El falsificador 13. BUENAS OBRAS #2
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13. BUENAS OBRAS #2

—Sí, el más difícil de todos, sobre todo si no has saciado tus instintos.

Esas chicas estaban ahítas de riqueza y de hacer lo que querían, pero no de lo otro.

Y ahora viene la historia, la leyenda que me contó el padre Orso, que se ha contado durante siglos, muy románticamente, en este lugar.

También los Pandolfini cuentan la misma leyenda.

Por lo visto, una de las Medici se enamoró de un jardinero de Boboli, el jardín en el palazzo Pitti que todos conocen.

El asunto es que el padre, iracundo y temeroso de que su hija se echara a perder con tan humilde personaje, lo despidió y le juró a ella que lo mataría si lo volvía a ver.

Como ella no se achantó ante la amenaza, y preocupado porque sus instintos la llevaran a repetir sus actos con otro de los empleados de la villa, acabó por ingresarla en el convento.

El que pisamos. Pero la historia no acaba ahí.

He aquí que el jardinero, el primero de los amantes, volvió a Florencia con nombre falso y, tras enterarse del destino de su amada, pidió y consiguió trabajo en el palacio Pandolfini, justo al lado del convento.

En esa época, los jardines ya eran famosos por su calidad, y claro, necesitaban cuidados.

Pero el jardinero ideó algo para poder, además, cuidar de su amada.

Al parecer, tras una tormenta, uno de los árboles del jardín cayó, y sus raíces levantaron mucha tierra y dejaron al descubierto parte de los cimientos del monasterio contiguo.

El jardinero encargado de restablecer el orden botánico decidió hacer una abertura en esos cimientos para comunicar el palacio con la bodega del monasterio.

Desde allí, enseguida se orientó para, rompiendo otra pared, llegar hasta la antigua cripta de la iglesia en la que nos encontramos.

Utilizaban la iglesia de San Giovannino para escapar del convento.

El jardinero entraba desde el jardín del palacio; la monja, desde el convento, directamente a la bodega, y desde allí salían por la iglesia.

—Verdaderamente, suena a leyenda.

—Pero no lo es. No del todo. Me da igual si el jardinero y la Medici se casaron y vivieron en el país de las hadas para la eternidad; lo cierto es que los planos del antiguo convento muestran que la cripta de San Giovannino estaba pared con pared con la bodega del convento, y esta da al jardín, bueno, a lo que hay debajo de él, del palacio Pandolfini.

Así que no parecía nada improbable que hubiera una especie de pasadizo debajo de donde estamos.

Uno perfecto para entrar en el palacio y cambiar el cuadro auténtico por uno falso. Acompáñame.

Juan siguió a Flavia, seguro de que el plan concluía allí.

Un pasadizo secreto, una leyenda..., ¿qué clase de fabulación era aquella?

Salieron al vestíbulo de entrada de la iglesia, rodeado de armarios de madera empotrados, y, en un ágil gesto, Flavia tocó el borde y uno se abrió.

Se giró hacia él con mirada triunfal y, cogiéndole la mano, lo arrastró al interior, donde empezó a sobrevenir la sorpresa.

El estrecho cubículo de menos de un metro de ancho no tenía fondo, es más, entre la oscuridad, Juan empezó a bajar una rampa que más tarde se enroscaba en una escalera de caracol.

Ya abajo, en una oscuridad rota levemente por la claridad que venía de un lugar indeterminado, Flavia se movió y encendió una vela.

Cuando los ojos de ambos se acostumbraron a la débil luz, distinguieron un espacio abovedado con suelo de tierra húmeda.

—Dios mío —musitó Juan.

—Es la cripta. Lleva abandonada años. Fui yo misma la que, junto con Orso, abrí el fondo del armario. Fue fácil. Lo difícil vino después.

—¿Cómo lo encontrasteis?

—Por los planos. El sacerdote tiene acceso al archivo del convento, que se llevó a otra biblioteca católica cuando se cerró.

Tras informar los Pandolfini de que la entrega del cuadro se haría en su casa, empezamos a buscar la forma de sacarlo de allí.

