12. LA SOCIEDAD HONORABLE
LA SOCIEDAD HONORABLE
A Santo Testa no le hizo falta ninguna indicación para llegar sin pérdida a Misilmeri, el pequeño pueblo encajado entre colinas al sureste de Palermo en el que había nacido, crecido y del que había huido.
Pese a que todo hubiera cambiado por dentro, Sicilia seguía igual por fuera, y Misilmeri no era una excepción.
Decían que la Cosa Nostra había muerto y, aunque era muy cierto que el fascismo había bajado hasta el fango para revolcarse con ella y atestarle un golpe enorme, Santo sabía muy bien que hacía falta mucho más para acabar con las familias que dominaban la isla desde hacía tanto tiempo.
Quizás estuvieran agazapadas, momentáneamente en silencio, pero en ningún caso muertas.
No.
Tras su visita a la isla y la orquestada sucesión de desplantes que había recibido por parte de los caciques del lugar, Mussolini se había hartado y había dado alas, armas y vía libre a las fuerzas del orden para que actuaran.
Desde entonces una sucesión de malos años había caído como la peste sobre la mafia siciliana.
Por primera vez desde Roma habían logrado buenos resultados.
El prefecto Cesare Mori había conseguido que muchos miembros de la Cosa Nostra se atemorizaran, que algunos de los más importantes emigraran o que a jóvenes como Santo sus padres los alejaran de Sicilia.
Mori había utilizado las técnicas de sus enemigos: crueles, teatrales y exentas de diplomacia.
El prefecto habría sido un excelente mafioso, pero, por desgracia para la organización, jugaba en el equipo contrario.
En cualquier caso, se equivocaban los que pensaban que el partido había acabado. El equipo contrario se había replegado con más ganas que nunca de acabar con Mussolini, el prefecto Mori y todos los que habían osado plantarles cara. El panlatinismo no iba con ellos. El fascismo, menos aún.
Nadie habría dicho que la localidad de Misilmeri fuera especialmente bella ni merecedora de una visita prolongada, habida cuenta de las maravillas que salpicaban la isla.
Ni siquiera su emplazamiento era en nada destacable, rodeado de colinas y de campos de cítricos y cereales.
No obstante, Santo sonrió al ver lo que se ocultaba al ojo de los foráneos.
Misilmeri era su casa y, como una mala hierba que, aunque arrancada, brota una y otra vez, mientras observaba el paisaje que dejaba atrás el autobús, el sentimiento puramente siciliano de su carácter volvió a su interior.
Se apeó frente a la iglesia de San Giovanni y giró para observar la de Sant' Antonio, las casas color arena y la fuente de la que había bebido tantas veces, imagen de su infancia.
Por unos minutos respiró tranquilo y olvidó las circunstancias que lo habían hecho salir de su tierra, las mismas que siete años después lo habían hecho volver.
Aunque se empeñara en lo contrario, había nacido siciliano y moriría siciliano.
Eran las tres de la tarde y el pueblo estaba en silencio, quemado por el sol y vacío, aunque, como siempre, uno se sabía observado entre fraileras y rendijas.
Aquel letargo nunca estaba exento de cierta tensión, de fragilidad.
Se había roto repentinamente demasiadas veces como para que uno se lo tomara demasiado en serio.
Cualquier siciliano sabía que tarde o temprano se desataba la tormenta, para volver a la calma después, como en un ciclo infinito.
Santo enfiló cuesta arriba y anduvo hasta que las últimas casas del pueblo desaparecieron y la calle desembocó en un camino de tierra jalonado de muros de piedra seca.
Poco después llegó a la cancela que recordaba bien.
Abierta, con el mismo gozne roto que hacía que uno de sus lados se apoyara torcido en el suelo.
Nadie la arreglaría nunca. Sobre su cabeza, por encima de los barrotes, un arco de hierro igualmente oxidado sostenía una T rodeada de laureles.
«Baglio Testa», se dijo. «Finca Testa». Sonrió vencido y siguió antes de que a su espalda una voz lo asaltara.
—Yo que tú no daría ni un paso más si no quieres que sea el último —escuchó sin miedo. Sin girarse, respondió a quien había reconocido.
—Deja eso, Marcello. Parece mentira que no hayas disparado a más amigos con la vista de topo que manejas.
Solo unos segundos de silencio precedieron al cambio de tono.
—¡Santo! ¡Oh, Santo! ¡Has vuelto! Se te ha puesto el culo gordo, como a los del norte. Nadie te hubiera reconocido. ¡Culo gordo y aspecto blando!
Santo se giró. Frente a él, andando a zancadas, feliz, con la barba descuidada, boina, ojos pequeños y cuerpo redondeado cruzado por la bandolera de su escopeta, Marcello Manfredi se acercaba a él abriendo los brazos.
Podía ser temible con los demás, pero se hubiese dejado matar por cualquier miembro de la familia Testa.
