10. JUAN REZOLA #2
—No lo es. Pero tampoco está dispuesta a ceder sus bienes sin resistencia.
—¿Tanto es?
—Sí, mucho más de lo que imagina. Los Viel son una de las familias más prominentes del país, lo han sido durante muchos siglos.
Sus propiedades se expanden por toda la península: un palacio en el Gran Canal de Venecia, una finca vinícola en la Toscana, una buena mansión junto al palacio de los Colonna en Roma...
, y el castillo de Faggio, en San Raffaello, donde viven.
—No va a resultar fácil llevarse eso.
—No, pero sí algo de su interior. El padre de Flavia hace algunos meses que dejó bienes en el extranjero, en Francia y en Suiza. También compró una bonita villa en Lausana. Su marido también ha sacado parte de sus bienes.
—Su marido —repitió Juan con tono agrio.
—Sí, el señor Leone. —En este punto, el sacerdote remató su copa de vino y suspiró antes de continuar—. Usted sabe que los sacerdotes somos depositarios de muchos secretos y especialistas en guardarlos. Es una de las misiones que nos fue encomendada.
—Por supuesto.
—Los buenos sacerdotes guardamos los secretos de cualquiera que nos los entrega, incluso si no son fieles y..., bueno, debe saber que Flavia me habló de usted, así que digamos que sé alguno de los secretos que ella descubrió.
—Lo que me faltaba.
Hasta conocer a Flavia, solo su socio sabía la identidad del falsificador de cuadros más importante de Europa, es decir, él. Gracias a la italiana, ya había dos personas más.
—No se enfade. Necesitaba saberlo si me iba a encomendar la misión que me ha traído hasta este rincón de Italia. —Juan lo miró. Era difícil enfadarse con alguien que no tenía la culpa de nada—. Sé a lo que se dedica.
—Me dedico a muchas cosas —respondió Juan, seguro de saber a lo que se refería.
—Sé lo que le proporciona su cómoda vida.
—Entonces sabe demasiado.
—También sé lo que pasó con Flavia.
Juan respiró profundamente...
—Qué demonios, fue solo un verano, en España. Lo que era entonces y lo que soy ahora son cosas distintas.
—Un verano puede cambiarlo todo... —opinó Orso—, pero los españoles nunca cambian y lo necesitamos en Florencia. Flavia lo necesita. Déjeme explicarle.
Juan obedeció. Permaneció en silencio mientras el sacerdote empezaba a detallar el plan más arriesgado, audaz y, de entrada, innecesario que jamás le habían planteado. Uno dictado por el corazón en vez de por la cabeza.
Un Botticelli, un dictador y un expolio. Un cambio imposible. Un palacio florentino.
Y frente a todo, la mujer a la que no había conseguido olvidar.
Un mes después, tras llegar a la ciudad de los Medici, se acercó en su coche al Ponte Vecchio a la hora señalada. Allí, con la misma expresión satisfecha y la sotana negra con la que lo había conocido, lo esperaba el padre Orso.
Juan sentía cierta simpatía por él. Al verlo, el sacerdote lo saludó y se acercó a paso ligero, subió al asiento de copiloto sin preguntar e hizo que Lapsus se tuviera que colocar incómodamente entre sus piernas.
—Vaya hacia allí —le indicó con la mano mientras achuchaba al perro.
—Juan obedeció—. Es maravilloso que esté aquí, y su perrito también.
Su alojamiento ya está listo. Me he ocupado yo mismo de que esté muy cómodo y de que cuente con espacio suficiente.
No hay razón para que uno esté mal si puede estar bien; al fin y al cabo, usted no ha hecho voto de pobreza.
—¿Lo cumple usted?
—No, lo cierto es que no. Me alojo en el Palazzo Ruspoli. —Sonrió—. Es una suerte que los católicos prósperos sean numerosos en esta ciudad.
