El falsificador 14. EL ENCARGO
23%

14. EL ENCARGO

EL ENCARGO

La casa de Carlo Leone en Lausana era exactamente lo que sus suegros esperaban que él adquiriera para vivir con su hija Flavia.

Una gran casa de dos pisos, con tejado de pizarra, paredes blancas y ventanas muy altas, enmarcadas en piedra, que presidía un jardín de césped impoluto que acababa mojando sus pies en el lago Lemán.

En los días claros se veía el macizo del Montblanc desde el salón.

Era un retiro de oro planificado para una familia que él pretendía ampliar, pero Carlo tenía dos problemas: el primero, que su mujer estaba en Florencia y nadie la esperaba próximamente; el segundo, que, a pesar de las apariencias, no se podía permitir aquel lugar.

No siempre había sido así, pero hacía ya varios años que fingía tener la misma posición de la que sus padres habían gozado y que su mujer mantenía.

Se había acostumbrado a mentir, a pedir dinero y a no devolverlo, convencido de que alguno de sus negocios funcionaría, de que las cartas del casino lo favorecerían y, finalmente, de que el mullido colchón de billetes que su familia política poseía lo sacaría del apuro.

Carlo tenía problemas y Flavia resultó una agradable forma de solucionarlos.

Sí, la fortuna de los Viel podía tapar los agujeros que él había provocado en sus finanzas, pero, mientras tanto, había puesto a la venta todas sus propiedades en Italia.

La casa de Milán ya estaba colocada y la de Florencia no tardaría en tener interesados.

Lo malo era que sus deudas eran ya mayores que el valor de sus bienes.

Necesitaba que todo se arreglara, porque sus acreedores habían dejado de ser cordiales.

Los préstamos fáciles de obtener habían resultado imposibles de devolver y no ayudaba nada a mejorar la actitud de los prestamistas el que lo vieran vivir a todo tren o saber que su mujer era tan rica.

A sus ojos, Carlo no devolvía el dinero porque no quería, y por más que les prometiera que el pago llegaría, él mismo desconfiaba y empezaba a impacientarse.

Flavia estaba en Florencia y sin ella no tenía acceso a la fortuna de sus padres, que jamás hablaban de dinero y pasaban los días cuidando el jardín o visitando a los amigos que rápidamente se habían granjeado en el vecindario.

Carlo no sabía ni hasta cuándo su mujer se quedaría en Italia ni qué pretendía hacer allí.

Por suerte, había encontrado la forma de averiguarlo, y esa misma mañana esperaba resolver la incógnita.

No le gustaba nada que gente de aquella calaña pisara su casa, pero quizás le compensara.

Recibió en su luminoso despacho a una persona oscura, de piel cetrina, dedos alargados y mirada vacía, con acento romano y ningún atractivo.

Su pelo negro era tan fino que la forma de su cráneo se dibujaba perfectamente bajo él.

Uno de los usureros que lo acuciaban se lo había recomendado, así que Carlo no tenía ninguna duda de que estaba ante una persona de los más bajos fondos.

Los que se había visto obligado a frecuentar.

—Su mujer va cada día a un apartamento en Via San Gallo, donde frecuenta a un joven español. Los he seguido, los he visto pasear, cenar y comer. No dan muestras de cariño en público, pero, sin duda, se tienen estima.

—No sé de quién puede tratarse.

El hombre extrajo un sobre del bolsillo de la chaqueta y lo dejó sobre la mesa. Carlo no esperó a que se fuera y lo abrió directamente delante de él.

En las fotos vio a un hombre bien parecido, rubio e impecablemente vestido, con un labrador negro, paseando junto a su mujer.

Los vio sentados en el Caffè Il Sole; Flavia reía y ambos parecían pasarlo bien.

Los vio en los jardines de Boboli, conversando en un banco.

La sonrisa de ella era amplia y franca, plenamente auténtica y casi desconocida para él.

El investigador tenía razón, no había muestras de cariño, pero Carlo hirvió al ver aquella complicidad.

—¿Sabe qué es lo que hace en Florencia el español ese?

—No, pero puedo entrar sin problema en su apartamento si es lo que usted quiere. Obtendré información.

—Sí, eso es lo que quiero. Haga fotos. Mientras..., me gustaría que de alguna forma lo hiciera desaparecer —dijo impulsivamente, lleno de rabia.

—Para eso tendrá que buscar a otra persona, no soy un asesino. Ya no —matizó el hombre—; en cualquier caso, me debe dinero, así que, antes de seguir hablando, quiero que me pague. Me debe dieciocho mil liras.

—Eso ya sabe que no es problema, le pagaré en cuanto haya podido ir al banco.

—No, me pagará ahora. Me ha dicho lo mismo varias veces. No me moveré de esta silla hasta que tenga mi dinero.

—Es usted muy maleducado.

El hombre no respondió. En lugar de ello, clavó su mirada en Carlo, que, instantáneamente, supo que no se libraría de él a menos que le pagara. Suspiró, ojalá todas sus deudas fueran tan pequeñas.

—Está bien, está bien —dijo cuando ya no pudo aguantar más. Abrió un cajón del escritorio y extrajo las últimas veinte mil liras que tenía. Con aire de suficiencia, simuló que las contaba y se las dio al investigador—. Hay doscientas más. No estoy acostumbrado a pelearme por dinero.