Se abrazaron con fuerza y su olor a sudor, tierra, algarroba y res en un instante devolvió a Santo a su infancia. Llevaba unas horas en Sicilia y el día avanzaba entre regresiones. Aún lo esperaban las de mayor importancia.
Marcello le pasó el brazo por el hombro y no le dejó hablar hasta que, tras unos minutos de paseo, la casona de la familia Testa apareció ante la pareja.
Pese a que cada uno de los años desde que se había reformado a principios del siglo XIX había dejado su huella en el edificio, a Santo le pareció que estaba igual que siempre.
Tres pisos de pintura desconchada color ocre, presididos por una escalera central que llegaba a la gran terraza de balustres abotellados, donde se situaba la entrada, en el primer piso y asentada sobre los arcos de la planta baja.
Macetas en cada escalón, algunas con hierbas, otras con geranios.
La estatua de un ángel sin brazos en la crujía del techo a dos aguas.
Barroca solidez siciliana a prueba del tiempo, todo con la belleza dejada pero presente del que tiene cosas mejores que hacer y está por encima de lo que piensen los demás.
Bajo los arcos de la planta baja, tres hombres dormitaban a la sombra.
—Ah..., no hay nada como volver a casa, ¿no es así, Santo?
—Nada —replicó él, sin estar seguro de que aquel pensamiento fuera positivo.
Subió la escalinata exterior y, cruzando la terraza, se acercó a la puerta principal, donde otro hombre dormitaba con una escopeta colgada del respaldo de la silla.
Al verlo, se recompuso un poco y se tocó la gorra para saludarlo.
Santo no lo conocía, pero supuso que había reconocido las facciones de su padre en él.
Entró en la casa, que mantenía el ambiente de siempre, con la luz atenuada por las cortinas, el polvo flotando en el aire y el olor a comida de una casa señorial y provinciana a la vez.
Cruzó la planta inferior para salir al emparrado donde su madre pasaba las horas.
La encontró donde siempre, sentada en su mecedora, que movía hacia adelante y atrás lentamente, mirando al horizonte.
La señora Testa podía permanecer durante horas en silencio, contemplando sus tierras, sin hacer nada más que pensar en sus cosas, sin aburrirse jamás.
El resto del tiempo lo pasaba ordenando o cocinando con las hermanas Olivieri, que llevaban años a cargo de la cocina del baglio.
Tuvo dos hijos con el padre de Santo. Cuando el mayor murió con solo dieciocho años en una de las acciones del prefecto Mori contra la organización, Julia había hecho dos cosas: la primera, enviar a Santo a Florencia para que viviera bajo la protección de los Maratti; la segunda, dejar de hablar a su marido.
Se acercó a ella y se inclinó para saludarla. Ella se sorprendió, sonrió y se puso seria en tan solo unos segundos. Julia era mujer de sentimientos controlados, rencores irreductibles, memoria prodigiosa y lealtad a prueba de todo. Santo sabía que su madre lo quería lo más lejos posible de Sicilia.
—No deberías estar aquí —fue lo primero que le dijo.
—No me quedaré mucho.
—Estás muy guapo. Menos...
—¿Siciliano?
—Bueno. Estás hecho del mismo cuero, solo que limpio y afinado. Están siendo años duros por aquí.
—¿Mori?
—Sí, claro.
—Pensé que os había dejado en paz.
—El maldito prefecto. Ya sabes la desgracia que trajo.
Nos cambió la vida. Debimos habernos ido, pero somos de aquí.
No sabría andar por otra tierra que no fuera esta.
Soy más siciliana que la catedral de Monreale.
Pero tú tienes escapatoria. No deberías estar aquí.
¿Por qué has vuelto? ¿Por qué no te has quedado en Florencia con los Maratti?
—Son ellos los que me han pedido que venga. Necesitan la ayuda de papá.
—Están locos.
—No, es tan solo que tienen algo entre manos que no saben cómo solucionar.
—Están locos.
—Mamá.
—No. Si los Maratti piden ayuda a tu padre, deben saber que no será gratis. La Sociedad Honorable no hace favores.
Así llamaban las familias implicadas a lo que en el resto del mundo se conocía por Cosa Nostra. Era cierto que el honor era clave para pertenecer a ella, pero el honor de la mafia era un comportamiento cuyos márgenes marcaba la misma organización.
—Creo que, en este caso en concreto, no tienen de qué preocuparse.
—Entonces será porque tu padre ganará lo mismo que ellos. Si cree que ellos ganarán más, les hará pagar la diferencia. Sabe cómo hacerlo y no olvida nunca, ya lo conoces.
—Lo sé.
—Morirá matando. No ha vengado aún la muerte de tu hermano y...
, bueno, lo que vino después. No nos ha beneficiado que algunas familias se hayan ido a América.
Los Maranzano, los Bonnano... eran poderosos.
Sin ellos nuestro mundo pierde fuerza. Ya nadie está tranquilo.
Les debimos mucho durante largo tiempo, pero nos han dejado solos. Estábamos más protegidos antes.
—Creí que las cosas estaban más tranquilas. Que el prefecto Mori había saciado su hambre.