El falsificador 8. LA INFILTRADA
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8. LA INFILTRADA

LA INFILTRADA

El canto de las cigarras era el sonido de fondo de aquella tarde, en la que, una vez más, el sol tostaba la fachada principal de Villa Savoia.

Ni siquiera las persianas entrecerradas y el frescor que daban las casi doscientas hectáreas de fronda que los rodeaban en plena Roma eran capaces de atenazar el calor de agosto.

Humberto hacía días que estaba de caza en Raconnigi y la había dejado sola una vez más, pero se había acostumbrado y había aceptado que su matrimonio siempre se parecería a lo que ya conocía.

Que Humberto fuera —se pusiera como se pusiese— homosexual no había sido un problema para que un primer hijo ya correteara por los pasillos de su casa, pero lo cierto era que, al margen de aquellos encuentros motivados más por el deber que por el placer, su marido la trataba cada vez más como a una amiga y menos como a su mujer.

Humberto era un buen hombre, pero habría sido infinitamente más feliz en otra familia y sin el peso de su fervorosa devoción, que, en vez de aliviarlo, lo atormentaba día y noche y le hacía sufrir cada vez que pecaba dando rienda suelta a sus impulsos.

En cualquier caso, María José había sido educada para soportar muchas cosas y mantener la dignidad, aunque todo se derrumbara a su alrededor.

Era inteligente, guapa y valiente, con profundos ojos azules, tez blanca, boca pequeña y cuello fino.

Regia en cada uno de sus movimientos, aunque no reinara en ningún lugar.

A su lado, su marido, aunque no exento de apostura, resultaba menos vistoso siempre, por más que los uniformes del Ejército italiano ensalzasen la figura de cualquiera.

Eran malos tiempos para la familia, que repetía errores que habían llevado a muchos parientes a tener que exiliarse mientras observaban la aproximación de un monstruo que, con distinta cara, tenía movimientos reconocibles.

El totalitarismo siempre acababa por provocar el desastre, y María José luchaba como podía por evitar que se produjera.

Por suerte, su determinación aplacaba un poco su miedo.

Observó desde su ventana cómo el coche se detenía ante la puerta y su invitado entraba con paso firme en la villa.

Sin necesidad de que lo anunciaran, bajó las escaleras para recibirlo.

En el vestíbulo ya le recogían el sombrero cuando ella lo saludó y lo hizo pasar a su despacho, ubicado en esa misma planta y con vistas a un jardín viejo de pinos y cipreses que se perdían entre laderas sinuosas.

Cerró la puerta y corrió las cortinas, como hacía cada vez que recibía una visita como aquella.

El conde Sforza siempre conseguía visitarla y darle noticias cuando pasaba por el Vaticano.

Diplomático en el exilio, María José se valía de su experta mirada y de su acceso privilegiado a los círculos del poder europeos para comprender la situación en la que se encontraban.

—Sabemos que al menos dos de los lacayos más jóvenes son informadores del partido, así que es de suponer que haya alguno más. Toda precaución es poca. Las paredes de este lugar tienen oídos, y lo mismo pasa en todas las casas de la finca. No querría ponerlo en un compromiso, querido amigo.

—He dado el nombre falso que me indicó.

—Ya, bueno. A veces creo que soy muy inocente, pero esperemos que no miren demasiado en esta dirección. Es todo gravísimo.

—Los Roselli.

—Sí, no puedo creerlo. Y no soy la única. Varios de mis amigos se horrorizaron con la noticia.

Hacía algo más de un mes, Carlo y Nello Roselli, fundadores del movimiento Justicia y Libertad, habían sido asesinados en París, donde vivían exiliados.

Aunque la autoría del crimen había sido adjudicada a la Cagoule, una organización secreta de pistoleros de ultraderecha, diversos informes apuntaban a que tras ellos estaba la OVRA, la temible Policía secreta de Mussolini.

Los Roselli no eran unos revolucionarios al uso, sino intelectuales cultivados, bien relacionados con los círculos liberales y con la aristocracia romana.

Con todo, su asesinato había servido para que muchos de los opositores al régimen que aún dudaban en actuar dieran un paso al frente. María José era una de ellos.

—¿Realmente cree que es posible que el Estado italiano esté eliminando a intelectuales, a personas, a causa de sus ideas?

—No tengo ninguna duda. La inteligencia vaticana está absolutamente convencida y otras fuentes fiables opinan lo mismo —le confirmó su invitado.

—Este país se encamina al abismo y parece que nadie lo ve.

