El falsificador 17. DOS INVITACIONES
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17. DOS INVITACIONES

DOS INVITACIONES

Juan Rezola había pasado toda la mañana mezclando pigmentos para empezar con el fondo del cuadro, que iba a pintar sobre un lienzo de la época del que pretendía imitar.

Con los años, la pintura obtiene una textura agrietada, parecida a la de la tierra de un lecho húmedo que se seca, llamada craquelado, que él debía imitar.

Como el tiempo era imposible de conseguir al ritmo que deseaba, pintando sobre pintura ya craquelada, esperaba lograr el mismo efecto.

Los pigmentos con los que iba a cubrir la pintura original también eran antiguos, con el brillo matizado y la textura envejecida.

Lapsus lo miraba desde cerca, respetando su espacio y dormitando cuando el aburrimiento ganaba a la curiosidad.

El labrador no había pisado un lienzo o volcado un bote de pintura desde que aprendió que la sutileza no era virtud de su raza y que debía apartarse varios metros del trabajo de Juan.

Así, estaban los dos tranquilos cuando escucharon unos pasos en la escalera y poco después el rabo del perro empezó a golpear el suelo con su automatismo de alegría.

Flavia apareció en el umbral de la puerta sonriente, con un vestido beige que se ajustaba a la cintura con un cinturón ancho y rojo como sus labios. Aún se debían muchas palabras y más explicaciones, pero Juan sospechaba que igual que él, ella estaba buscando el momento adecuado.

—Te traigo bombolones..., y Anetta me ha dicho que hoy te traerá pasta. La ha hecho en casa y, si sabe tan bien como huele, os gustará. Lapsus también puede probarla.

Juan se había aficionado a los bombolones florentinos en cuanto había llegado, pero disimuló un poco su alegría, igual que disimulaba todo sentimiento que le provocaba Flavia. Estaba decidido a ser frío con ella, pero no lo conseguía del todo.

—Se va a poner gordo si seguís alimentándolo así.

—Ya, bueno, será un gordito feliz. No dejaremos que llegue a ser insano. —Se acercó al perro y le acarició la cabeza—. Huele fatal.

—Huele a perro. Quizás él piense que los que olemos fatal somos nosotros.

—Traigo noticias —dijo ella cambiando de tema mientras sacaba un sobre del bolso—: mañana tenemos una fiesta. Bueno, una velada.

—¿Una velada?

—Sí, ya sé, suena peor que una fiesta. Pero, si no se baila, no es una fiesta, ¿no crees?

La organizan unos conocidos, los Maratti, en su palacio.

Por lo visto van a reunir a todo el ámbito cultural de la ciudad.

Profesores, académicos, gente del ministerio...

Si queremos saber algo sobre la visita del Duce y Hitler, es el lugar para recabar información.

—¿Hay noticias nuevas?

—Muy pocas. Se da por hecho que visitarán los Uffizi, y poco más.

Nadie sabe lo de la exposición privada...

, lo de mi cuadro y su entrega en el palacio Pandolfini.

Por eso no nos la podemos perder. Si consiguiésemos saber quién está organizando la visita, ajustaríamos mejor nuestro plan.

Cuándo llegará el cuadro al palacio, la vigilancia, las horas, el plan de fuga... son detalles fundamentales.

—No lo averiguarás esa noche.

—Quizás no. Pero lo intentaremos. Y tú me acompañarás.

Era la segunda vez que Flavia lo invitaba a acompañarla y en las dos ocasiones le había parecido mucho más una obligación que una opción.

Cuando, poco después volvió sobre sus pasos y lo dejó de nuevo solo, Juan se tumbó en la cama y recordó el día que la conoció.

No estaba seguro de agradecer haberlo hecho, pero los recuerdos eran, sin duda, dulces.

Flavia había aparecido dos años antes, cuando, encarado al mar, él trataba de plasmar la luz de las olas en su lienzo y un lujoso barco de recreo de pabellón italiano le estropeó la perspectiva.

En la cala Sa Tuna, en la costa de Gerona, aún primaban los llaüts y los barcos de pesca, por lo que a Juan le molestó doblemente aquella intromisión.

Al rato, descolgaron un bote del pescante y vio a algunas personas embarcar y perderse hacia el interior de la cala. Detestó que una cosa tan poco importante le hubiera llamado la atención y siguió pintando, fingiendo que aquel forúnculo en la bella cara del mar no existía.

Tras varias horas de dedicación, el pequeño lienzo ya reproducía fielmente el mar y Juan buscaba el color de los pinos cuando a su espalda notó una presencia.

A muchos pintores no les gusta que los observen trabajar, y él no era una excepción.

Se giró decidido a ser firme pero educado, pero resultó difícil ser lo primero.

Una joven en traje de baño, de pelo oscuro, ojos marrones, piel bronceada y presencia elegante inclinaba la cabeza hacia un lado, concentrada en lo que él pintaba. Esperó a que ella hablara.

—Eso es de algunas horas atrás —dijo al fin. Pronunciaba las erres como una extranjera.

—Efectivamente. El sol ha cambiado... y el barco ha estropeado los reflejos.

—¿Aquel? —preguntó ella señalando el gran yate.

—Ese mismo. Debería haber dejado de pintar en cuanto llegó.

—No parece tan importante.

—No es lo que venía a pintar.

—La vida cambia. No se crea para que usted la encuentre como espera —replicó ella. Parecía divertida.

—Es una pena que un barco venido de Italia sea el culpable.

—No le gustan los barcos.

—Solo me gustan los bonitos.

—Y ese no lo es.

—No. Ese no. Se nota que los dueños no lo ven desde aquí. Seguro que por dentro resulta bonito, pero desde aquí es desproporcionado y está fuera de lugar. Es como vivir en una torre alta y fea. Tiene la mejor vista precisamente porque no se ve a sí misma.

—Es usted gracioso.

—No lo soy.

—Le pasa como al barco. Eso es porque usted se ve desde dentro. Desde fuera lo parece.

Juan dejó escapar una sonrisa y no pudo evitar que la mirada se le escapara hacia el cuerpo de la mujer.

—¿Esto sí le gusta? —le lanzó, pícara.

Juan se ruborizó un instante antes de recomponerse.

—Me gusta todo lo bonito —declaró.

—Eso está bien. —Lo miró divertida. Luego le tendió la mano—. Flavia.

Él se la estrechó.

—Juan.

—Muy español.

—Mucho —dijo él.

—Volveremos a vernos.

—Ojalá.

—No era una pregunta —replicó. Luego pasó frente a él, se balanceó descalza andando entre las rocas y, cuando estuvo cerca del agua, se tiró de cabeza.

Juan la observó nadar con pericia. Enseguida vio hacia dónde. Mientras el barco volvía a girarse, descubrió en la popa su nombre: «Flavia». Sonrió. Poco después, la desconocida a la que volvería a ver subía a cubierta, se cubría con una toalla y alzaba el brazo para saludarlo.

De pronto el barco parecía francamente bonito.

Se vieron al día siguiente. Al otro se besaron. El tercer día no podían parar de hacerlo. Al cuarto Juan ya estaba completamente enamorado y penetraba lentamente en una cueva de la que le iba a resultar muy difícil salir.