El falsificador 15. LA RUBIA #2
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15. LA RUBIA #2

La madre de Ludo había sido amiga de la madre de Felipe, Margarita de Prusia, cuando vivían cerca de Kronberg.

Por desgracia también era amiga del alcohol, de algunas drogas y de muchas personas que deseaban para sí lo que quedaba de su fortuna familiar.

Aún era abundante cuando su padre entró en escena: un italiano guapo, enérgico y enamorado del juguete roto en el que se había convertido su madre.

Durante un tiempo las cosas fueron bien para el matrimonio y aquellos vicios parecieron solo un mal recuerdo.

Los primeros pasos de Ludo transcurrieron por las calles de la pequeña ciudad y los jardines del castillo de Friedrichshof, donde residía la familia real.

Pero la Primera Guerra Mundial dio un golpe definitivo a su economía; uno que su madre decidió no encajar el día que se cortó las venas.

Ludo tenía entonces seis años y su padre se enfrentó a su crianza entre la ruina y la soledad.

A pesar de su edad, la muerte y la miseria de la posguerra quedaron grabadas en su retina.

Cuando su padre decidió volver a Italia para ganarse la vida, Ludo quedó en manos de los Hesse, que la alojaron como a una pariente lejana que se queda demasiado tiempo de visita.

De cualquier forma, su vida quedó ligada a ellos, mientras la de su padre se ligaba a otra poderosa organización.

Tres años después de su partida, Romolo Conti empezó a mandarle buenas cantidades de dinero a su hija, que, con catorce años, supo que no le faltaría nada de lo básico.

Para entonces ya se había ganado un papel en el servicio como camarera del secretario del príncipe heredero.

En 1925, cuando este se casó con la hija del rey de Italia, ella lo acompañó a Roma como parte del personal, y al año siguiente como niñera del príncipe Mauricio, el primer hijo de la pareja.

Tenía diecisiete años y Roma la acabó de formar.

Se encontraba con su padre en contadas ocasiones, pues él se había instalado en el sur.

Aparecía de forma inesperada, sin avisar, cuando ella paseaba por las calles o los parques, cosa que le encantaba, pues salía siempre de Villa Polissena con la ilusión de verlo, y muy de vez en cuando su deseo se cumplía.

Mientras, Felipe de Hesse iba y venía de Alemania, pero ella se quedaba siempre en Italia.

Con el tiempo, se convirtió en una especie de ama de llaves a tiempo parcial, una que cuidaba de la casa cuando los príncipes partían, que supervisaba a los niños cuando estaban en Italia, que ayudaba un poco en todo y que se movía en una zona gris situada entre la familia y el servicio, sin ser del todo parte de ninguno de los dos grupos.

Ayudaba mucho y se había hecho imprescindible.

A nadie le importaba que entrara y saliera de la finca de la familia real todo lo que quisiera.

Su vida cambió en 1935, diez años después de que llegaran a Roma. Ludo lo recordaba bien. Su padre la sorprendió en el Trastevere, apoyado en una esquina que vislumbró al final de la calle, cuando volvía de una cita con un guardia real que no había conseguido seducirla.

—Hola, bellina.

Siempre la llamaba así. Ludo se echó en sus brazos.

—Estás muy guapa. Y has hecho bien, ese muchacho no me gustaba para ti.

Ludo se apartó.

—No me gusta que me espíes.

—Solo te protejo.

—Sé hacerlo sola. Tú me enseñaste.

—Bueno, a ningún ejército le sobran soldados.

Pasearon hasta el río y desde allí en dirección al Coliseo, pero, por una vez, fue su padre el que la informó de su vida y no al revés. Hasta entonces, Ludo solo sabía que trabajaba en labores de exportación de aceite y vid sicilianos. Resultó ser más que eso.

—Imagino que habrás oído hablar de la Sociedad Honorable.

Su padre se equivocaba.

—No he oído ese término nunca. ¿Es acaso alguna asociación?

—Bueno, sí. —Romolo meditó un segundo—. Sí que lo es en realidad.

—¿Es ese el nombre de la empresa en la que trabajas?

—Sí.

—Exportando.

—Bueno, sí, pero tenemos labores más importantes.

La Sociedad se ocupa de muchas cosas en Sicilia y en Nápoles...

, y en toda Italia también, aunque con menos arraigo.

Domina los mejores contactos, infraestructuras y está también en la cúspide del poder en esas zonas.

Es una especie de equilibrio supragubernamental, formado por varias familias poderosas.

Tienen negocios conjuntos, se protegen, etcétera.

Ludo abrió los ojos.

—La Cosa Nostra —dijo lentamente.

—Sí. No creas lo que has oído de ella. En un mundo como en el que vivimos, la lealtad y el arrojo son valores muy valiosos.

—Pero... esa gente... Son violentos.

—¿Te parezco violento yo?

—No, tú no.

—En cambio, puedes estar segura de que mataría por ti, de que te defendería hasta la muerte.

—Yo también lo haría por ti.