—El Duce visitará al Führer en un mes. Está todo listo para su viaje a Alemania. El acercamiento de los dos países parece no tener freno. La admiración es mutua.

—Mussolini se ha enamorado de un monstruo. Cuando despierte, Italia ya no será suya.

—Parece claro que el viaje no hará sino alimentar más su ambición. Hitler se rodea de masas, y no me cabe duda de que querrá mostrar la fuerza del pueblo alemán, que parece capaz de seguirlo a donde desee con fe ciega.

—Los alemanes están enloquecidos de obediencia. Ese Hitler está poseído, no inspirado.

—Tenemos confirmación de que el Führer corresponderá a la visita del Duce.

—Hace tiempo que conocíamos ese rumor.

—Ya no lo es. Creemos que será en mayo del año que viene.

Roma, Nápoles y Florencia. Es una visita importante para Mussolini, por supuesto.

Hitler es un amante del arte y pretende que a las numerosas reuniones previstas le siga un programa más lúdico, en el que vea los tesoros de nuestro reino.

Se está preparando todo con mimo. Personajes como los que nos ocupan son viscerales: si la visita es un éxito, Mussolini afianzará más aún la unión de nuestros pueblos; si no lo es, las consecuencias pueden variar desde la nada hasta el todo.

—En ese caso ya sabe lo que necesitamos. —El conde Sforza esperó a que María José se respondiera a sí misma—. Debemos conseguir que sea un completo fracaso.

—No puede comprometer a la familia real.

—El rey ya la ha comprometido. Pero no, no seré yo quien insista.

Es tan solo que... Pienso que estas cosas son más importantes de lo que parecen.

Rara vez los humanos escapamos completamente de lo que nuestro corazón dicta.

Rara vez dejamos que sea únicamente la razón la que mande.

Si esa visita le trajera malos recuerdos al Führer...

; si, por alguna razón, cuando vuelva sobre ella, en su cara no se dibuja una sonrisa, las consecuencias podrían ser enormes.

—Es lo que le decía: el fracaso de la diplomacia blanda.

—Sí, eso es.

—Lamentablemente, en su posición debe ser muy cauta. Estoy seguro de que no le gustaría verse en mi situación. Estar exiliado no es un plato de buen gusto para nadie, pero menos aún para familias como las nuestras.

Sforza tenía razón, como casi siempre. Su clarividencia ayudaba a María José a entender la magnitud del desastre que se aproximaba.

Una situación contra la que estaba dispuesta a luchar mientras se obligaba a no desanimarse.

Ella, una princesa belga casada con un príncipe italiano en la más frágil de las situaciones, donde cualquier gesto podía traer su ruina y cada palabra era susceptible de ser malinterpretada y retorcida para hacerles daño.

Despidió a Sforza y reflexionó en silencio hasta armarse de valor. Debía pasar al ataque. Si ella sola no podía derrocar al Duce, debería buscar ayuda, y sabía bien dónde encontrarla. Tiró del llamador y enseguida una doncella apareció en su puerta.

—Llame a Filipo.

El joven no tardó en aparecer frente a ella.

Había sido mozo de víveres hasta que María José descubrió que era demasiado avispado para dedicarse solo a eso.

Desde entonces, con la excusa de su trabajo, que lo obligaba a viajar a diferentes lugares en busca de los productos que surtían a Villa Savoia, ella lo utilizaba de correo.

Delgado, bajito e inquieto como una lagartija, Filipo seguía pareciendo un niño a sus dieciséis años, pero su cabeza, que el joven descubrió en cuanto apareció en la puerta, era madura y viva.

—Necesitamos perfume.

—¿Florentino? —replicó él.

—Eso es. Aquí tienes la receta. —Los dos sabían que el sobre que María José le entregaba no contenía una receta—. Casi no queda, así que urge. Entrégalo hoy.

El chico sonrió, pero ella no le devolvió la sonrisa.

Estaba realmente preocupada, y ayudar a los que podían cambiar las cosas se estaba convirtiendo en una prioridad acuciante.

Quizás en Florencia supieran cómo seguir.

Mientras, Italia mudaba de cara. La monarquía era arrinconada y nadie se atrevía a enfrentarse al enemigo, que, poco a poco, proyectaba su sombra sobre la familia real.

El rey parecía perdido, paralizado y sin saber cómo actuar.

Su trono se asentaba en tierras movedizas.

Era un problema para Italia.

Un problema para la monarquía.

Un problema para ella, la princesa del Piamonte, casada con su príncipe heredero.

«Justicia y libertad», se dijo mientras entregaba la «receta».