—Una suerte, sin duda —dijo Juan. Miró a Orso y cruzó una sonrisa con él, que acercaba la cara al labrador acariciándolo con las manos.
—Gire por ahí —le indicó, levantando la cabeza.
Accedieron a una calle de un solo carril, jalonada de edificios dispares, y Juan detuvo el coche donde el sacerdote le indicó.
Orso descendió, abrió el portón de un local y le pidió que metiera el Bugatti, cerrando de nuevo luego.
Juan miró alrededor de aquel garaje estrecho y pequeño, y deseó que su alojamiento fuera mejor que el de su coche.
—Es por aquí —le informó el sacerdote mientras abría una portezuela que le había pasado inadvertida a Juan y subían por una escalera estrecha.
A medida que ascendían, la luz se aclaraba.
Cuando la escalera acabó, Juan se encontró en un ático grande, abuhardillado en algunos puntos, totalmente vacío, con una cama en un lado y un gran ventanal en el otro, al que se enfrentaba una mesa de caballetes de varios metros de largo.
Las paredes mostraban en algunos lugares frisos y figuras desvaídas.
Centrada en medio de la nada, sobre el suelo de barro cocido, una bañera de patas parecía desubicada.
En una esquina adivinó lo que faltaba del cuarto de baño.
El padre giró sobre sí mismo extendiendo los brazos.
—Creo que estará bien aquí.
—Es...
—Es perfecto —lo interrumpió—. Nadie lo molestará. La escalera sube directa hasta arriba. Solo hasta arriba. Asómese. Puede bajar a su perrito al patio si quiere.
Juan obedeció acercándose a la ventana. A un lado se perfilaba un techo alargado; al otro, un palacio con un gran jardín, con cipreses y tilos y una buena extensión de hierba sobre la que había macetones de terracota con limoneros. Un patio grande se adivinaba un poco más adelante.
—A la derecha tiene la iglesia de San Giovannino dei Cavalieri. El palacio de la izquierda es el Pandolfini, la residencia del conde y, lo más importante, el lugar de entrega del Botticelli de los Viel.
—¿Cómo sabe todo eso?
—El conde se lo contó a un sacerdote de mi congregación.
Está horrorizado con la idea de que Hitler pise su propiedad, pero, como es obvio, no ha podido negarse.
La calle de abajo, Via San Gallo, es perfecta para que el Führer acceda sin problemas y pueda luego partir sin pasar por el centro de la ciudad.
—Con el cuadro falso.
—Eso es. El que usted pintará.
—Conoce mis exigencias. No he decidido nada aún —mintió.
—Flavia vendrá a visitarlo esta tarde. Compré todo lo que me indicó. Lo tiene sobre la mesa. Me costó encontrar cuadros antiguos y no ha sido nada barato, pero espero que le satisfagan.
—¿Son de la misma medida que el Botticelli?
—Exacta. Me ocupé de ajustarlos.
—Bien. ¿Y el marco?
—Un artesano está en ello. Por fortuna, tiene el mismo dibujo que otro de los cuadros de la colección Viel, así que lo podemos copiar con exactitud...
—Sonrió, cambiando de tema—. Le dejo. Puede dar una vuelta.
—Se acercó a Lapsus para arrodillarse, cogerle la cabeza y acariciarlo—.
Perrito bueno —dijo antes de levantarse—.
A menudo paseo por los jardines de Boboli, así que me lo puedo llevar si lo desea.
Se lo pasará bien. Quizás haya una buena italiana para él.
—Prefiero a las españolas —bromeó Juan, irónico—. Deje al pobre animal.
—Ah, sí, las españolas... Siempre lo paso bien cuando voy allí —comentó el cura sin importarle lo que Juan interpretara.
Luego sacó una llave de gran tamaño del bolsillo de su sotana y la dejó sobre la mesa, le sonrió, acarició un poco más a Lapsus y volvió por donde habían llegado.