la misma cafetería, ya se habían cruzado las miradas varias veces.
Tommaso pensó que Ludo se sentía atraída por él, y, aunque no se equivocaba, erraba en el motivo.
Empezó a vestirse con más cuidado y se perfumó y peinó como hacía cuando algún acto importante lo requería.
Faltaba una semana para final de mes cuando se armó de valor para acercarse a la mesa de la mujer. Se tocó el sombrero a modo de saludo.
—La veo mucho por aquí —dijo, fingiendo que no llevaba ya varias noches fantaseando con ella.
Ludo elevó la mirada y dejó que sus ojos azules hablaran antes que sus labios.
—Se está bien aquí. Las caras son amables. Llegué después de verano a Roma. Soy nueva y estoy sola. Aquí me siento bien.
—¿Trabaja?
—Sí, de contable en una pequeña fábrica de recambios de motor, por las mañanas. No gano mucho, pero me permite tener las tardes libres, así que aprovecho para ver la ciudad, pasear... Soy aficionada a la arquitectura y al arte, así que saco mi guía y aprendo sobre lo que hay alrededor.
Boggi vio en aquello una señal. A sus cuarenta y pico años sus relaciones sentimentales habían sido escasas, pero aquella mujer tan rubia, tan joven y amante del arte estaba sorprendentemente sola en una ciudad llena de galanes.
Esperándolo. Se ofreció a acompañarla y ese mismo día anduvieron hasta el Vaticano, donde le explicó las particularidades de la columnata de Bernini, demostrando su sabiduría.
Ella lo escuchó como ninguno de sus alumnos lo había hecho.
También cuando días después fueron al castillo de Sant’Angelo.
Y cuando pasearon por Villa Medici.
Cualquier mujer habría descubierto rápidamente que el profesor sería soltero siempre.
Nulo seductor, no se interesó por nada de su vida y no le hizo preguntas, sino que trataba de impresionarla sin descanso con un monólogo eterno y aburrido.
Para Ludo aquello era perfecto, pues, con una vida poco emocionante, Boggi no tardaría en explicarle sus secretos si quería que aquel monólogo se perpetuase en el tiempo.
Así, el profesor no tardó en fanfarronear respecto a lo único que creía que lo hacía especial, un secreto que nadie podía saber y que nadie había querido escuchar.
Justo el que Ludo quería conocer: estaba organizando el programa cultural de la visita del Führer a Italia.
El mismo Duce había sugerido su nombre. Ludo no lo creyó, pero supo que podía sacarle información.
Y eso hizo, día a día. Cuando él, rara vez, vacilaba antes de contarle algo, ella le acariciaba la mano, o lo miraba con más intensidad, y el profesor, al que ya llamaba Stefano como si se conocieran de toda la vida, le daba más datos aún.
Su discreción desaparecía al tiempo que ella lo seducía queriendo parecer inocente, y ese día, cuando sentados cerca de la Piazza del Popolo ella le puso un instante la mano sobre la pierna, la lengua de él se calentó.
—Ya tenemos planeada la ruta desde la estación. Queremos que pase por delante de los grandes monumentos de la ciudad. Para cuando los visite, tendremos a los mejores expertos. He hecho un listado y solo falta que el ministerio los convoque y acepten.
La lista que necesitaba. Mucho mejor que la que le había proporcionado Santo Testa. No podía preguntar por los nombres porque hubiera resultado muy sospechoso, pero debía hacerse con ella. Estaba dispuesta a todo.
Aprovechando que los príncipes habían ido con sus hijos a cazar al palacio de Stupinigi, en el Piamonte, aceptó una cita para cenar en una trattoria «muy auténtica» de la que el profesor Boggi le había hablado.
Se vieron a las ocho y a las nueve Ludo estuvo segura de que el profesor pasaba la mejor noche de su vida.
No le dio pena, porque aquello ya no se lo podría quitar nadie y, si todo iba bien, nunca descubriría que solo se había acercado a él por interés.
En cualquier caso, era una excelente impostora, pero no era sentimental.
Tras la cena, alargaron la sobremesa hasta que el encargado avisó del cierre del local.
Boggi estaba eufórico y ebrio. Cuando le propuso ir a tomar una última copa a su apartamento, Ludo aceptó.
El hogar del profesor era mejor de lo que esperaba, un cuarto piso de un edificio bonito y bien cuidado, con techos altos, ordenado, decorado con réplicas en escayola de estatuas clásicas y muchos libros.
Él le ofreció que se sentase en el sofá mientras iba en busca de unas copas.
Ludo acarició el terciopelo y miró alrededor.
En un escritorio de limoncillo se acumulaban algunas carpetas. «Allí», se dijo.
Enseguida sonó Gina Cigna en el tocadiscos y ella se mentalizó de lo que tendría que hacer.
Había sido entrenada para que no le afectara.
El profesor le dio la copa y, sin tiempo a que ella le diera un sorbo, se abalanzó sobre sus labios.
Ludo rio un poco y dejó la copa en la mesilla.
Luego lo apartó con las manos, lo miró a la cara y lo besó lentamente.
La excitación de Boggi daba cuenta de su inexperiencia, pero su timidez había desaparecido completamente y su cuerpo se apoyaba en el de ella cada vez con más peso.
Le tocó los pechos y trató de meterle su mano entre las piernas mientras ella trataba de calmarlo un poco, pero sin resistirse demasiado.
Se dejó desnudar y magrear con fruición por aquel aficionado.
Eran gajes del oficio, pero agradeció que al menos Boggi no tardara demasiado en desplomarse sobre ella.
Estaba claro que era maestro en muchas artes, pero no en la amatoria.
Cuando los ronquidos se sucedieron y el cuerpo torpe del profesor se rindió en un sueño profundo, ella se levantó para revisar el escritorio.
Había varias carpetas del liceo Giulio Cesare, todas con el escudo del instituto, también correspondencia del ayuntamiento, de la biblioteca y de una mujer que por la letra parecía mayor, quizás su madre.
Movió todo con delicadeza, apartando las pilas a los lados para revisar luego los cajones.
Cuando estaba a punto de rendirse, una pequeña argolla en la escribanía llamó su atención.
Al tirar de ella, la tapa dejó a la vista un sobre del Ministerio de Educación.
Sin dudarlo, extrajo el contenido. Allí estaba: «Programa cultural para la visita de la delegación alemana», leyó.
El dosier incluía imágenes de cada monumento relevante.
Junto a él, el experto que debería explicarlo.
Varios nombres se repetían, no conocía ninguno.
Se acercó al sillón donde había dejado el bolso y extrajo una pequeña cámara.
Fotografió cada página. Al llegar a la última, escuchó a Boggi hacer un ruido diferente.
Se giró inquieta y asomó la cabeza al dormitorio, donde el profesor seguía dormido.
De puntillas se acercó a la habitación y se metió en la cama de nuevo.
A la mañana siguiente, cuando ella se despidió, Boggi se quedó solo en su casa, más feliz que nunca y haciendo planes de futuro.
Estaba demasiado ilusionado para centrarse en las importantes labores que le habían encomendado, pero, cuando a mediodía pudo sentarse a su escritorio, abrió la carpeta que contenía los planes de viaje del Führer y descubrió un pelo rubio entre los papeles.
Entonces supo que Ludo había hurgado entre sus cosas.
Presa del amor y seguro de que su vida solitaria había acabado, no le importó que ella hubiese querido conocerlo mejor. Al fin y al cabo, era mucho más lo que iban a compartir.