El falsificador 13. BUENAS OBRAS
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13. BUENAS OBRAS

BUENAS ObrAS

Anetta Calderone se fue antes de que Flavia hiciera su aparición en el ático de Via San Gallo que iba a ser la casa de Juan Rezola.

Para entonces, el suelo de barro resplandecía y la capa de polvo que lo había matizado todo hasta su llegada se había esfumado.

Juan la vio acabar de deshacerle la maleta y no se atrevió a detener aquella violación mientras la desconocida ordenaba sus camisas, pantalones y ropa interior dentro de un armario grande con las puertas pintadas.

Luego, se echó en el suelo y se arrellanó con Lapsus hasta que este levantó la cabeza poniéndose alerta y, poco después, él también escuchó a alguien subir las escaleras con decisión.

Desde el umbral de la puerta, Flavia se detuvo para observarlo y, aunque ambos tenían asuntos que echarse en cara, ninguno pudo contener una ligera sonrisa.

Juan siempre maldecía que su cuerpo reaccionara sin su permiso, como el rabo de un perro que jamás oculta sus sentimientos, y había aprendido a controlarse, pero quizás en aquel momento fuera pedirse demasiado.

Flavia era Flavia. Aun vestida de elegante burguesa, con aquel traje de chaqueta oscuro, sus labios rojos, su pelo arreglado y abundante y su aura general eran los de la misma mujer que había conocido en la cala de Sa Tuna. La misma de la que se había enamorado para decepcionarse después.

—Tienes buen aspecto —le dijo ella.

—Tú también —replicó él.

Se acercó lentamente y él se levantó del suelo, dejando que Lapsus, negro, peludo y poco sutil, se acercara a ella moviendo el rabo con tanta fuerza que todo su cuerpo se contagiaba del balanceo.

Flavia se agachó un poco para cogerle la cara y aceptar sus lametazos.

Luego siguió hasta Juan. Él no pudo rechazar el abrazo. Largo, sincero e inesperado.

—Han pasado muchas cosas —le dijo ella, separándose un poco para mirarlo a los ojos.

—Muchas.

—Tenemos que hablar. Nos debemos una explicación y, si quiero que me ayudes, comprendo que no la podemos aplazar. No tengo mucho tiempo..., al fin y al cabo, somos expertos en aprovechar cada minuto, ¿no crees?

Lo eran. Los diez días que habían pasado juntos hacía dos años le habían parecido media vida, porque tan solo uno con aquella felicidad podía compensar muchos meses de tristeza, pero a Juan no le gustó la referencia. Se dio la vuelta y, dándole la espalda, miró hacia la ventana.

—Te fuiste y te has casado con otro. No hay mucho más que hacer ni que decir. Admiro tu frialdad. Lo que no entiendo es por qué viniste a mí entonces, si probablemente ya tenías tu futuro decidido.

—No tengo una explicación para eso, pero debes saber que lo que te mostré era puro y real.

—Era perfecto para ti. Me alegro de que lo pasaras bien. —El tono de Juan era de sarcasmo y molestia, pero se contuvo en parecer enfadado.

—Fue más que divertido. Mucho más. No lo minimices.

—Diez días.

—Diez días únicos. Los mejores de...

—Bueno —interrumpió él—, como dices, no hay mucho tiempo, así que, antes de decidir si puedo ayudarte, cuéntame cuál es el plan.

Flavia lo miró, aunque él le daba la espalda.

Le entristeció pensar que la odiaba y que no quería saber nada de ella.

Se lo había ganado, pero solo en parte. Juan también era culpable, y quiso decirle que, de no haber descubierto que era un delincuente, un falsificador, habría tenido más herramientas para luchar contra un destino, el suyo, decidido años antes de que se conocieran. Pero era tarde, y se hacía tarde.

—El cuadro está en el banco y no hay forma posible de sacarlo de allí.

He hablado con varios amigos, gente relevante dentro de la institución, pero poco importa que mi familia haya tenido tratos con ellos durante siglos: nadie es más importante que el Duce y ninguno osaría disgustarlo.

Así que la única opción que tengo es cambiar la copia que tú vas a hacer por el original. Cuando esté en el palacio.

—El de aquí al lado.

—Sí, en el palacio Pandolfini. El padre Orso, el hombre que mandé para convencerte de que me ayudaras, es el confesor de la familia y, además, es un historiador único.

—No sé qué tiene que ver la historia en todo esto.

—Mucho. Es lo que nos ha dado la oportunidad. La historia del palacio y la del barrio, y el terreno en el que se asienta nos ha señalado la vía de escape.

—¿La vía de escape?

—De escape del cuadro. Nos ha proporcionado la forma de sacarlo del palacio, de cambiarlo por la obra que pintarás para que el original vuelva a mis manos.

Juan suspiró antes de darse la vuelta para mirar a Flavia.

