19. NUEVOS PLANES
NUEVOS PLANES
—Tenía esta fotografía pegada al lienzo —dijo el investigador—, lo está copiando.
Carlo Leone sabía bien cuál era el cuadro, lo había visto en multitud de ocasiones. La visita del maleante al piso de la Via San Gallo había revelado información muchísimo más interesante de lo que esperaba.
—No encontré nada más, aunque me llevé el dinero para que diera por hecho que había entrado un ladrón al uso.
Carlo estuvo a punto de pedírselo. Fuera lo que fuese, le iba a venir muy bien, pero el orgullo ganó una vez más a la necesidad y calló.
—El hombre se llama Juan Rezola, es español.
Tiene un perro, un labrador negro al que encerré por precaución, pero que estaba deseoso de jugar conmigo.
—El hombre, tan gris, se sorprendió esbozando una pequeña sonrisa al recordarlo.
Enseguida se recompuso—. Lo revisé todo a conciencia, no había nada que lo relacionara con su mujer.
No había ropa suya ni enseres personales.
«Había algo mucho más importante», pensó él, mirando la foto del retrato de Colomba Corsini por enésima vez.
Tras la reunión, Carlo despidió a aquel indeseable sin más encargos y con mucho en lo que pensar.
El plan de su mujer no era difícil de desentrañar.
Estaba realizando una falsificación del cuadro para cambiarla por el original.
De haber querido quedársela, no estaría aún en Florencia, la ciudad destinada para realizar la entrega del original a Hitler.
Carlo lo sabía casi todo respecto al destino del cuadro desde mucho antes que Flavia.
Ella no debía estar en Italia, sino en Lausana con él, pagándole las facturas y abriendo las puertas a su urgente recuperación económica.
La quería. Desde mucho antes de dar el paso y declararse, se había enamorado de ella.
En cambio, nunca había estado seguro de que ella se hubiera enamorado de él.
Creía que no; Flavia nunca había tenido ningún tipo de dependencia de él.
Simplemente, lo pasaban bien juntos, estaban cómodos, pero su amor era como una llama que solo servía para que ella no pasara frío, no para que se apasionara.
Esa certeza lo corroía, porque le hacía sentirse inferior, inseguro y presa de unos celos enfermizos que, sin embargo, había aprendido a disimular a la perfección.
No verla solo incrementaba aquella sensación.
Aunque había averiguado el porqué de las frecuentes visitas de Flavia al ático de la Via San Gallo, también era cierto que el mismo hombre que la recibía allí paseaba con ella por las calles florentinas y reía con ella en los cafés.
Flavia no iría a Lausana hasta que pudiera hacerlo con su cuadro.
En vez de preocuparse por los posibles riesgos de la misión, temió que, si la distancia física entre ellos se mantenía muchos más meses, su vida sentimental no volviera jamás. Y sí, había más mujeres en el mundo, pero no todas podían solucionar su problema.
Una idea brillante cruzó su cabeza. Un plan. Un engaño. Uno más.
Debía ir a Florencia. Debía conocer a Juan Rezola.