—Pues eso es lo que hace la Sociedad. Defiende lo que ama. Desde que llegué a Italia, estoy con ellos, y no hay día en que no me admiren su eficacia, su valentía y su organización.

—No es lo que se dice de ella.

—Olvídalo. Créeme a mí, tú que tienes a alguien dentro a quien conoces bien.

Encontraron un banco y se sentaron en él. Romolo necesitaba toda la atención de su hija.

—Ludo, la Sociedad me ha involucrado en algo muy importante y no te veré en un tiempo. No debes temer ni entristecerte demasiado. Estaré haciendo lo que debo y en una misión que puede cambiar muchas cosas.

—Nadie te pide que no temas si no hay una razón para hacerlo.

—Perdóname. Todo cambio verdaderamente importante comporta algunos riesgos, pero en este caso está todo controlado.

—Ya.

—En cualquier caso, quiero que sepas que mi protector también te protegerá a ti. Si él te llama, acude a su presencia sin dudarlo. Se llama Gonzaga. Don Gonzaga Testa. Puede que nunca lo veas, pero, si lo haces, confía en él. No encontrarás a nadie con unos valores más sólidos.

—¿Ese es el jefe de la... Sociedad?

—Eso es. —Romolo se acercó y acarició el pelo rubio de Ludo—. Con él de tu lado puedes estar muy tranquila.

—No tenía ningún motivo para no estarlo hasta ahora.

—Sé que cuesta entenderlo, pero hazme caso. ¿Lo harás?

Ludovica miró a su padre a los ojos. Claro que lo haría.

Lo siguiente que supo de él fue de mano del mismísimo don Gonzaga Testa.

Al parecer, el riesgo que había corrido su padre no estaba tan controlado.

La importante misión en la que participaba quedó inconclusa, y el encargado de cumplirla, descabezado.

Literalmente. Pocos meses después del encuentro, su padre había muerto en una comisaría de Palermo.

Las fotos de su cadáver bastaron para que cualquier reticencia a la violencia se disolviera en ella.

Ludo supo que contra la violencia solo cabía violencia.

Con todo, don Gonzaga también le ofreció el remedio para su tristeza: podía concluir el trabajo que su padre había iniciado.

Le dijeron que no sería difícil, que tan solo necesitaba aprender algunas técnicas.

Por lo demás, la vida la había situado en el mejor lugar posible para que la misión fuera un éxito.

Decidió no desperdiciar la oportunidad. No buscaba venganza, pero, colaborando con la Sociedad Honorable, concluía el trabajo de su padre y lo honraba.

No buscaba venganza, buscaba justicia. El Duce debía caer y don Gonzaga Testa ayudaría a que así fuera.

Así, en su tiempo libre, Ludo pasó un año entrenándose en secreto en un sótano de la Suburra, el barrio más marginal de Roma, en el que jamás nadie se atrevió a tocarla.

Aprendió a disparar, a colocar y a fabricar explosivos, a matar rápidamente, y a todo lo que conllevaban los trabajos que esperaba que se le encomendaran.

A la vez, le explicaban la filosofía y la particular moral de la organización, de la Sociedad Honorable.

Todo le encajaba perfectamente a una chica que había visto una cruel posguerra, la miseria de su país, y aún penaba la muerte de su único familiar.

Cuando no vaciló al ser encomendada para ejecutar a dos agentes de la OVRA que le presentaron atados a una silla, sus superiores supieron que habían hallado a una buena colaboradora.

Aquel fue su primer contacto con la Policía secreta fascista.

Los disparó en la frente sin culpa. Un instante que su mente borró sin problema.

Tenía muy claro quién era el enemigo, y también que no acabarían con ellos si no era de aquella forma.

Después de su adiestramiento, volvía a Villa Polissena y supervisaba al pequeño príncipe Mauricio, con el que paseaba, jugaba y era cariñosa. Una niñera ocasional en la mafia siciliana. Un ama de llaves con pistola. La sola idea la hacía sonreír.

La visita a Sicilia había ido bien. Don Gonzaga era inteligente y la quería, y ambas cosas se notaban enseguida.

Tenía dos misiones para ella: la primera era bien sencilla, un encargo de un cliente del norte.

Debía dar un buen susto a un desconocido que vivía en Florencia y planificar su asesinato en cuanto se lo indicaran.

No hizo preguntas, pues la Sociedad Honorable también podía, para financiarse y en casos muy específicos, utilizarla de mercenaria a ella y a los demás.

La segunda misión era más sofisticada y, sin duda, de mayor calado: surgía por la visita de Hitler.

No discutió las instrucciones que le dieron, pero le preocupó tener que depender, aunque fuera poco, de las pesquisas de Santo, el hijo de don Gonzaga.

Parecía blando y lleno de dudas, lo contrario que ella.

Lo contrario de lo necesario. Supuso que nada de lo que hiciera él le serviría.

Acostó al príncipe, le contó un cuento y una hora después se metió en la cama, decidida a hacer bien su trabajo. Probablemente también tuviera que realizar el de Santo Testa.