El falsificador 10. JUAN REZOLA
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10. JUAN REZOLA

JUAN REZOLA

Enamorarse de Flavia Viel. Ser abandonado por Flavia Viel.

Ir a Italia en su busca.

Ser abandonado de nuevo.

Instalarse en Italia huyendo de la guerra española.

Ser reclamado por Flavia Viel para que lo ayudara en una arriesgada misión.

«Flavia», se repitió Juan Rezola en la cabeza tras repasar una vez más los hitos de su vida durante los últimos dos años.

Aquel nombre se repetía como un mantra. Hacía dos años que la italiana guiaba sus pasos sin que él pudiera resistirse.

Desde que se habían conocido en el verano de 1935 hasta aquel día de agosto de 1937.

Con el corazón roto y la cabeza hecha un lío, llegó a Florencia entre el sofocante calor del verano, nuevamente por voluntad de Flavia Viel.

El sol tostaba las calles y, como siempre, las multitudes las hacían incómodas de transitar, lo que no ayudó en nada a que su humor mejorara.

En su casita del golfo de Trieste, los pinos atenuaban el clima, y siempre podía lanzarse al agua si la temperatura subía demasiado, pero Florencia era otra cosa.

Cuando uno piensa en los bonitos parques que la rodean, no recuerda que en el interior de la ciudad los árboles son escasos y que, cuando aparecen, rara vez lo hacen fuera de los jardines privados de los palacios renacentistas.

En la calle todo es severo, duro y caluroso.

Magnífico, sin duda, pero no para Juan, que se acaloraba con facilidad y sudaba mucho más de lo que habría tolerado cualquier otro.

Lapsus, su labrador negro, tampoco parecía demasiado contento, a pesar de que siempre lo estaba si lo tenía cerca.

Flavia había mandado a un sacerdote amigo suyo a reclamar la ayuda de Juan desde su retiro en Trieste y, aunque este había tratado de resistirse, había acabado por aceptar.

No verbal, pero sí tácitamente, pues estaba en Florencia, donde lo reclamaban.

Sí, había aceptado el trabajo, pero antes exigió ver a Flavia.

Quería verla avergonzarse y disculparse.

Quería, en definitiva, castigarla, y que ella lo necesitara era una suerte del destino que no estaba dispuesto a desaprovechar.

La última vez que se habían visto, Flavia le había roto el corazón. Lo siguiente que supo de ella era que necesitaba ayuda. Las cosas no funcionaban así.

A unos metros, distinguió la figura negra del padre Orso. La misma que había aparecido hacía unos meses en la cala de Trieste en la que se había recluido. Su imagen ya formaba parte de las que nunca se borrarían de su memoria.

Desde hacía poco más de un año, era un extranjero en Italia.

Uno que había llegado en busca del amor y se había quedado por la guerra.

Resultaba irónico. El desenlace de su relación con Flavia y el inicio de la Guerra Civil en su país lo habían anclado a una pequeña casita de la costa, parecida a la suya en algunas cosas, pero que no conseguía del todo evitar su añoranza.

No era momento de volver a España, pero volvería.

En Trieste trataba de convencerse de que estaba donde quería y, sobre todo, con quien quería, es decir, solo con su labrador negro.

Lo había llamado Lapsus porque lo había adoptado en un lapsus de su fría mente cuando se lo ofrecieron, pequeño, peludo y dormido, en el jardín de la villa palladiana de uno de sus clientes.

Le gustaba estar solo, y su primer año en Italia se estaba pareciendo lo suficiente a sus últimos años en España. El plan era seguir así. Pero, aunque Juan no hacía planes con nadie, Flavia tenía uno que lo implicaba a él.

Había pasado un mes desde el 8 de julio de 1937, que recordaba como un mal día.

Volvía con el motor de su barca casi al ralentí, con el sol en la cara, la piel salada, la botella vacía y el mar tornándose rápidamente plano como un plato cuando Lapsus se levantó, avanzó hasta la proa y ladró un par de veces a la novedad que aparecía cerca del cabo de los Ángeles.

Sobre la roca, mirándolo como si le estuviera esperando, un hombre vestido de negro permanecía en pie. Hacía meses que nadie visitaba la cala y la presencia de aquel desconocido no le gustó.

Llego a la playa, fondeó, paró el motor e inmediatamente el zumbido de las cigarras lo llenó todo.

Miró hacia las rocas, deseando que la figura extraña hubiese desaparecido, y se alegró al no verla.

Se tiró al agua seguido de su labrador y nadó hasta la playa.

Desde allí enfiló las escaleras de su casa.

La había localizado la misma semana en la que decidió olvidar a Flavia y recordar su país desde la lejanía. Hizo una oferta sin saber si era lo correcto, casi como una huida hacia delante, con la misma ilusión por que los propietarios la aceptaran o la rechazaran. Habían aceptado.

En los meses que llevaba allí, a pesar de su decisión impulsiva, no se había arrepentido.

La casa estaba a tan solo unos metros del agua, un poco en alto, enraizada entre pinos, resguardada del viento por la colina que llamaban el Salvador y del mar violento por las rocas que cerraban la bahía.

Cuadrada, de una planta y techos altos, su teja vidriada verde se camuflaba entre los pinos.

