El falsificador 12. LA SOCIEDAD HONORABLE #2
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12. LA SOCIEDAD HONORABLE #2

—Bueno, más o menos. Hace dos meses un grupo de carabinieri llegaron a la puerta de casa.

Tu padre no estaba y ellos lo sabían. Me puse en la entrada con el rosario y les dije que no entraría nadie sin mi permiso.

Pasaron por encima de mí, literalmente. Me empujaron a un lado y caí al suelo.

Arrinconaron a los hombres y encerraron a Maria y Peppa Olivieri en la cocina.

No habrían podido con ellas. Salva tuvo que apartarme para que no me pisaran todos, pero, aun así, al día siguiente tenía el cuerpo lleno de cardenales.

Tu padre se enfureció, aunque el origen de todos nuestros problemas sean sus quehaceres. Los de su abuelo, su padre y luego él.

—Es...

—Es la guerra. Solo que aún no hemos empezado a contraatacar. Ese Mussolini se las verá con nosotros, puedes estar muy seguro. No olvidamos. Por eso me gustaría que no estuvieras aquí. No quiero una generación más de Testa viviendo así.

—Pero quien nace Testa, muere Testa —se escuchó decir a unos metros—. ¡Hijo mío, qué alegría tenerte aquí!

Del interior de la casa, con la camisa abierta hasta el ombligo, la tez morena y las carnes agradecidas, Gonzaga Testa, el padre de Santo, se aproximó a ellos extendiendo los brazos.

Julia cambió de expresión y volvió a mirar hacia el horizonte como si la hubieran desconectado de la corriente.

Su hijo, en cambio, sonrió y fue a completar el abrazo paterno.

Padre e hijo se abrazaron antes de que el primero se separara para mirarlo a la cara.

—Estás guapo. Estás fuerte... y estás aquí. ¿Te quedarás? —dijo, sabiendo que no lo haría.

—Vayamos dentro. Quiero que hablemos.

Su padre entornó los ojos, escrutándolo.

—Sí, hablemos —replicó, pasándole el brazo por encima del hombro, acercándolo a él y llevándoselo al interior.

Se sentaron uno frente al otro en torno a la mesa de despacho que Santo conocía bien. Los dos eran impacientes, razón por la que sus conversaciones pasaban por encima de lo que fuera prescindible y avanzaban muy rápido y con resoluciones inmediatas.

—Papá, sé que las cosas no están bien por aquí y siento de veras que lo estéis pasando mal.

Su padre cruzó los dedos de ambas manos sobre la mesa y cambió algo la expresión.

—Creen que han matado la planta solo porque la han cortado y no ven los tallos. Pero en realidad la están regando, abonando y haciendo que sus raíces crezcan. Cuando asomemos por encima de la tierra, no habrá quien pueda talarnos. No debes preocuparte.

Aquel era el tipo de comentarios que a Santo sí le preocupaban: la idea de una guerra sin fin, en la que nadie estuviera dispuesto a darse por vencido. En cualquier caso, esa iniciativa iba a facilitar mucho sus planes.

—Yo también estoy actuando —dijo, seguro de que su padre se alegraría.

—Contra...

—Contra el régimen. Contra Mussolini. No sé si has oído hablar de Justicia y Libertad.

Su padre pareció decepcionarse.

—Hijo, no hay movimiento clandestino que no conozca. Pero esos... esos son un grupo de idealistas que reparten papelitos y cortan cables. No conseguirán nada.

Santo había previsto aquello.

—Lo sé, pero son una buena plataforma para infiltrarse en cualquier lugar y tienen información. Se codean con gente importante como uno más y entran en el Quirinal y en los ministerios sin problema. Tan solo les falta ser más expeditivos... —Miró a los ojos a su padre—. Les faltas tú.

—Hijo —dijo Gonzaga, poniéndose en pie y dándose la vuelta para encararse a la ventana—.

Si mi organización tuviera acceso a los lugares de los que tú hablas y manejara la información que dices, las cosas serían muy diferentes.

Habríamos actuado hace mucho tiempo. Pero nuestra línea es distinta: vosotros tan solo rozáis una carne que yo pretendo atravesar y despedazar.

No reparto pasquines. No corto cables. Yo corto cabezas.

Santo respiró hondo.

—Lo sé. Por eso necesito que me ayudes a cortar la más importante de todas.

Gonzaga se dio la vuelta y, apoyando las manos en la mesa, se inclinó sobre ella con renovado interés.

—Te escucho.

—Hitler visitará Italia y el Duce pretende pasearlo por Nápoles, Roma y Florencia.

—No se me ocurre un momento en el que ambos estén rodeados de mayor seguridad. Empiezas mal.

—No tanto. Sabemos que visitará diferentes lugares de nuestro patrimonio: museos, palacios...