Antes de que llegue al palacio, es sencillamente imposible.

Pensamos en hacernos pasar por parte del servicio, pero, si nos descubrieran, comprometeríamos a la familia; también valoramos una acción más expeditiva saltando el muro del jardín, o descolgándonos desde el tejado, pero no es discreto.

La idea del túnel llegó cuando supimos que la leyenda de su existencia se contaba a ambos lados de su supuesto trayecto.

El jardín del conde Pandolfini tiene un laurel en un extremo.

Creemos que tapa la salida. Que la disimula.

—¿Por qué no le pides al conde que te deje comprobarlo?

—Porque no creo que tengamos éxito si demasiada gente está implicada, y esta es una operación personal.

No quiero mezclar en ella a unos buenos amigos que, sin duda, me ayudarían, pero que, de ser descubiertos, pagarían duramente las consecuencias de mi osadía.

Si el plan sale mal, solo yo debo pagar.

Si fallo e interrogan al personal del palacio, o a los condes, quiero que puedan decir la verdad; es decir, que no sabían nada.

—A mí sí me vas a implicar.

—Sí, pero antes de que hagamos el cambio de cuadros, ya te habrás ido. Nunca te encontrarán. Te irás en cuanto lo acabes. Pero ese es otro asunto. Observa esto.

Flavia se acercó a la pared del fondo y enseguida desapareció tras ella. Juan se quedó de pronto otra vez a oscuras.

—¡Ven! —le dijo ella.

Siguió su voz y, entornando la mirada, descubrió una abertura en el muro por la que se introdujo. Era una pared frente a otra pared, y resultaba claustrofóbico, pues, cuando siguió la luz de la vela que llevaba Flavia, sus hombros tocaron ambos lados.

Fueron una decena de metros, quizás alguno más, hasta que el olor a vino llegó a sus fosas nasales.

Estaban en la bodega, que, aunque llena de grandes barricas en todo el perímetro, también parecía abandonada.

—Tapiaron la entrada desde el exterior al poner el pavimento nuevo en el patio —aclaró Flavia—. Al parecer, se accedía desde lo que ahora es una de las zonas de recreo de los niños del colegio que ahora ocupa el antiguo monasterio. Dame la mano.

Juan volvió a obedecer y se dejó guiar por Flavia a la pared que tenían enfrente, pasando por detrás de una hilera de grandes barricas.

La superficie del suelo estaba cubierta de pelusas, polvo, tierra y elementos que ninguno quiso detenerse a ver.

Poco después llegaron a un arco y subieron algunos escalones en caracol hasta que el aire se limpió un poco y una pared les cerró el paso.

—Según mis cálculos, tras este muro está el laurel de la esquina del jardín Pandolfini —dijo triunfal.

—Es formidable —Juan sonrió—, y tu plan es derribarlo.

—Sí.

—Te oirán.

—Ya he pensado en eso, pero todo a su tiempo.

Todo con tiempo. Mañana empezaré. La pared es de ladrillo viejo y húmedo por una fuente, que está cerca.

Se deshace con facilidad. Lo iré rebajando poco a poco, para que, llegado el día, haga falta apenas nada para perforarla.

Lo he probado en otra pared del mismo material.

Sé cómo hacerlo. Haré muy poco ruido. Además, el laurel pegado al muro es fácil de atravesar, pero me esconderá sin problema.

—Juan la miró. Realmente hasta el momento todo parecía bien atado—.

Mi plan es bastante audaz —continuó—. Es... difícil, pero en ningún caso imposible.

—Si te cogen, te...

—No me cogerán —lo interrumpió Flavia—, y, si lo hacen, afrontaré orgullosa mi destino. Alguien tiene que hacer algo. ¿Cómo sería el mundo si, a lo largo de la historia, nadie se hubiera rebelado?

—Todo por tu cuadro.

—Sí, pero, aunque suene a algo muy personal..., muy individual y pequeño, ¿sabes una cosa? —Hacía unos minutos Juan la miraba como cuando estaba enamorado de ella—. Mi rebelión, por individual y pequeña que te parezca, para mí es una revolución enorme e imparable.