Las ventanas se abrían a la cala, y el olor a salitre, a pinaza y a resina se mezclaban como en ningún lugar que hubiera conocido.

Tenía una gran terraza de grava desde la que se dominaba el mar, y un pequeño muelle y un mirador redondo, en el que había instalado su caballete de pintor.

En invierno, una chimenea desproporcionada calentaba la casa rápidamente y ofrecía un sonido que era la mejor música para las historias que se acumulaban en su amplia biblioteca.

Juan Rezola se levantaba tarde, pintaba, salía (o no) a navegar en su barca, comía, dormía, leía, cenaba y se iba a dormir tarde, a menudo tras un último baño en el mar. Resignadamente satisfecho de estar solo.

Por eso aquellos golpes en la puerta lo molestaron. Lapsus volvió a ladrar, aunque Juan supo que era de ilusión.

—Perro traidor —le dijo, observando su rabo moverse de lado a lado mientras ambos se dirigían a la puerta.

Se abrochó la camisa y abrió sin ninguna intención de parecer amable, pero en su puerta encontró la sonrisa de alguien dispuesto a lo contrario.

Era del tipo de personas que caminaban por el borde del sobrepeso sin caer del todo en él. Sonrosado, con pelo escaso y negro que cubría con un sombrero indefinible y vestido completamente de oscuro. Apolillado y demasiado abrigado para aquel día de calor.

—¿Qué desea? —preguntó Juan, directo. Lapsus se puso a dos patas e intentó lamerle la cara. Juan lo miró con odio.

—Oh, oh... —dijo el desconocido, acariciando al labrador mientras trataba de quitárselo de encima—. Cucciolo, cucciolo —repetía.

Cogió a Lapsus del collar y lo acercó a él. El desconocido comprendió que debía presentarse.

—Soy el padre Alberto Orso, vengo de Roma. ¿Es usted el señor Rezola?

—Lo soy —respondió Juan.

—¿Puedo pasar?

—No —replicó al instante—, ¿qué es lo que quiere?

—Traigo un mensaje de una amiga suya. De Flavia. Flavia Viel.

Juan miró al hombre de arriba abajo y, sin disimular cordialidad, le dijo:

—Váyase. No conozco a nadie con ese nombre. —Y cerró la puerta en sus narices.

Era tarde. Tarde para Flavia.

Juan quiso creer que con el portazo en la cara del padre Orso el hombre habría desaparecido.

No hizo falta que hiciera caso a la lógica para saber que alguien que había llegado a su puerta en una cala remota de la costa de Trieste no se rendiría tan fácilmente, pues la prueba de su persistencia se veía a través de la ventana.

Sentado en un poyete, de espaldas a él, mirando al mar, el hombre parecía dispuesto a envejecer donde estaba, ejerciendo una resistencia silenciosa imposible de vencer.

No, el padre Orso no se iba a ir.

Se sirvió una copa de vino y salió a su encuentro. El sonido de sus pasos sobre la grava alertó al sacerdote, que se giró hacia él. Sonrió sin malicia y, sabiendo de su triunfo, decidió celebrarlo.

—Yo también tomaré una copa —dijo al verlo.

—Traeré la botella —replicó Juan, malhumorado.

Hizo lo acordado y se sentó junto al cura, también mirando al mar, que plateaba al reflejo de la luna.

—Así que Flavia, eh. —Juan había intentado olvidar ese nombre.

—Me dijo que reaccionaría así.

—Sabe que no merece otra cosa.

—Espera merecer su ayuda. En situaciones como las actuales, cualquier rencilla se queda en nada. Ya habrá tiempo para que hablen sobre lo que fuera que los enemistara.

—No me enemisté.

—Decidió olvidarla.

—Eso sí.

—La señora Leone necesita su ayuda. Su familia tiene problemas con el Duce. Bueno, quizás no exactamente con él..., pero sí con sus leyes, con su Gobierno.

—Ese Mussolini. —Juan suspiró—. A mucha gente le gusta ese hombre por aquí. Yo trato de olvidar a todos los que se presentan como un mesías.

—Solo hay uno.

—No para Flavia.

—También para ella, pero que no es el mismo que para nosotros.

—Los judíos siempre llevando la contraria.

—Eso mismo piensa Mussolini.

—No me compare con él.

—Ha sido usted quien lo ha hecho. Pero no vengo a juzgarlo. Eso queda en manos de Dios.

—Usted es un sacerdote...

—Católico.

—Amigo de una judía.

—Mucho. Desde hace muchos años. Los Viel llevan siglos instalados en San Raffaello, en los Abruzos, de donde yo procedo.

Flavia y yo somos amigos desde la infancia.

A nadie le importaba entonces que fueran judíos y a mí tampoco me importa hoy.

Los Viel siempre han sido muy respetados, pero parece que los tiempos que se acercan no son buenos para ellos.

—No sé nada de eso.

—El Gobierno del Duce mira al del Führer. Eso crea inseguridad a los judíos. Los previsores han iniciado la diáspora, pero muchos se están resistiendo a hacerlo aún. Es mucho lo que los une a Italia.

—Flavia no se irá.

—No. No aún, no sin antes haberse asegurado de que algo de su legado familiar se va con ella.

—Jamás habría dicho que fuera una mujer con apego a las cosas materiales.