18. VELADA CULTURAL #2
—Comprendo. Encontrar al idóneo no es tarea sencilla, aunque tampoco sé qué lugares piensan visitar.
—El director calló y, si bien Matteo comprendió que tal vez estaba empujándolo demasiado, decidió hacerlo aún un poco más—.
Lo esencial lo imaginamos todos. Nadie querría perderse la galería, el Pitti, quizás la Academia... Y en Roma, tal vez el Vaticano.
—Eso no parece posible —respondió el director—. El papa sabe ser muy lento en sus contestaciones cuando le conviene.
—Bueno, en Florencia pueden contar conmigo para lo que necesite. Sé lo engorrosas que pueden ser estas cosas. Los asuntos del Gobierno... Esos hombres acaban por meterse en todo.
—Entonces, ¿no lo han llamado? —dijo el director, bajando un poco la voz.
—Del... ¿ministerio?
—Sí, el de Educación, o el de Cultura Popular.
Ambos están implicados. Buscaban un lugar adecuado para...
—Calló un instante—. Buscaban un palacio, uno privado.
Pensé que el suyo, al ser tan desconocido, podría ser un buen candidato, pero...
tan solo lo puse en una lista. Lamento haber tenido que hacerlo, pero me aseguraron que era para algo poco importante, una especie de recepción privada.
—¿Con el Führer?
—Eso supuse..., aunque no sé nada. No me haga demasiado caso. Estoy mayor para estas cosas.
Matteo lo miró unos segundos, tratando de adivinar la información que escondía, pero de pronto el hombre alzó las cejas y abrió los ojos mirando a alguien que se acercaba por detrás.
—¡Ah, Ranuccio! —dijo saludando con la mano.
Un hombre de alrededor de cuarenta años, de aspecto sólido, limpio y saludable se acercó a ellos.
—Señor Maratti, este es el señor Ranuccio Bandinelli, arqueólogo y profesor en la Universidad de Pisa. El señor Bandinelli es experto en arte clásico, griego y romano. Una eminencia, me atrevería a decir.
—¿Es usted hijo de Mario? —le preguntó de entrada Matteo. El recién llegado sonrió con sorpresa.
—Ciertamente, lo soy. ¿Lo conoce?
—Por supuesto. De hecho, he estado en alguna ocasión en su villa de Siena.
—En la Villa di Geggiano.
—Eso es. Lamenté su muerte. Lo vi menos de lo que me hubiese gustado, pero siempre me pareció un buen hombre.
—Lo era, gracias. —Ranuccio había recibido comentarios de aquel tipo muchas veces.
—Así que se dedica al arte.
—Sí, toda mi familia ha sido aficionada, incluso mecenas en pequeña medida, desde hace mucho tiempo.
Mi madre murió cuando yo tenía cinco años, así que mi abuela vienesa fue quien me crio.
También era una gran aficionada al arte y a la cultura.
Supongo que no tuve escapatoria, el arte acabó por contagiarme y aún no he podido curarme de tal enfermedad.
—No lo haga, hay algunas mucho peores.
Matteo pensó con rapidez: si la abuela de aquel hombre era vienesa y, como le acababa de contar, lo había criado, estaba claro que hablaría alemán a la perfección.
También procedía de una excelente familia de la aristocracia media, por lo que sus modales eran perfectos.
Y sabía de arte. Tenía frente a él a uno de los candidatos más plausibles para guiar al Führer.
No era probable que lo hubiera mejor. No podía creer que lo hubieran encontrado tan pronto.
Ahora tan solo le quedaba saber si podía acercarse a él; si era, de alguna manera, opositor al régimen o, por lo contrario, un fascista más.
—Hablábamos de la visita del Führer —dijo orientando la conversación hacia donde más le interesaba.
—Veo que ya lo sabe todo el mundo —dijo Bandinelli, tranquilo e inexpresivo.
—Bueno, somos mediterráneos, supongo que no es fácil guardar un secreto de tal magnitud.
—Supongo que no —replicó sin extenderse. De pronto su mirada era fría, distinta a la que tenía poco antes.
—Parece que la visita no será solo política —continuó Matteo—. Se comenta que habrá una especie de programa cultural.
Se hizo el silencio y Matteo percibió que se adentraba en un terreno peligroso.
Ya había averiguado lo suficiente, y, si Bandinelli era finalmente el elegido, podría acceder a él más adelante.
De momento, su nombre encabezaría la lista que recibiría la mafia siciliana.
En cualquier caso, decidió cambiar de tema.
—Y... ¿aún mantiene su villa familiar? Era realmente magnífica.
A pocos metros, hasta el momento la conversación de Santo no estaba resultando tan provechosa, al menos en lo referente a la misión que se les había encomendado, pero estaba pasándolo muy bien pensando en cuánto mejor aún lo estaría si el español que acompañaba a Flavia Viel los hubiera dejado solos.
Lamentablemente, lejos de reducirse, el trío se vio de pronto ampliado por un hombre que se acercó a saludar a la chica. Ella pareció reconocerlo a medias.
