El falsificador 15. LA RUBIA
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15. LA RUBIA

LA RUBIA

En las semanas posteriores a su llegada a Sicilia, Santo Testa comprobó enseguida que su padre se ponía en marcha y que la actividad en el baglio familiar aumentaba rápidamente.

Pese a la certeza de que se estaba urdiendo un plan, Santo fue con intención apartado de él y solo le consultaban pequeños detalles, sin darle aún una idea completa de lo que tenían entre manos.

Parecía claro que la influencia de su madre había pesado para que a él solo se le involucrara en la parte menos sucia, una que le permitiera seguir con su vida como un ciudadano de bien sin manchar sus manos de sangre.

Se había acostumbrado a no discutir. Era más que inútil.

En las tierras de su padre se hacía lo que él decía sin importar en nada la opinión de los demás.

Gonzaga Testa solo se amilanaba con las familias mayores, que protegían a la suya en un sistema de corte feudal que se había perpetuado de cacique en cacique.

Por esa razón, Santo pasó días paseando por las tierras que un día serían suyas, rozando los troncos retorcidos de viñas y olivos, y conversando con su madre a la espera de que su padre decidiera informarlo.

En las comidas y las cenas que precedieron al momento, hablaron de todo menos de lo que lo había llevado allí.

Se había acercado a la cancela de entrada con Marcello para intentar arreglar la puerta descolocada, descolgada de uno de los goznes, pero pesaba tanto que estaban muy cerca de rendirse, y, sentados sobre una roca más arriba de la entrada, la miraban agotados.

Marcello era rudo y simplón, de una lealtad total a su padre y buen conversador cuando no se profundizaba demasiado, por lo que era perfecto para desconectar de la gravedad de aquellos años.

Era un animal siciliano, a veces con reminiscencias más porcinas que humanas, y, cuando olfateaba el aire igual que hubiera hecho un jabalí, y Santo observaba su pelo duro y grueso, la semejanza era evidente.

Eso acababa de hacer: Marcello había interrumpido la conversación y había cogido el rifle haciéndolo callar. Alguien se acercaba.

Le dio lo mismo que fuera una joven tan bella.

Con un disparo a los pies hizo que se detuviera.

Estaba a pocos metros, a las puertas del baglio Testa, junto a la cancela que habían intentado arreglar.

Miró hacia ellos. No había rastro de miedo en su expresión; de hecho, Santo creyó que la joven los observaba con media sonrisa.

—¡Alto! —voceó Marcello, bajando rápidamente adonde estaba.

—Me llama don Gonzaga —dijo ella muy tranquila antes de retomar sus pasos.

Marcello miró un instante a Santo. Luego, como dándole un permiso que ella no necesitaba, siguió a la mujer para escoltarla en silencio y Santo hizo lo mismo.

Aunque Marcello la mirara como a una peligrosa enemiga, él no pudo evitar hacerlo como un hombre, pues su vestido la envolvía con ligereza hasta justo por debajo de las rodillas, dejando sus bonitas piernas y su cuerpo, joven y bien torneado, a la vista, sin demasiado margen para la imaginación.

Era un espécimen extraño allí, con melena rubia y lisa, pero la piel tostada por el sol.

Una mezcla perfecta y extrema del norte y el sur.

—Si ya has acabado de examinarme, puedes ponerte a mi lado; quizás de cara también te parezca agradable —dijo ella sin girarse. Santo no negó nada y se acercó a ella.

—Don Gonzaga es mi padre —dijo para romper el hielo.

—Lo llevas escrito en la cara —replicó ella.

—Por dentro somos distintos.

—Es una pena. Me gustan las personas como don Gonzaga.

—Parece que lo conoces bien. —Ella no contestó, pero sus ojos azules le sonrieron—. Me llamo Santo.

La misma sonrisa fue su respuesta. Era guapa, pero no tenía el más mínimo interés en él. Santo se giró hacia Marcello, que se encogió de hombros y con la boca gesticuló: «Es muy rara».

Llegaron a la casa y, sin vacilar, la joven encaró la escalinata exterior, saludó al hombre que hacía guardia y cruzó la puerta.

Santo supo que estaba reunida con su padre porque ambos desaparecieron en su despacho.

A la hora de comer, seguían encerrados. Maquinando.

