El falsificador 11. ANETTA CALDERONE
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11. ANETTA CALDERONE

ANETTA CALDERONE

Juan Rezola observó al padre Orso partir sin poder evitar una sonrisa.

Ordenó sus cosas y comprobó lo que el sacerdote había comprado.

Todo era perfecto, como suponía de un hombre que se adivinaba eficiente, y, al recorrer con la mirada el espacio, también se mostró satisfecho: el ático era grande, luminoso y con solera, como le gustaban las cosas. Se desvistió y llenó la bañera.

Su carácter siempre había sido igual. Había estudiado en un colegio normal las cosas normales, pero perdía la atención fácilmente y no todo le interesaba.

Si algo lo hacía, bebía de ello; si no, lo descartaba rápidamente.

Desde muy niño, disfrutaba en los museos y podía pasar horas mirando la misma obra, examinando cada detalle.

En el comedor de la casa de sus abuelos, en Barcelona, había algunos cuadros de la escuela de Olot, un Vayreda que mostraba una charca campestre en la que las vacas bebían, y tres paisajes de Modesto Urgell más oscuros, pero que también le llamaban la atención. A menudo se lo encontraban mirándolos.

Con doce años, su madre lo apuntó a un estudio de dibujo y pintura, en el que rápidamente destacó.

Copiaba como una cámara fotográfica. A los quince, escaso de dinero y de escrúpulos, reprodujo el Vayreda de sus abuelos y lo cambió, vendiendo por medio de su profesor de pintura el original en una subasta.

Desde entonces la copia decoraba el comedor familiar.

Nadie se dio cuenta, lo cual encendió la mecha de lo que sería su ocupación.

Pero la prueba de fuego llegó más tarde, cuando, en vez de vender un original, vendió una falsificación, un retrato de una aristócrata que firmó con la pulcra letra de Madrazo.

Tampoco entonces nadie reparó en el engaño.

Su profesor dejó un trabajo honesto y mal pagado por otro deshonesto pero muy lucrativo.

Dejó también sus maneras bohemias para convertirse en un afamado marchante.

Uno que mercadeaba con muchas obras auténticas y con todas las imitaciones de Juan, que se esmeró en estudiar la técnica de los falsificadores: el uso de pigmentos y telas antiguas, la historia detallada de cada uno de los artistas a imitar, sus manías y virtudes.

«Sí, organizamos una buena», se dijo Juan Rezola mientras se sumergía lentamente en la bañera. Era un delincuente y, sin embargo, nunca se había sentido mal. Es decir, nunca hasta que Flavia lo había descubierto.

Llevaba diez minutos en remojo cuando escuchó unos pasos que ascendían la escalera. No le dio tiempo a salir de la bañera antes de que el inesperado invitado apareciera en el umbral de la puerta.

Esperaba ver a Flavia, pero, en vez de ella, una mujer bajita, de alrededor de sesenta años, con el pelo oscuro recogido en un moño alto y grandes lentes entró en la estancia.

No podía medir más de metro cincuenta ni pesar más de cincuenta kilos, pero, a pesar de ser la persona más flaca y menuda de cuantas se hubieran cruzado con Juan, parecía cargada de energía. También cargaba un cubo con dos palos.

La mujer no resultaba en nada amenazante, pero Juan se molestó por la sorpresa. Ella, en cambio, le sonrió, dejó el cubo en el suelo y se acercó rápidamente.

—Buongiorno, Buongiorno —le dijo en un italiano empalagoso que no le pegaba nada—.

Soy Anetta Calderone. Me manda la señora Leone.

Flavia Viel... de Leone. Yo lo atenderé.

Limpiaré y le dejaré algo de comida. Este piso fabrica polvo.

Hace bien en bañarse —le dijo mientras se colocaba junto a él, mirándolo desde arriba.

Instintivamente, Juan se tapó la entrepierna con las manos, pero ella le tendió la suya para saludarlo. Él no se movió.

—Oh, por favor, ahí no tiene nada que no haya visto ya.

—Rio. Juan no se inmutó—. Bueno, da lo mismo.

Le cambiaré las sábanas. Los ratones las han usado mucho estos últimos meses y...

, bueno, son monos, pero supongo que preferirá no compartirlas con ellos.

Luego fregaré. Siga sumergido, haga como que no estoy aquí.

—Lo miró de nuevo y recorrió indisimuladamente el cuerpo del español de arriba abajo. Luego se fijó en el labrador.

—Oh, no. Un peludo. Uno de los que dejan pelos. No debería tenerlo aquí. Es imposible limpiar. Esto sí que no lo esperaba. ¿Es realmente necesario?

Juan salió de su sorpresa para defender a su mejor amigo.