—¿Por qué no te has ido? Eres joven, tienes dos manos e, incluso si te quitan todo lo que tienes, podrás salir adelante.

Vas a arriesgar tu vida por un cuadro. ¡Demonios, Flavia!

Coge un coche y vete de Italia. ¡Ve con tu marido y tus padres!

¡A España, a Suiza, a Inglaterra! Dios sabe que te adaptarás al lugar que te acoja.

Los ojos de ella se enrojecieron y su expresión se ensombreció. Más indignada que triste.

—Tienes razón. No necesito ese cuadro. He vivido muy bien, pero podría vivir con muchísimo menos.

Podría sobrevivir. Pero ese cuadro es mío.

Es de mi familia. Lo ha sido siempre, y estoy cansada de agachar la cabeza y cumplir con todo lo que este atajo de déspotas ha decidido para hacernos la vida más difícil.

Así que el cuadro se vendrá conmigo, o al menos lo intentaré.

Me odiaré si siento que solo he obedecido.

Que no lo he intentado. Que no he puesto mi granito de arena contra el maldito Duce.

Tengo un buen plan, de veras lo creo. Y...

—una sonrisa se dibujó en sus labios— no me digas que no te parecería maravilloso que el Duce le regalara un cuadro falso al Führer y que este lo colgara en su casa, o donde sea, y lo contemplara; mejor aun: imagínate cuando descubran que es falso, imagínate el ridículo.

—Sería monumental.

—Sí. Así que lo haré. Sea como sea. Por mi orgullo, por mi familia y porque es lo que tengo que hacer.

No dejaré que me pisoteen más. El arte es para los que lo aprecian, no para los que lo usan para adquirir prestigio, y no dejaré que el Duce lo haga a mi costa.

Haré todo lo contrario. Cuando mi cuadro esté conmigo y todos estemos a salvo, de acuerdo con el pintor de la copia, haré saber que es falso.

Será un golpe. Uno muy sonado. No haré nada en lo que no esté de acuerdo todo el que participe en la operación, nada que comprometa su seguridad, pero sería maravilloso...

—suspiró—, y te necesito. Necesito tu ayuda.

Juan reflexionó. Había engañado a mucha gente en su vida, y varios museos y grandes colecciones de todo el mundo colgaban, orgullosos, lienzos suyos.

Se había dedicado a engañar a gente a la que el dinero le sobraba, y sí, claro, era un engaño, una estafa, independientemente de las cuentas de aquellos compradores, pero se había escudado en eso para no sentirse peor.

Lo cierto era que lo que Flavia proponía constituía la primera oportunidad que su trabajo le ofrecía de hacer el bien.

Ayudar a una amiga y colaborar en un acto contra la sombra que amenazaba con cubrirlo todo.

Finalmente, participaría en una buena obra.

Miró a Flavia a los ojos y ella reconoció la respuesta.

—Te ayudaré.

Le sonrió, pero Juan supo que no estaba impresionada.

Diez días y un fuerte desengaño habían servido para que ambos se conocieran más de lo que pensaban.

Eran almas opuestas y, por lo mismo, afines: uno llegaba a donde el otro no, y viceversa.

Flavia se acercó y lo abrazó, pero él se quedó tieso como un palo, frío, sin devolver el abrazo.

Flavia lo notó y no pareció importarle. A los pocos segundos, se separó de él, lo miró a los ojos y lo invitó.

—Acompáñame.

Aún algo aturdido y en el fondo molesto por la facilidad con la que había aceptado participar en la operación pese a tener asuntos pendientes con ella, Juan siguió a Flavia escaleras abajo hasta la calle, donde, a pocos metros del edificio, penetraron en el contiguo: una iglesia con la cruz de malta sostenida por ángeles sobre la entrada.

Dentro, Flavia abrió una pequeña puerta y accedieron a un templo de factura sencilla, con una nave principal separada de las laterales por columnas que sostenían arcos de medio punto, sin demasiado interés arquitectónico, sobre todo en un país sembrado de obras maestras.

Los cuadros que la decoraban eran otra cosa, y el ojo de Juan enseguida detectó la mano de grandes artistas tras cada uno de ellos: un Cristo crucificado, un san Juan decapitado, una anunciación...

Excelentes. Pero no habían ido a admirarlos.

Flavia se lo aclaró.

—Este es un templo curioso. Muy antiguo y muy cambiante.

Ha tenido diferentes advocaciones y ha pasado por muchas manos.

Formaba parte del monasterio de San Silvestro, como casi todo en esta zona.

Otro día te contaré la historia si te interesa, pero la clave es que durante unos años aquí se veneró a santa María Magdalena, ya que se convirtió en convento de damas nobles florentinas.

Nobles, y algunas sin ganas de cumplir con algunos de los votos.

—El de castidad.