El falsificador 18. VELADA CULTURAL
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18. VELADA CULTURAL

VELADA CULTURAL

—Hay que estar muy aburrido para venir a esta casa esta noche —suspiró Andrea Maratti mientras observaba desde su ventana el jardín del palacio.

Las puertas se habían abierto hacía tan solo unos minutos y algunos grupos de intelectuales se dejaban guiar por el servicio hacia la zona donde se ofrecería la primera copa.

—Varios estaban esperando fuera desde hacía media hora —comentó Santo.

—No han ido a una fiesta en su vida —replicó Andrea.

—No ha fallado ni uno.

—Pobre gente. Toda la vida estudiando para acabar dando clase por mil liras al mes a jóvenes que solo esperan que te calles de una vez. La vocación a veces es una maldición —sentenció Andrea.

—En cualquier caso, no será difícil que con un par de copas de vino averigüemos de qué pie cojean. Habrá más de uno que ahogue sus penas en alcohol mientras se pregunta por qué demonios a nadie le interesa lo que a él le apasiona.

—A mí me gusta el arte, pero, qué quieres que te diga...

Para hablar de un tema del que eres experto con una persona que no lo es, es necesario empezar bajando a su nivel y desde allí cogerla de la mano y ayudarla a llegar a uno superior.

Los que no trabajan así resultan pedantes...

, y los pedantes, además de ser aburridos, son antipáticos, es decir, del todo insoportables.

Puedes aceptar a un antipático divertido y a un simpático aburrido, pero un aburrido antipático... Buf, es demasiado.

—Habrá de todo ahí abajo.

—Sí, también gente del ministerio. Mi padre se ha ocupado. Fanáticos de Mussolini, también personal del consulado alemán.

—No había hablado de eso.

—No —aseveró Andrea—, yo mismo lo he sabido esta mañana, pero tiene sentido. Veremos quién se acerca a ellos y quién los evita. Nos orientará sobre las afinidades de cada uno. El tiempo apremia. Tu padre necesita esa lista cuanto antes si quiere actuar.

Cada vez que Santo pensaba en la forma de «actuar» de su padre, presentía que ninguno de los Maratti tenía ni idea de dónde estaban metiéndose.

La Sociedad Honorable era para muchos que la conocían temible, pero ellos tan solo pensaban en su efectividad.

Les habían pedido que le pasaran nombres a medida que los tuvieran.

Una carta a una dirección desconocida de Roma con los datos de los académicos que ellos estimaran como candidatos a guía del Duce y el Führer bastaría.

A partir de entonces debían dejarlo todo en manos de la Sociedad Honorable.

De la mafia siciliana. Un escalofrío recorrió su espalda.

Matteo Maratti, organizador del evento, entró en la estancia sin avisar, pertrechado con una levita roja de cuello redondo y botonadura dorada que combinaba atrevidamente con pantalones de esmoquin.

—Espabilad —ordenó sin severidad a su hijo y a su ahijado—, no pienso atender a esa gente yo solo. Bajemos.

Santo miró por la ventana. Una mujer morena acababa de atravesar el primer arco de cipreses del jardín. Incluso desde aquella distancia tuvo muy claro que era bella. Poco le importó que a su lado llevara a un hombre de buena planta.

—Sí, bajemos —dijo volviéndose a sus amigos.

No hubiera hecho ninguna falta que el palacio Maratti se engalanara para impresionar a los asistentes a aquella velada, pese a lo cual lo había hecho.

Cientos de velas decoraban los caminos del pequeño jardín y colgaban de los árboles.

La fachada barroca había sido iluminada y los bustos gastados que la decoraban resaltaban sobre el fondo amarillento de las paredes.

Los búcaros mostraban exuberantes arreglos florales.

Habían descartado la idea de un concierto en el que el público estuviera sentado porque necesitaban que los asistentes hablaran y se dieran a conocer, no que permanecieran en silencio, así que no había un escenario, sino un programa musical de varios intérpretes que actuarían indistintamente en un lado y en otro.

Serpenteando entre los invitados, los camareros paseaban bandejas repletas de copas de champán.

Todo muy extravagante para aquella concurrencia.

En el centro se oían las risotadas de un grupo de camisas negras que alternaban con un hombre de aspecto frágil.

—Ahí está el director de la Real Academia —dijo Matteo señalándolo—. Iré a atenderlo. Vosotros dividíos. Escuchad las conversaciones. Sugerid los temas y ocupaos de que el champán y el chianti fluyan generosos. Tenemos que saberlo todo sobre esta gente. Bueno, todo lo posible.

—Harán falta más noches como esta —aseguró Andrea.

—Celebraremos las que sean necesarias.

—Yo iré con aquellos —dijo Santo, señalando hacia donde estaba la mujer a la que había visto entrar hacía unos minutos.

—Lo suponía. —Sonrió con picardía su amigo.

El cuarteto de cuerda empezó a tocar y enseguida quedó claro que nadie le prestaría demasiada atención.

Tampoco la pareja a la que se acercaba Santo.

No tenían la cercanía de unos novios, lo cual le alegró.

Ella era realmente guapa, morena, con la piel tersa y llena de vida, el cuerpo bien torneado, y los hombros, que su vestido de tirantes dejaba ver, marcados y finos.

