El falsificador 9. TRES PARA ACABAR CON DOS
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9. TRES PARA ACABAR CON DOS

TRES PARA ACABAR CON DOS

Eran las cuatro de la tarde cuando Santo Testa llamó a la puerta del palacio Maratti, situado a pocas manzanas del Duomo, en una calle estrecha del centro de Florencia que acababa en la pared almohadillada del edificio.

Pese a su importancia, el palacio no era célebre y ningún turista reparaba en su fachada, pues la principal, barroca y cargada de nichos con bustos de mármol y columnas clásicas, se encaraba al jardín, que solo visitaban la familia y algunos pocos privilegiados.

Santo era uno de ellos. Lo llevaba siendo desde hacía siete años.

El mayordomo lo saludó con una sonrisa y se ahorró acompañarlo a la glorieta del jardín donde lo esperaban.

Santo, que había andado esos mismos pasos en infinidad de ocasiones, enfiló el sendero que atravesaba el vergel hasta el templete.

El espacio jugaba inteligentemente con la vegetación para parecer mayor, pero era en realidad una mancha verde de escaso tamaño que, encerrada entre las paredes del patio de manzana, daba cabida a una veintena de cipreses, limoneros, laureles y un gran cedro.

En cualquier caso, nadie discutía que tener jardín en el centro de la ciudad resultaba un enorme privilegio.

Saludó a sus amigos y se sentó junto a ellos.

Padre e hijo le sonrieron como al familiar que sentían que era.

Era una casa de hombres, a pesar de que los tres que se encontraban en el jardín eran extremadamente devotos de las mujeres.

Matteo, el mayor, un viudo en la sesentena, aún hablaba cada noche con el retrato de su mujer, una figura que también había marcado a su hijo Andrea, quien con veinticinco años pensaba en ella antes de tomar cualquier decisión.

El caso de Santo era atípico: aunque había pasado muchos años alejado de su familia, que seguía en Sicilia, no había cortado jamás el hilo con su madre, una mujer estricta que lo había protegido sacándolo de la isla y que, incluso desde tan lejos, le mandaba cartas cada semana y lo aleccionaba para que no se convirtiera en nada remotamente parecido a su padre.

Con todo, lo que los había unido era la justicia y la libertad. Las dos palabras que daban nombre a un grupo de valientes que el fascismo perseguía dentro y fuera de Italia.

Justicia y Libertad era el movimiento antifascista más activo desde su fundación, hacía casi una década, por parte de algunos célebres exiliados políticos italianos.

Era un grupo que aglutinaba a personas de diferentes orígenes —socialistas, liberales, republicanos—, en general, cultivadas y alejadas de la radicalidad.

Querían acabar con el fascismo, pero rechazaban con igual fuerza el comunismo estalinista.

Defendían el humanismo laico, el parlamentarismo, el sindicalismo libre y la economía mixta.

Su lema era claro: «Justicia social sin dictadura, libertad sin privilegios».

«Lo lógico», decía a menudo Matteo, para el que cualquier otra cosa resultaba absurda.

Su mujer había sido monárquica y su cuñada aún era dama de honor de la reina Elena, pero para él la adhesión a los Saboya era, en aquellos días, muy difícil de justificar.

Los había dignísimos y valientes, pero ninguno se había bajado públicamente del tren que llevaba al rey al desastre.

No lo esperaba, pero, como no podía entender que el resto de sus compatriotas no lo vieran tan claro como él, se guardaba de expresar sus opiniones fuera de los muros de su palacio, donde era un fiel monárquico y un destacado afiliado del Partido Fascista.

Contradictorio quizás, pero muy habitual también.

Los tres hombres formaban una de las células de Justicia y Libertad en Florencia. Creían que la única, pero no estaban seguros, pues el éxito de la organización se basaba en que una célula no conociera a las demás, de forma que, de ser capturada, no pudiese delatar a nadie.

Hasta entonces sus acciones habían sido menores.

Los jóvenes repartían panfletos, pegaban carteles y realizaban pequeños sabotajes sin demasiada importancia.

Dejaban el periódico de la organización, Giustizia e Libertà, en lugares estratégicos.

Matteo, que financiaba lo que podía, se exasperaba con su insignificancia, porque estaba seguro de que era imposible acabar con un régimen como el que sufrían con aquellas nimiedades.

Al atardecer del día anterior le habían entregado una carta.

Como su autora, él también se había hartado.

En su cara, los dos jóvenes leyeron aquel ánimo.

—Lo primero que quiero saber es si esto os satisface. Si os llena. Si creéis que lleva a algún sitio. —Los discípulos se miraron—. Tú, Santo, ¿te satisface? ¿Crees que estás cambiando en algo el mundo o tan solo bajando un poco el volumen de la música que no te gusta?

—Yo...

—¿Y tú? Dime, hijo mío: ¿crees que lo que estás haciendo merecerá un lugar en la historia?

—No —dijo Andrea, completamente convencido—, hace tiempo que creo que arriesgamos mucho por muy poco.

