El falsificador 18. VELADA CULTURAL #3
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18. VELADA CULTURAL #3

—La Casa de Pilatos —adelantó el italiano—. Sí, lo conozco. —Ranuccio lo miró. Parecía que Juan había captado su interés.

Hablaron casi una hora antes de despedirse. De arte, que ambos conocían y apreciaban. De los países donde habían vivido. De todo menos de política, porque Juan sabía que hacerlo lo alejaría y enseguida supo que necesitaba tenerlo cerca.

Ranuccio, que no había podido excusar su asistencia a la velada y había ido con pocas ganas, volvió de mejor humor a su casa cerca de Santa Maria Novella.

Juan lo hizo seguro de que aquel hombre sería uno de los candidatos al guía que buscaba el ministerio. No había muchos como él.

Era pasada medianoche cuando acompañó a Flavia en coche a su casa en la elegante zona de Poggio Imperiale. La observó desde fuera con poco interés. Sus muros cubiertos de hiedra y buganvilla dieran una idea del lujo que encerraban.

Ella no bajó inmediatamente.

—Háblame de ese profesor —dijo Flavia.

—Tiene muchos números para que, al menos, lo consulten.

Bandinelli no es solo profesor, es arqueólogo y experto en el tipo de arte que, indudablemente, le enseñarán a Hitler.

Es un hombre refinado, de buena familia, cauto...

Y sabe alemán. Me extrañaría mucho que no sea de los primeros en conocer detalles del viaje. Si no lo han llamado aún, lo llamarán.

—Habéis estado mucho rato juntos. ¿Sabemos qué opina del régimen?

—No le he preguntado más que por su vida. No queremos que desconfíe. Le he caído bien, y también él me ha parecido simpático.

—No le pierdas la pista.

—No lo haré. Hemos quedado en vernos en unos días. Al parecer, pasará una temporada aquí. Le he dicho que soy pintor. Le ha interesado. Por supuesto, no irá al ático, pero ha sido una manera muy buena de encontrar afinidad.

—Sabes hacerlo, quizás no a la primera..., pero sí a la segunda.

Juan sonrió.

—Nunca he sido simpático.

—Eres mucho más que eso. A mí siempre me has caído bien.

Él no pudo decir lo mismo. La había odiado durante un tiempo. Su silencio habló. Claro que la había odiado.

—Bien. —La miró a los ojos, e incluso en la penumbra de aquella calle y a la débil luz de los faroles que flanqueaban la entrada a la propiedad, Juan creyó ver algo más. Algo de lo que trataba de huir.

—Me iré a casa —dijo al fin—. Ha sido un día largo.

Cogió el volante con ambas manos, mirando al frente, resistiéndose a volver a lo que quería dejar atrás. No dijo nada.

—Puedo invitarte a una copa si quieres. Aún es pronto.

Juan se giró hacia ella con una sonrisa triste.

—No, Flavia. Es tarde.

Ella comprendió. En silencio bajó del coche y enseguida el español escuchó el sonido de la cancela metálica al cerrarse. Puso el Bugatti en marcha y enfiló hacia su ático con la amarga sensación de no saber qué sentía. Nostalgia, rabia, pena... y un amor que se resistía a abandonarlo.

Condujo por la ciudad como un italiano, pensando en sus cosas y pisando el acelerador hasta Via San Gallo, lamentándose de no tener una tasca amigable en la que refugiarse para vaciar alguna botella de vino.

Decidido a hacerlo en su ático, subió las escaleras pesadamente.

Nunca antes se había enamorado y la experiencia, vista desde aquella perspectiva, era terrible.

Él, tan cabal, tan ordenado, tan independiente, de pronto reaccionaba con altibajos y dudas, pasaba el día con un humor desigual, y navegaba un mar sin destino conocido.

Juan comprobaba cómo el amor no correspondido desordena la vida.

Escalaba hacia el segundo piso cuando su perro percibió su presencia en la escalera y comenzó a ladrar, pero la forma en que lo hizo le extrañó, pues lo hacía desde lejos, y su cabeza negra no asomaba por la escalera como solía cada vez que él volvía a casa.

Preocupado, enfiló el último tramo a toda prisa.

Al entrar, la sorpresa sobrevino: la casa había sido revuelta por completo; papeles y fotografías por el suelo, cajones abiertos, la cama deshecha.

Lapsus estaba encerrado en el cuarto de baño.

Al abrirlo, se abalanzó sobre él nervioso.

Agachado junto al perro, comprobó que el lienzo que estaba pintando seguía donde lo había dejado.

La revisión y el orden posterior aclararon un poco las cosas.

La cerradura de abajo había sido forzada, algo en lo que no había reparado al entrar; faltaba el dinero que estaba a la vista, pero no el que escondía bajo el cuenco del perro.

El registro parecía exhaustivo pero apresurado.

Juan supuso que su coche había levantado expectativas de un gran tesoro en su vivienda, pero por suerte no era persona de lujos obvios.

Miró a su perro deseando que le explicara la escena.

Lapsus, que no conocía la agresividad, debía de haber movido el rabo insistentemente hasta que el intruso lo había encerrado.

No le dio más vueltas. No había perdido demasiado y robos como aquel sucedían cada día. Fastidiado, pero sin ganas de alargar el día, se metió en la cama de mal humor. Cada vez entendía menos qué hacía en Florencia.