—Completamente necesario.

—Así que es usted español —sonrió ella cambiando de actitud—. Ese acento... Se nota, no porque hable mal el italiano, sino porque su acento no es de ninguno de los lugares del país.

—Nadie me dijo que vendría usted.

—Aah, mi amigo, por eso siempre digo que lo único que vale en la vida son los hechos.

No se lo dijeron y, sin embargo, aquí me tiene.

Soy limpia y discreta, y la señora Leone ya me ha pagado, así que haré lo acordado.

Vendré cada día, más o menos a esta hora si no tiene inconveniente.

—Se detuvo un instante—. Lo cierto es que, si lo tiene, se aguantará, porque vendré de todas formas.

Soy buena cocinera, le traeré cosas buenas.

Me gusta comer y a usted también le gustará lo que cocino.

—Pero nadie me dijo...

—Deje de decir eso. Aquí estoy. Se lo digo yo.

Me han pagado, así que no hay nada que pueda hacer más que irse si no quiere verme, porque no faltaré al compromiso.

Nunca lo hago. Además, ya me he gastado el dinero que me pagó la señora Leone, así que no se lo podría devolver aunque quisiera.

Nunca la he fallado y no la fallaré ahora.

La conozco desde que nació y..., bueno, cuando abandonó el castillo de Faggio para venir aquí, me vine con ella.

—Es de su confianza.

—Es mi hermana pequeña, mi hija, mi amiga y mi jefa. Todo en uno. Y la villa de Poggio Imperiale llevaba años cerrada, así que hizo bien en traerme. La mitad del polvo que fabrica este piso se acumulaba en los salones de la señora Leone.

—Entonces, ¿Flavia tiene casa en Florencia?

—En el barrio de Poggio Imperiale, el mejor, pero es de su marido, el señor Leone... —Pensó un instante—. Aunque, claro, ahora es suya también.

—Entiendo.

—La señora Leone no debería estar aquí. Toda su familia está ya en Suiza y ella debería haber viajado con ellos, pero por alguna razón no lo ha hecho. ¿Usted sabe por qué?

—No tengo la menor idea.

—Miente.

—Parece usted muy segura.

—No me cabe ninguna duda.

—Pues se equivoca.

—No lo hago, y acabaré por saber qué es lo que traman. Acabaré por ser yo la que ponga orden. Llevo haciéndolo toda la vida con la señorita. Incluso cuando se enamoró de ese...

Juan quiso hundir la cabeza bajo el agua.

—No me diga que es usted.

—¿Quién?

—El español. Es usted. ¿Ha venido aquí para estar con la señora?

—He venido porque ella me lo ha pedido.

—Eso no parece decente.

—Le aseguro que lo es. Muy decente. —«Peligroso, quizás ilegal, pero decente», quiso añadir—. Flavia es la última persona a la que deseo conquistar.

—No le creo. No se lo cree ni usted mismo, pero, bueno, ya veremos, vaya con ojo. La señora Flavia está casada. No puede irse con un cualquiera.

—Le agradezco el cumplido —replicó él, irónico, apoyando los brazos en el borde de la bañera de manera inconsciente y dejando, ahora sí, incluso sus partes más íntimas a la vista.

—Bueno, lo vigilaré. A usted y a la señora Flavia.

La protegeré. Además... —dijo mirándolo por primera vez completamente desnudo—, tampoco hay nada demasiado extraordinario por aquí.

—Juan se volvió a tapar. Ella sonrió—. Me está usted entreteniendo y tengo cosas que hacer.

Haga lo que deba, haga como si yo no estuviera aquí.

Yo haré lo mismo. No me interesa usted nada.

Juan ahogó una carcajada y vio a la mujer alejarse hasta una esquina, ajustarse el delantal y empezar a limpiar.

Le había dicho que no se daría cuenta de que estaba allí, pero, aunque no hablaran, ella no dejaba de hacerlo consigo misma, como si no supiera mantener sus pensamientos dentro de la cabeza y tuviera que expresarlos.

—Poca cosa el chico este. Guapo sí, pero tampoco hay para tanto.

Y mentiroso, cree que no me he dado cuenta.

Bastante ordenado, aunque el orden se demuestra con el tiempo.

No me gusta. No, no, no. Uy, cuánto polvo.

Maldito centro. Aquí no se puede vivir. Aunque qué bonita vista.

Uy, eso es un gorrión. Me gustan. Está delgadísimo, este chico no come —la escuchó decir mientras trabajaba.

Él salió de la bañera, se anudó la toalla a la cintura y se cambió discretamente en una esquina, seguro de que Anetta lo estaría fiscalizando.

—Poca cosa. Poca cosa —le pareció escuchar.