Cuando despertó de la siesta, la puerta de la habitación estaba abierta y no había nadie dentro.

No volvió a ver a la misteriosa rubia hasta mucho después, pero, al atardecer, su padre le explicó el plan en el que ambos se verían envueltos.

Atardecía y los sinuosos campos del baglio se oscurecían poco a poco bajo las sombras alargadas de la vegetación. Aunque lo dominara la violencia, la paz aparecía entonces como un espejismo cálido y reconfortante.

Les sirvieron un Amaro Averna a cada uno y Santo esperó a que su padre hablara, cosa que hizo tras dar un primer sorbo al licor.

—Saldrá muy bien. Es un plan con pocos cabos sueltos. Volverás a Florencia. Lo haremos allí. Será más fácil que en Roma.

—No lo hubiera dicho.

—El Duce tiene ojos y oídos en cada esquina de la capital. En cambio, en Florencia... tú conoces a mucha gente, y a los que no, los conocerán los Maratti y tu red. La de...

—Justicia y... —lo interrumpió Santo.

—Esa —lo interrumpió ahora su padre—. Tan solo quiero que averigües con quién contacta el Ministerio de Educación o el de Cultura Popular. También que hables con los Maratti. Que muevan sus hilos para que la visita pase por los lugares más convenientes, los que te indicaré.

—Creo que sobrevaloras su influencia.

—No lo creas. No les será tan difícil. Hay un extenso catálogo de lugares en los que podemos actuar, tan solo tenemos que conseguir que incluyan uno de ellos.

Uno nada más. No es mucho pedir y ya tengo al agente.

Es especialista en el terreno de la persuasión...

y el que vendrá después. Probablemente pueda bastarnos con su colaboración y la tuya.

—¿La chica?

Gonzaga miró a los ojos a su hijo, retándolo. No le gustaba que le adivinaran las intenciones, pero su silencio era una confirmación.

—Todo a su tiempo. De momento demuestra que sirves para esto. No hace falta que te preocupes por lo que viene después. Recaba la información. Yo me ocuparé de que alguien la recoja y la mueva como es necesario.

Al anochecer del día siguiente, Ludovica Conti llegó desde el baglio Testa, en Sicilia, a la garita de entrada de la Villa Polissena cuando ya era de noche y la lluvia que había caído sobre Roma esa tarde la había dejado brillante y fresca.

El guardia, que la conocía y podría haber hablado de las entradas y salidas de ella y de las de muchos de los que vivían en aquella finca, olvidó de nuevo su curiosidad y le abrió la cancela coronada por leones de piedra.

Luego, la joven se dirigió por el camino hasta la villa.

Edificada en la finca de la familia real como regalo de bodas para la princesa Mafalda, la tranquilidad que emanaba su entorno y su fachada barroca y roja contrastaba con el ambiente que se vivía en su interior.

Como en la cercana Villa Savoia, conocida como la Palazzina Reale, las circunstancias políticas habían enrarecido el ambiente de la familia que la ocupaba.

La princesa Mafalda, hija del rey, creía que su marido, Felipe de Hesse, había perdido la cordura, por lo menos en lo referente a la política.

El príncipe alemán había sido uno de los primeros en acercarse al nazismo, antes incluso de que triunfara.

Por ello, Hitler lo tenía entre sus allegados y lo invitaba con frecuencia a sus actos.

Por supuesto, el marido de Mafalda también admiraba al Duce; probablemente más que ningún otro miembro de la familia real e infinitamente más que ella, que lo detestaba y estaba segura de que los llevaría al desastre.

Con todo, las discusiones y el ambiente de los salones de la villa eran perfectos para que Ludovica, Ludo, de origen italoalemán, recabara información privilegiada de los asuntos que allí se trataban.

Mussolini y Hitler usaban a menudo al príncipe Felipe como puente, como enlace no oficial, pues lo tenía todo para ayudarlos: ferviente nazi, ferviente fascista, miembro de la familia real italiana por matrimonio y cabeza de la familia real de Hesse por nacimiento.

Por suerte para Ludo, en Villa Polissena Felipe era, además, poco cauto. Si, como era de prever, iba a participar en la organización de la visita de Hitler a Italia, ella se enteraría de cada detalle.

Podía hacerlo, pero, además, se había comprometido a ello.