Su acompañante tenía el aspecto de un milanés de buena casa.

—Bienvenidos —dijo, revelándose como anfitrión—. Soy Santo Testa, gracias por acompañarnos.

—Flavia Viel —respondió ella—. Él es...

—Juan Rezola —la interrumpió el hombre.

—¿Español? —preguntó Santo por decir algo.

—Mucho —respondió él acercándole la mano—. Tiene una casa muy bonita, me alegro mucho de haber venido.

—¿Son ustedes académicos?

—No, solo aficionados —respondió ella—. ¿Usted?

—Aficionado también —apuntó. ¿Era decepción lo que había visto en los ojos de ella?

—Matteo Maratti es amigo de mi marido. Llegó una invitación a nuestra casa. Lamentablemente, no está en la ciudad, así que he venido con un amigo. Juan es pintor.

—Ha hecho muy bien —dijo Santo, decepcionado por que la joven estuviera casada. Se giró hacia el hombre—. ¿Así que pintor?

—Bueno, nada importante. Me gusta el arte.

Llevaban unos minutos hablando cuando la música de fondo cambió a un ritmo más animado y lo clásico dio paso a lo moderno.

Un saxo se incorporó al grupo y sonó un swing.

Los fascistas lo odiaban. Santo supo que aquella era la primera prueba para que los invitados se definieran. Lo sabía, pero lo forzó un poco más.

—Oh, me gusta esta pieza. Creo que es de Duke Ellington, ¿la conocen?

—No, pero me gusta mucho cómo suena —dijo ella.

—Un swing. A mí me también me gusta —dijo el español, cuya opinión no le importaba demasiado.

No dio tiempo a que la pieza acabara. El jazz, el swing, y en general todo lo que se relacionara con la música estadounidense o negra había sido arrinconado con celeridad.

Los fascistas las odiaban y así lo demostraron.

Un camisa negra corpulento, ancho y paticorto como un tentetieso se acercó a la orquesta y, tras parar a uno de los miembros para hablarle, enseguida los demás dejaron de tocar.

Tras una breve pausa, la música volvió a un repertorio más clásico.

En la otra punta del jardín la reacción del corrillo en el que estaba Andrea fue similar.

—Vaya, me gustaba esa pieza —dijo un profesor de historia del arte bajito y con cara alegre.

—Parece que al partido no —replicó Andrea.

—A mí tampoco —dijo otro de los que estaba por allí, que se había presentado como Stefano Boggi y aseguraba ser doctor en arte antiguo—. Es música lasciva, degenerada. En mi visita a Alemania solo se tocaba en los peores antros.

—Esos son los más divertidos, ¿no cree? —bromeó Andrea.

—No, de ninguna manera.

—¿Conoce bien Alemania? —Aquello se ponía interesante.

—Sí, muy bien. He visitado con frecuencia Berlín y Hamburgo.

—¿Habla alemán?

—Sí, desde pequeño. Mi padre trabajó en la oficina comercial de Krupp, una empresa importante allí. Aprendió alemán y se empeñó en que nosotros lo hiciéramos también.

—Así que sabe alemán e italiano.

—Exacto —sonrió él—, y, tal como va el mundo, parece que con estos dos idiomas será suficiente.

Andrea apuntó mentalmente los nombres. Estuvo seguro de que el profesor amante del swing no era seguidor de Mussolini. Pequeño, frágil y de gustos musicales equivocados. En cambio, Stefano Boggi era el primer candidato a guía del Führer.

En el grupo de Matteo el anfitrión hablaba con el director de la Real Academia de Bellas Artes.

—Supongo que les habrán contactado ya respecto a la visita del Führer. —El hombre lo miró un segundo. Le habían pedido discreción, pero estaba claro que el señor Maratti estaba bien informado.

—Oh, vamos. Es una noticia que corre como la pólvora. Comprenda que todos tenemos nuestros contactos.

—Sé muy poco y..., bueno, no es un tema para tratar a la ligera.

—Es lógico, le aguarda un papel muy relevante.

La cara del hombre no mostró ilusión alguna y a Matteo no se le escapó.

Supuso que no saltar de alegría era todo lo que podía hacer, ya que cualquier otra acción habría resultado sospechosa.

La mayoría de los que estaban en posiciones como la del director se habían visto obligados a afiliarse al Partido Fascista para seguir donde estaban.

Si alguno opinaba de forma equivocada, sabía a lo que atenerse.

El círculo de opositores al régimen se cerraba y pasaba a la clandestinidad rápidamente.

—¿Será usted quien los guíe? Parece claro que entre las virtudes del Duce no se encuentra el conocimiento del arte.

—Tiene razón, pero es comprensible. Es difícil centrarse en este mundo cuando se tienen tan elevadas responsabilidades. —Los dos hablaban entre líneas, sin atreverse a hacerlo con franqueza—. Pero no —continuó el director—, no seré yo. Idealmente están buscando a alguien que sepa alemán.

—¿Y lo tienen?

—No, aún no. Están entrevistando a algunos, pero todo es muy preliminar. Tal vez se utilice más de un guía. Si el adecuado no sabe alemán, necesitarán un intérprete. Lo importante es el experto.