7. EL CAMBIO
EL CAMBIO
Flavia se quedó donde estaba unos segundos, paralizada. Enseguida, la luz iluminó el contorno del individuo que la acompañaba en aquella bodega.
Juan.
Respiró aliviada, pero, al tiempo que intentaba entender qué era lo que el español hacía allí, se molestó. Le había pedido tajante que se fuera y había dado el tema por cerrado. Ya lo habían discutido y no tenía tiempo para volver a hacerlo.
—Sé lo que vas a decir, pero he averiguado algo —dijo él—: No traigo buenas noticias.
—No conseguirás detenerme —le advirtió ella.
—No lo voy a hacer yo. Me he encontrado con Ranuccio.
—Con Ranuccio Bandinelli.
—Sí.
Flavia y Juan llevaban semanas analizando al encargado de mostrar las maravillas italianas al Führer, pero Ranuccio Bandinelli era hermético y, aunque la cordialidad era el signo de su relación y habían conseguido alguna información relevante, les había sido imposible bucear en su carácter.
—Pensaba que estaría ocupado con Hitler, al parecer lo que te contaron es cierto, el profesor no se ha separado de él desde que pisó suelo italiano —dijo Flavia.
—Eso ha hecho hasta anoche, cuando adelantó su llegada a Florencia. Un día antes que el Führer, para prepararlo todo. Ese es el problema.
—No veo por qué debería afectarme. —Flavia seguía hablando de la misión como de algo exclusivamente suyo.
—Te afecta porque, contra toda previsión, ha visto el cuadro. El Botticelli. El retrato de Colomba Corsini.
La italiana cambió un poco el gesto.
—Bueno, no hay problema. Quizás lo habría si hubiera visto el tuyo, si su ojo fuera mejor que tu arte. Si pudiera detectar que es falso, pero el que ha visto es completamente auténtico.
—Le costaría detectar que el mío no lo es. Le costaría mucho si no pudiera comparar los dos cuadros. Pero va a poder hacerlo. Como te digo, ya ha visto el auténtico.
—Y va a estar en la entrega —dijo Flavia lentamente, sintiendo cómo su plan empezaba a tambalearse.
—Sí. Él mismo me lo dijo.
—Da lo mismo. Lo cambiaré igualmente. Me arriesgaré.
—No puedes hacerlo. Ranuccio es uno de los mayores expertos en arte del país.
Si no hubiera visto el cuadro auténtico, si no hubiera visto el real, quizás podríamos engañarlo.
Pero ha visto el Botticelli original, y, si sigues con tus planes, hoy verá su copia.
No dudes de que detectará los cambios, de que verá algo raro.
Su ojo es mejor que el de cualquier otro, y no arriesgará su vida entregando un cuadro falso al hombre más poderoso del mundo.
Dios mío, Flavia, ese hombre es un afiliado al Partido Fascista Republicano.
A estas horas será casi amigo de Hitler.
—No lo creo. Es un afiliado más.
—Uno que ha pasado horas charlando con el Führer sobre arte, el tema que más les apasiona a ambos.
Mussolini no ha sido buen compañero en esas visitas y sus acompañantes alemanes tampoco tienen ninguna formación en pintura o escultura.
Hitler se ha apoyado en Ranuccio a cada paso.
Si el profesor era ya tan buen fascista como suponíamos, ahora lo será más...
; incluso, de no ser así, no arriesgará su vida si sospecha que puede entregarle a Hitler un cuadro falso.
—Flavia no quería escuchar, pero Juan tenía buenos argumentos—.
Si sigues con tu plan, llegará antes, verá mi copia, sospechará que no es el mismo cuadro y pedirá que se inicie una búsqueda en el palacio, que acabará por dar con el túnel.
Sabes que, mientras estén los camisas negras y la Gestapo en esta calle, nadie podrá escapar.
Cerrarán los accesos y buscarán puerta por puerta, casa por casa hasta dar con el cuadro... y contigo.
—Tu copia es perfecta.
—Mi copia es muy buena, pero la he hecho basándome en fotografías y en cuadros similares, del mismo autor y época.
He utilizado pigmentos antiguos, he pintado sobre un lienzo viejo y parecido; he hecho todo lo posible, pero, si colocas los dos cuadros, uno al lado del otro, un ojo experto detectará que no son el mismo.
Es un Botticelli perfecto, pero distinto al que os requisaron.
Perfecto para engañar a cualquier aficionado, incluso a un experto, pero no a Ranuccio.
Ninguno pensamos que alguien del nivel de él vería los cuadros.
Los dos. Menos aún en un intervalo tan corto de tiempo.
En la mente de Ranuccio Bandinelli, los cuadros estarán así, uno al lado del otro.
Los podrá comparar pese a tener uno delante y el otro en su cabeza.
Él mismo me dijo que estuvo una hora observándolo ayer mismo. ¡Ayer, Flavia!
—Es igual, ni yo misma reconocería la copia y he visto ese cuadro en un millón de ocasiones —intentó convencerse.
—Sabes que no. Lo sabes. Flavia, lo siento de veras, pero, si quieres salir con vida de esto, hay que abortar la operación.
—Me arriesgaré.
—No lo harás. Todos preferimos perder un cuadro que perderte a ti. No dejaré que lo hagas, aunque tenga que atarte de pies y manos o amordazarte.
En ese punto, ella pareció rendirse e, incluso en la penumbra de la bodega, Juan creyó ver sus ojos humedecerse. Luego, en silencio, se encaminó escaleras arriba. Juan la siguió con el cuadro falso.
Flavia se tumbó mirando al techo, vencida, en la cama del ático.
La de Juan. Su mirada era de impotencia, peor que de tristeza o decepción.
Por supuesto, estaba triste y decepcionada, pero, sobre todo, se sentía impotente.
