9. TRES PARA ACABAR CON DOS #2
—Sí, algo así. Estoy estudiándolo. Quizás una chaqueta con un explosivo pequeño, pero suficiente para matar al que tenga cerca. Algo que podamos coser al forro, o al cinturón, que pase desapercibido para todos.
—Incluido él —apuntó Andrea.
—Incluido el guía, sí, claro.
—Va a morir.
—Sí, si con ello mueren los que tiene cerca. Al menos Mussolini. Esa es la idea.
—Vamos a matar a un inocente.
—Mataría a más de uno si con ello librara a Europa de lo que la amenaza.
Me sacrificaría yo sin dudarlo —afirmó Matteo—, pero aún no tengo claro cómo lo vamos a hacer, así que no saquemos conclusiones.
Lo primero que debemos averiguar es quién acompañará a Mussolini y a Hitler.
Probablemente sea más de uno, pero su cercanía nos beneficia mucho.
Quizás se pueda articular una acción con la complicidad de esa persona y no sea necesario que muera un inocente.
Lo que os digo es que va a haber alguien, no un militar, sino un civil, codo con codo con los dos hombres más peligrosos de Europa, y que debemos aprovechar la situación.
Pese a su edad, Andrea era a menudo más realista y menos impulsivo que su padre. El joven comprendía la oportunidad, pero el planteamiento no era tan fácil como suponía.
—No has matado a nadie en tu vida. No sabes hacerlo —le dijo a su padre—.
Tu mano temblaría como una hoja al encañonar a tu víctima, que acabaría por no serlo.
Tampoco darás una maleta con una bomba a un incauto que morirá sin saberlo, por más que en tu cabeza te resulte lógico, que lo es.
Santo y yo quizás pudiéramos disparar, pero planificarlo todo requiere experiencia.
No somos terroristas. Somos conspiradores de poca monta, pero tenemos acceso a lugares a los que otros no llegarán nunca y podemos conseguir la información de esta visita a través del guía.
Puede que logremos que colabore con nosotros, que, gracias a él, conozcamos los puntos débiles de la seguridad, o que podamos intervenir en el diseño del programa para crear esos puntos débiles, pero no conseguiremos que se inmole por la causa.
Nuestro objetivo debe ser localizar al guía y que planifique la visita con nosotros.
Si entramos de su mano, de la nuestra puede hacerlo un profesional.
Quizás un francotirador o un experto en venenos o en el arte de matar en cualquiera de sus formas.
O quizás tan solo necesitamos que ese profesional nos diga qué hacer.
Estamos en un país con personas dedicadas a eso desde generaciones.
Una idea cruzó la cabeza de todos. Matteo y Andrea miraron a Santo, pero solo el primero se atrevió a pedirle que materializara el pensamiento que sobrevolaba la conversación.
—Tal vez haya llegado el momento de retomar el contacto con tu padre. Por una vez, tu familia puede obrar algo bueno —le dijo Andrea.
—Mi familia —musitó él—. Es precisamente de ellos de quien he tratado de apartarme toda la vida —dijo Santo, sabiendo bien lo que le pedían.
—Odian al Duce tanto como nosotros y están acostumbrados a ser expeditivos —intervino Matteo—.
Ha llegado el momento de que se impliquen en su final.
Sabes bien que conocen técnicas, gentes y materiales, y que pueden sacar partido a todo lo que nosotros averigüemos.
Les abriremos la puerta... y ellos actuarán.
—Ya lo hacen. El poder de Mussolini languidece cuando se acerca al sur. Su visita a Sicilia fue un completo desastre. Puedes estar seguro de que el que quiera acabar con el Duce terminará por contar con...
—La Cosa Nostra —acabó Matteo.
—Sí, con mi familia —replicó Santo, cabizbajo.
—Ve a verlos. Sabrán cómo actuar, quizás quieran implicarse. Tan solo haz eso. Sabrán cómo seguir. Justicia y Libertad resulta demasiado... idealista, poco experimentado para lo que nos ocupa. Pregunta a tu padre. Aunque no quiera participar, nos orientará.
—Si se lo pido yo, no tengo ninguna duda de que lo hará. Tanto por acabar con su enemigo como por implicarme a mí en lo que precisamente hizo que me apartara de él.
—Tu madre hizo bien trayéndote aquí. Eres una persona limpia, honesta. Un ciudadano de bien.
—Pero parece que tendré que ensuciarme al final.
Andrea y Matteo lo miraron en silencio. Ellos, que habían sido la vía de escape de Santo a una vida destinada a la violencia, la extorsión y la muerte, le pedían que volviera al lugar del que había escapado. Y lo peor era que Santo sentía que no tenía opción.
—Iré a Sicilia —dijo al fin, sabiendo que no había nada que pudiera hacer.
Matteo sonrió, se acercó a él y le puso las manos en los hombros.
—Te conozco bien. Eres mejor que ellos. No temas. Que ocasionalmente nos asociemos con la mafia siciliana no nos convierte en mafiosos. También las águilas reales comen carroña cuando no hay más remedio.
—Aunque vean a los buitres alimentarse de ella siempre.
—Eso es. Un águila real es un águila real. Tú eres tú.
—Recordaré eso —dijo Santo.
—Adelante entonces —replicó Matteo.
Se miraron los unos a los otros, convencidos de la importancia del paso que iban a dar.
La historia decidiría si la justicia y la libertad llegarían de su mano.
Jamás habrían imaginado que pudieran llegar de la mano de la Cosa Nostra.