Nos encerrarían sin dudarlo por repartir cuatro panfletos y cortar algunos cables.

Nuestras acciones tienen el mismo efecto que el de una mosca que espantas con la mano.

Molestan, pero no alteran. No vale la pena. No sirve de nada.

—Muy cierto —replicó Matteo—, y ha llegado el momento de decidir. La vida nos hace elegir. Nos obliga a definirnos. A calibrar. ¿Queremos realmente acabar con este régimen?

—Sí —dijo Santo sin dudarlo.

—Sí —confirmó Andrea con el mismo aplomo.

—Esta vez no os arriesgaréis a una detención, sino a la muerte. Porque no vais a sabotear nada material: quiero que acabéis con una vida. Con dos quizás.

—¿Asesinar? —preguntó su hijo, sorprendido.

Matteo se puso de pie y les dio la espalda, mirando hacia su espléndido palacio.

—Sí, y no debe escandalizarte. Se mata mucho y mal. Es una de las calamidades de la historia que se repiten. Se mata a muchos inocentes sin motivo. Yo quiero que matemos poco y bien. Ojalá se hiciera más.

—¿Matar más?

—Con más frecuencia y de manera selectiva.

Más veces, a menos personas y mejor elegidas.

La humanidad tendría que haber acabado con muchos antes de que actuaran: Lenin, Robespierre, Calígula o Nerón, Herodes, Enrique VIII o Vlad el Empalador.

Lo que propongo es que por una vez lo hagamos bien.

No me importa demasiado pasar a la posteridad, pero, aunque anónimamente, sí querría dejar algunas cosas solucionadas.

—Explícate —pidió Santo, para quien Matteo era una referencia desde poco después de haberlo conocido.

—Tengo un contacto en las altas esferas, uno con información única y una animadversión al Duce tan grande como la nuestra.

Sabe de mi implicación en Justicia y Libertad, aunque no de nuestras acciones.

En cualquier caso, es una fuente muy valiosa de información...

Y me ha confirmado que Hitler viene de visita. A Italia. Aquí.

—Nunca hablamos de matar a Hitler..., ¿verdad? —dijo Andrea.

Su padre se giró para mirarlo a los ojos.

—No, aunque le desee la muerte, nuestro objetivo es otro.

Pero sería un daño colateral estupendo. Los amigos de nuestros enemigos son nuestros enemigos.

A quien quiero matar es a Mussolini y a su régimen, que asfixia poco a poco nuestra libertad.

Respecto a eso, creo que se abre una oportunidad.

Mi confidente me informa de que se está elaborando un programa para el viaje de Hitler que parece que incluirá una visita a Florencia.

También a Roma y a Nápoles. La idea del Gobierno es agasajar al Führer con un recorrido que, además de importantes reuniones, tenga previstas algunas visitas culturales. Es conocida su pasión por el arte.

—No podemos decir lo mismo del Duce. Por lo que sabemos, nunca ha mostrado interés por la pintura ni por la escultura... —intervino Andrea.

—Mi informador coincide con él habitualmente y, en efecto, sabe que no lo tiene. Por ningún arte, ni los que has nombrado ni ningún otro. No escatimó en descripciones poco enaltecedoras respecto a sus intereses —confirmó su padre con una sonrisa irónica—. Al parecer, es tan zafio como parece.

—Pues esperemos que no sea él quien le explique a Hitler lo que vean, sobre todo si el alemán es un entendido —apuntó Santo. Matteo sonrió.

—Habéis razonado exactamente igual que yo desde que me llegó la información: Hitler va a necesitar un guía, varios tal vez.

No tardarán en empezar a buscarlos. Será alguien que estará cerca del líder, hombro con hombro, explicándole los tesoros de nuestro país.

No es nada descabellado pensar que viajen en el mismo coche, comentando lo que vean a su paso.

Ese hombre, ese erudito, estará en una situación privilegiada, cerca de los dos dictadores.

Entre ellos. Si quisiera, podría cambiar la historia en un instante.

—Implicaría su sacrificio.

—Quizás. Y es de esperar que busquen a alguien que jamás se planteara hacer ningún daño a los dos jerarcas.

Lo contrario no sería realista. No obstante, sí es muy posible que escojan a un guía florentino para mostrarle nuestra ciudad.

Debemos averiguar quién es. No debería sernos difícil.

Cuando lo sepamos, actuaremos en consonancia.

Quizás incluso podamos infiltrar a alguien que nos favorezca.

—No conseguirás hacer de un erudito del arte un terrorista, por más dinero que le ofrezcas —le aseguró Andrea.

Matteo se quedó unos segundos en silencio antes de responder. Lo había pensado casi todo.

—Tienes razón, pero puedo utilizarlo de caballo de Troya sin que él lo sepa. En cuanto haya pasado los primeros controles, será fácil que lleve algo encima que podamos utilizar. Que colemos algún artefacto en su equipaje, si lo lleva, o quizás en su indumentaria.

—¿Una bomba? —preguntó Santo, que empezaba a interesarse en serio.