Aún no había decidido darle las gracias a Juan, que a la postre podía haberle salvado la vida, pues la sensación de que lo que llevaba meses preparando se había ido al traste lo impregnaba todo.
Él cogió una silla, la acercó a la cama y se sentó al revés, abrazando el respaldo y mirándola.
—Siento que las cosas no hayan salido como querías.
—Aún —murmuró ella.
Se quedaron así, mirándose de vez en cuando, pensando en silencio hasta que, casi a las once, desde la calle, se empezó a escuchar la llegada de algunos coches y se acercaron a la ventana para ver lo esperado.
De un camión empezaron a saltar hombres de uniforme que, en perfecto orden, se dispusieron a acordonar la entrada de la Via San Gallo desde Via Salvestrina hasta Via delle Ruote.
Los pocos que circulaban por la acera los miraron tan solo unos segundos antes de acelerar para alejarse.
Un grupo de cinco guardias se colocó en cada extremo.
Otros dos entraron con perros. Poco después, a cada lado de la entrada al jardín del palacio Pandolfini se colocaron dos guardias y otros tantos se encargaron de vigilar la calle y cada una de las puertas de los edificios que tenían acceso a ella.
Una mujer se asomó un instante, pero enseguida fue obligada a quedarse dentro, cerrar la puerta y no insistir en salir.
Se despejó todo y se impidió el paso a los que hubieran querido circular por ella, a pie o en vehículo.
—Tenías razón. Como creíamos, nadie podrá salir hasta que los alemanes se vayan —confirmó Flavia.
Esperaron hasta las once y media, yendo de la cama a la ventana y de la ventana a la cama en silencio, pensativos y sin respuestas, para escuchar otro rumor de vehículos.
—Ahí llegan —indicó Juan al ver a una inconfundible comitiva acercarse desde el final de la calle.
Cuatro motocicletas y un coche oficial precedían el imponente Fiat Torpedo que se abría paso a través del cordón.
Tras él, otros dos coches, un pequeño furgón y cuatro motocicletas más cerraban la caravana.
Sin dilación, el coche se detuvo ante la puerta del palacio y, pese a la celeridad con la que descendieron del vehículo, Flavia reconoció a Hitler, a Goebbels y a Ranuccio Bandinelli.
—A por mi cuadro —murmuró ella con tristeza.
—Eso es —confirmó él.
Los hombres se cuadraron al paso de los jerarcas. Ranuccio iba a la zaga de Hitler, hablándole por encima del hombro, como hubiera hecho un intérprete. El alemán miró un instante al palacio y asintió, aprobándolo antes de desaparecer hacia el interior.
—Un Rafael —dijo Flavia, en referencia al arquitecto del palacio—. Claro que le gusta. Es una suerte para el conde Pandolfini que el Führer no pueda llevarse su casa a Alemania.
Apoyó la cabeza en el cristal con la mirada fija a la calle.
Triste, sintiéndose casi ridícula, poco más que una señorita mimada a la que le quitan lo suyo sin que pueda hacer nada más que llorar.
Eso empezó a hacer, mientras sus ojos enrojecidos no se desviaban de lo que sucedía cuatro pisos más abajo.
Nada durante diez minutos. Todo después.
No habían tocado las doce en el campanario de San Giovannino cuando los guardias se empezaron a inquietar y el coche de Hitler se puso en marcha.
Enseguida, un pequeño pasillo de hombres de uniforme se formó a los lados de los dos metros que separaban el coche de la entrada al palacio.
Otro hombre se acercó al Fiat, abrió la puerta y aguardó junto al elegante vehículo.
De pronto, con la decisión del que ve el final del día cerca, el Führer emergió por la puerta del edificio.
Como en los días precedentes, Ranuccio Bandinelli iba pegado a él, precediendo a Goebbels, que lo seguía con su paso imperfecto.
El Führer parecía de excelente humor. Flavia estuvo segura de que nada en aquel viaje le había hecho dibujar una sonrisa tan amplia como el regalo que acababa de recibir.
El coche de Hitler se puso en marcha y con él toda la comitiva, que resonó entre las paredes de los edificios que los veían pasar.
Las motos que cerraban la caravana adelantaron al pequeño furgón mientras este se colocaba pegado a la puerta del palacio.
Pese a que había poco espacio entre el vehículo y la puerta, Flavia vio a los guardias pasarse de unos a otros cinco cajas.
Cada una contenía una de las obras que las familias italianas se habían visto obligadas a ¿prestar?
«De ninguna manera», se respondió a sí misma.
Así que no era solo un regalo. Eran cinco.
Estaba segura de que su familia y todas las demás recibirían una carta del Ministerio de Cultura Popular o del de Educación, felicitándolos por el gran honor de que sus propiedades hubiesen pasado a manos del Führer.
Juan no sabía cómo animarla. La única manera era recuperando el cuadro, pero esa misma noche el tren de Hitler volvería a Alemania sin remedio, y, con la obra custodiada por los alemanes, parecía imposible hacerlo.
Él también estaba decepcionado, pero sabía que había hecho lo correcto.
De haber sido descubierta la trama, Flavia habría tenido serios problemas...
Hitler no se iba a llevar un cuadro falso.
Un cuadro falso.
Un cua...
De pronto, una idea cruzó por su cabeza. Una locura, pero quizás una realizable. Su expresión cambió y no pudo evitar dar una palmada mientras el plan se concretaba rápidamente en su cabeza. Flavia se incorporó para mirarlo.
—Puede que aún haya una posibilidad —dijo pensando en alto—, un poco remota, pero... —Sonrió—. No imposible.
—Es todo lo que necesito —replicó Flavia, secándose las lágrimas.
Tenían poco tiempo. La historia estaba a punto de revelarles si sería el suficiente.