16. LA LISTA
LA LISTA
Santo Testa volvió a Florencia decidido a iniciar la labor que su padre le había encomendado.
Su idea inicial era rebuscar en los archivos de las diferentes academias de arte e historia, también en las universidades.
Revisar el claustro de profesores e investigar su tendencia política.
Si eran fascistas o si no lo eran, debía resultar fácil de averiguar, y quizás también podría identificar a los que eran proclives a colaborar con Justicia y Libertad.
De entrada, estaba seguro de que ninguno se prestaría a colaborar con la mafia siciliana, pero su padre tenía formas de lograr dicha colaboración.
Formas que temía él y temería quien se interpusiera en el camino de don Gonzaga Testa.
Su trabajo acabaría temporalmente con la elaboración del listado, una especie de catálogo de personas de entre las que su padre debería elegir a su colaborador, que orientaría la visita hacia los lugares deseados, aquellos en los que fuera más sencillo atentar contra el Duce.
Estaba seguro de que la Sociedad Honorable volvería a él cuando todo estuviera avanzado, pero en la cabeza de Santo había sombras y duda.
Aunque conocía bien la forma de proceder de Gonzaga, y sabía que no tenía mesura, solo esperaba que, al final, todo lo que hiciera obedeciera a un bien común y que los daños colaterales no fueran excesivos. No estaba nada seguro de aquello.
Matteo Maratti le hizo descartar rápidamente el plan que había trazado.
—Nos llevaría años. No podemos estar yendo de una a otra universidad haciendo preguntas. Se cuestionarán para qué quieres el listado.
—Seguro que está disponible ya.
—Bueno, sí, pero no tiene sentido, resulta hasta sospechoso. Te darán un listado de todos... ¿Y qué vas a hacer?, ¿investigarlos uno a uno? Es inabarcable. Debemos quitarnos a un buen grupo de una sola vez.
Así había surgido la idea de las veladas culturales: los Maratti abrirían las puertas de su palacio para una tertulia sobre arte renacentista y clásico, seguida de una cena y un concierto de cuerda. El tipo de cebo que ningún profesor de vida social, sueldo y despensa escasos sería capaz de evitar.
—Suena apasionante —ironizó Andrea Maratti.
—Lo será para los académicos. Demasiado a menudo se ven recluidos a foros menores, en lugares tristes, siempre con la misma gente. Son como los pobres que ven la ópera desde el gallinero. Nosotros vamos a darles importancia y a escucharlos. Se entusiasmarán, no lo dudes.
—Es una buena idea —terció Santo.
—Lo es. Mi madre, tu abuela, hizo veladas de este tipo en esta misma casa, claro que a ella le divertía.
Yo solo acudía a las literarias, que eran muy entretenidas...
, pero el resto... Es una pena que la mayoría de los entendidos no tengan el don de la palabra, porque no hay nada capaz de captar mejor la atención que el arte.
—Quizás les faltara vino —opinó Andrea.
—No creo que ayude a decir lo correcto —intervino Santo.
—No, ayuda a todo lo contrario. Por esa razón les daremos mucho el día que vengan. Mañana mandaremos las invitaciones.
—¿Tienes los nombres?
—No, pero no supone ninguna dificultad invitar a una fiesta como la que planeo. Son las exclusivas las que ofrecen problemas..., a la nuestra los invitaremos a todos.