—Le pasa a la gente que tiene mucho. También a la que no tiene nada.

—Parecía claro que aquel hombre no iba a ser fácil de engañar.

Le sonrió irónico, leyendo los ojos de Carlo, antes de seguir—: La semana que viene tendrá fotos del interior del apartamento y toda la información posible que pueda extraer de esa visita...

Pero no se preocupe demasiado por el amante, su mujer es joven: tres revolcones y volverá con usted. Muchas lo hacen.

—No es su amante —dijo Carlo, abochornado e inseguro.

—Y si lo es, sospecho que usted se ocupará de que deje de serlo —respondió el invitado.

«Me ocuparé de que deje de ser, y punto», pensó Carlo.

Por la tarde, cuando las noticias respecto a Flavia catalizaron en la mayor indignación en años, tras romper varios objetos y maldecir con furia, las visitas siniestras continuaron.

Al contrario que la anterior, la que le anunció su viejo mayordomo era del todo inesperada.

Bueno, quizás no tanto. Hacía seis meses que sus acreedores lo amenazaban con acciones más expeditivas, y el resultado de aquella amenaza tomó forma en un hombre de mandíbula cuadrada y aspecto apuesto que lo esperó en el salón.

Sólido de figura y sólido de intenciones.

—Creo que no nos conocemos —dijo Carlo, estrechándole la mano.

—No, por supuesto que no. Pero los asuntos que vamos a tratar sí le son conocidos: me han traído hasta aquí las familias Visconti, Marino y Gentile.

—Comprendo.

—Para eso estoy aquí, para que comprenda. Soy Bruno Greco.

—¿Es usted abogado de los anteriormente nombrados?

—No, no..., por favor, no. No me gustan los abogados. Son las caras que uno ve cuando tiene problemas, y a mí me gusta solucionarlos solo. Represento a la familia Testa, de Sicilia.

—No he oído hablar de ella.

—Es muy conocida en la zona de Misilmeri. Son importantes allí. Lo controlan todo. Gente honorable.

Un escalofrío recorrió la espalda de Carlo. ¿Acaso estaba ante un representante de la Cosa Nostra? La cara de Bruno Greco mostró una pequeña sonrisa. Claro que sí.

—El asunto es que la familia Testa ha decidido adquirir la deuda de la que usted es acreedor.

—No entiendo —dijo Carlo.

—Es sencillo. Las familias Visconti, Marino y Gentile ya han sido satisfechas. No se les debe nada, porque la familia Testa ya ha saldado la cuenta que usted tenía con ellas.

—Entonces...

—Ahora nos debe el dinero, ese mismo, a nosotros. Es muy sencillo. Somos especialistas en cobrar deudas de personas que no entienden con claridad a nuestros clientes. Lo bueno de los sicilianos es que damos pocas vueltas a las cosas y siempre acabamos por encontrar una solución conveniente.

El desconocido se sentó en un sillón y Carlo optó por hacer lo mismo. Temía que le temblaran las piernas. Estaba asustado. Aquella vuelta de tuerca no podía ser peor. Podía dar largas a todos sus acreedores, pero sería difícil lograr la paciencia de la mafia.

—Así que —continuó Greco—, en aras de la buena relación que estoy seguro de que vamos a comenzar, me gustaría saber cómo piensa pagarnos.

Carlo sabía que no valían excusas, y que tampoco servía de nada indignarse. No tenía frente a él a un amigo, pese a que su trato, de momento, era cordial. Se le ocurrieron dos ideas.

—He puesto a la venta mi casa de Florencia. Es una villa magnífica en la zona de Poggio Imperiale.

—La mejor, eso está bien. ¿Tiene algún comprador? —inquirió Greco.

—Ha habido algún contacto ya, así que confío en que la venderé pronto. Podré pagarles entonces.

—De acuerdo, ¿cree que en cinco meses habrá realizado la venta?

—Estoy seguro —dijo Carlo, sorprendido con el generoso plazo.

—¿Será suficiente para pagarnos? Su deuda actualmente asciende a...

—Será más que suficiente —lo interrumpió—. Es una casa magnífica.

—También es magnífica la cantidad que nos debe.

—Será más que suficiente.

—Muy bien entonces. En cinco meses volveré a verlo.

Greco hizo ademán de levantarse del sillón, pero Carlo alzó una mano pidiéndole que se detuviera para escucharlo.

—Hay algo más. Su visita ha sido providencial, porque tengo algo que encargarles, precisamente en Florencia. Algo que creo que nadie podrá realizar como ustedes.

—No será gratis —le advirtió Greco—, ¿está seguro de querer endeudarse más con nosotros?

—Con la venta de la casa tengo más que suficiente para pagar las deudas anteriores y algunos encargos posteriores —replicó Carlo, cargado de optimismo.

—Lo escucho —dijo Greco, recostándose hacia atrás y cruzando las piernas.

—Quiero que asusten a un hombre.

—Eso sabemos hacerlo.

—Luego, cuando yo se lo diga, quiero que lo maten.

—Eso también se nos da bien. —El representante de los Testa sonrió.