—En agosto tiene previsto visitar la isla y nadie va a hacer nada. No veo por qué Florencia es diferente.

—Porque tendrá a alguien nuevo, un civil, o a más de uno pegado a él. Va a necesitar un guía, o varios. Nuestra idea es que ese guía actúe. Suponemos que viajará con los dos dictadores, probablemente en su mismo coche. También que será el que organice las visitas, el programa, las rutas.

—Alguien que lo sabrá todo y que actuará en función de lo que vayan a ver y no tanto de la seguridad.

—Eso quizás sea muy optimista. La seguridad será prioritaria, como en cualquier situación similar —apuntó Santo.

—No —le contradijo su padre—. No lo creo. Mandará la localización. Si solo hay una forma de llegar al monumento o al museo que sea, se hará por ese lugar. El guía podrá decidir el destino y, por lo tanto, en menor medida, también por dónde pasa el coche.

—Eso es.

Gonzaga meditó un instante y una sonrisa se empezó a dibujar en su cara.

—Me gusta lo que oigo.

—Sabía que te gustaría.

—Tenemos que aprovechar la oportunidad. Esta vez no se nos puede escapar.

—¿Esta vez?

Su padre le sonrió con un deje de tristeza.

—Sí, esta vez. Ya fallamos una. Fue hace unos años, cuando el Duce visitó la isla.

Lo teníamos todo listo. Nuestros contactos habían averiguado el trayecto y el horario, y un tirador excepcional estaba listo para dispararle a la cabeza.

Carmelo Meli lo organizó todo y don Vito Cascio lo supervisó.

Todas las familias estábamos enteradas y esperanzadas...

, pero en el último momento la comitiva cambió de ruta.

—Nunca me has hablado de eso.

—No. Ni lo oirás comentar en las otras casas. La Sociedad Honorable no desvela sus fracasos. Nadie sabrá nunca que eso sucedió.

Se hizo el silencio durante un minuto, en el que, incluso desde donde estaba, Santo creyó escuchar la cabeza de su padre maquinar.

—Sí. El plan está claro —dijo Gonzaga poco después.

Santo reconoció la mirada de su padre. La había visto muchas veces de niño, cuando no había quien no lo saludara con respeto o le cediera el paso.

La mirada que provocaba temor y respeto, la que gobernaba aquel rincón del mundo, en el que unos pocos se imponían a otros muchos y todos aceptaban la situación. Temió haber abierto la jaula al león.

—No quiero que...

—Quieres matar al Duce —lo interrumpió Gonzaga—. Quieres que su Gobierno acabe. Yo también. Todas las familias lo desean. Te ayudaremos, pero esta debe ser tu respuesta a todo lo que hagamos. Cuando te preguntes por qué, respóndete: para acabar con el Duce.

—Pero...

—Tú me pasarás la información, los nombres de los posibles guías, y yo me ocuparé de que escojan al adecuado.

No tengo ninguna esperanza de colar a un terrorista comunista especialista en arte en el coche del Duce, pero sí a uno que nos sea fácil controlar, quizás al menos fanático, o al que nos sea más sencillo extorsionar.

Somos expertos en eso y todo el mundo tiene muchas cosas que esconder, más aún en esta época.

Sodomitas, gente con amistades inconvenientes, personas que han hablado más de la cuenta, amantes infieles...

Encontraremos el punto flaco de cada uno de los que se tomen en cuenta para hacer de guía.

Cuando conozcamos todo sobre los candidatos, escogeremos al que nos funcione mejor para lo que vendrá después.

Cuando sea elegido, comenzará la segunda fase: conocer al detalle el programa de visitas e inclinarlo a nuestro favor.

En Nápoles deberíamos ser capaces de actuar, pero también será donde más seguridad tengan.

—¿Qué haré yo?

—Ya te lo he dicho: tan solo ocúpate de pasarme la lista de candidatos. Serán académicos y gente de la universidad... —pensó un segundo— que estén afiliados al partido, que sepan alemán. Entérate de los que tengan más conocimientos en aquellas artes que el Duce mostrará a Hitler.

—El Duce no es amante del arte.

—El Duce es un romañol con ínfulas que solo ama el poder. Céntrate en lo que le guste al alemán. Es eso lo que irán a ver.

—Tiene lógica.

—Yo soy lógico. Resumiendo: busca a expertos que sepan alemán, que estén afiliados al Partido Fascista y que sean especialistas en las artes favoritas de herr Hitler. En ese grupo estará el guía.

—De acuerdo. Pero como...

—No te preocupes por la receta, preocúpate por el resultado.

—Gonzaga volvió a girarse para mirar hacia el exterior.

Parecía más erguido y joven, cargado de energía.

Con aplomo, concluyó—: Ten por seguro que la persona que acompañe a los dictadores, por lo menos una de ellas, será la adecuada. Y que seré yo quien la ha elegido.