—Señorita, usted es... No sé si me recuerda —dijo, ladeando la cabeza mientras sonreía.
—Usted estuvo en Faggio —aclaró ella. Su expresión no era de alegría.
—Eso es. Soy Tommaso Russo, subsecretario del Ministerio de Cultura Popular. Usted es la hija de los Viel, la señorita...
—Señora, señora Leone. Pero sí, soy una Viel. Lo recibimos en nuestra casa de los Abruzos.
—Oh, pero era mucho más que una casa —dijo el recién llegado girándose hacia los demás—. ¿La conocen? Deben conseguir que los inviten, caballeros. El de los Viel es un castillo espléndido y bien mantenido. Lleno de tesoros.
—Recientemente tiene uno menos.
—Ah, sí, claro. —El subsecretario se incomodó. Él había identificado el retrato de Botticelli que más tarde les habían quitado.
—Deberían ir con cuidado con quien los visita —dijo Flavia sonriendo, dirigiéndose a Santo Testa y Juan Rezola—. El ministerio vino a cenar y se fue con un Botticelli bajo el brazo.
—Eso es inexacto...
—No lo es. Es exactísimo.
—Bueno, digamos que es un préstamo.
—Quizás quiera decirme entonces cuándo podemos esperarlo de vuelta.
El subsecretario cambió el tono y tanto Juan como Santo supieron que había llegado al límite. Juan cogió a Flavia del brazo.
—Volverá cuando el Duce decida —replicó Russo—, debería sentirse honrada. Su cuadro estaba colgado en un despacho en un castillo perdido, alejado de los ojos del mundo. Pronto lo tendrá alguien destinado a ser uno de los líderes de ese mismo mundo.
—No parece un préstamo entonces —dijo Santo sin poder contenerse. Flavia le lanzó una sonrisa de agradecimiento.
El subsecretario miró a unos y a otros de arriba abajo. Le habían puesto en evidencia y todos habían hablado de más.
—Son ustedes muy jóvenes y muy impertinentes. Es una mala combinación, vayan con cuidado —les advirtió. Luego se dio la vuelta y se fue.
Flavia, Santo y Juan cruzaron sus miradas.
—No se ha ido contento —terció Santo.
—Yo tampoco lo estoy —respondió ella a su nuevo amigo—, aunque imagino que es natural cuando le roban a una un Botticelli, ¿no cree?
—Al principio me pareció entender que era un préstamo de su familia al ministerio.
—Pero al final ha comprendido la verdad, ¿no es así?
—Sí.
—Se lo quieren entregar a Hitler como regalo del Duce. El Führer va a visitar Italia. Le han preparado una exposición privada con las obras de familias que, finalmente, se han resignado a perder sus cuadros.
—Usted no parece haberlo asumido.
La información sobre esa exposición privada para Hitler y Mussolini era la primera cosa de interés, después de la misma Flavia, que Santo había descubierto hasta entonces.
Debía averiguar dónde iba a producirse. ¿Sería ese el escenario que buscaban para atentar contra el Duce? Tenía que enterarse de todo.
Ella calló unos segundos. ¿Había hablado de más?
—Solo soy una mujer enfadada.
—No es poco. —Sonrió él.
—No sé dónde está mi cuadro. Y... no puedo hacer nada. Pero tampoco disimularé mi enfado. Pero no quiero molestarlo más. —Miró a Juan—. Deberíamos saludar a nuestro anfitrión. Ha sido un placer conocerlo, señor...
—Testa.
—Eso, Santo Testa. No olvidaré su nombre.
Flavia supo reconocer la mirada de aquel hombre.
La había visto en muchos otros antes. Sabía que hubiese preferido que se quedara allí, a ser posible sin Juan, pero no era ese el fin que la había llevado al palacio Maratti.
Se acercó al dueño y sin atisbo de duda se abrió paso en el pequeño grupo que acompañaba a don Matteo. A él se le iluminó la cara al verla.
—Señores, permítanme presentarles a la señora Flavia Viel de Leone.
—Matteo —dijo ella alargando los dos brazos para que él le cogiera las manos.
Se miraron a la cara con ilusión unos segundos, hasta que ella se giró para presentarle a Juan.
Matteo hizo lo mismo con el viejo director de la Real Academia y el profesor Bandinelli, que parecía incómodo, incluso cuando el anfitrión se deshizo en halagos hacia él y detalló su nutrido currículum.
Cuando este, tras mirar su copa, decidió ir a por otra, Juan Rezola decidió seguirlo.
Era la primera persona que le interesaba desde que habían llegado a la fiesta.
Bandinelli no se percató de que iba detrás de él hasta que Juan se puso a su lado cuando se quedó mirando la fachada del edificio.
—Bello, ¿no cree? —dijo, buscando su complicidad.
—Mucho. No lo conocía.
—Pensé que era florentino.
—No, toscano sí, pero de Siena, aunque he vivido mucho tiempo aquí. El palacio no es conocido. Muy... privado. Esta ciudad nunca deja de sorprender.
—En Sevilla hay un palacio con una fachada similar. Quizás lo conozca.