6. ENCUENTROS INESPERADOS #2
—Un cuadro —respondió él, dudoso por un instante—.
Varios, en realidad, pero uno era realmente mayúsculo.
Es una especie de exposición de la que el Führer podrá llevarse lo que quiera.
Cinco cuadros. Llegué anoche a Florencia para verlos.
Uno me encandiló por su calidad. Se trata de un retrato maravilloso.
Una mujer que deberá seducir al Führer...
, y que seguro que lo hará. Pese a estar acostumbrado a tener frente a mí grandes obras, tras una hora delante de ella, difícilmente se borrará de mis retinas tal belleza.
A nuestro afortunado invitado le agradará el regalo, no me cabe duda.
Pocos hay mejores. Pero reconozco que me será difícil ver cómo se lo entregan.
Juan estaba ya aterrorizado; tal y como suponían desde hacía meses, estaba decidido que el retrato de Botticelli sería para Hitler, y probablemente los demás cuadros que se exponían junto a aquel correrían la misma suerte, pero lo preocupante de verdad era que el eminente profesor lo hubiera inspeccionado antes.
Una hora ni más ni menos. Ranuccio miraba al río y no percibió su expresión mientras seguía hablando.
—... pero no se preocupe demasiado..., ni usted ni la inmensa mayoría de los italianos lo añorará. —Se irguió un poco, quizás creyendo que estaba hablando demasiado—. En fin. Debo volver —dijo tirando su cigarrillo al río. Siempre es un placer verlo.
—Lo mismo digo —aseveró—, quizás, cuando esté más tranquilo, deberíamos organizar un encuentro.
—Descubrirá a otra persona, se lo aseguro. Mi misión actual es un gran honor, pero una responsabilidad abrumadora también.
Se dieron la mano y Juan siguió su camino conteniendo el ritmo de sus pasos mientras su cabeza parecía a punto de estallar.
Flavia había vuelto al piso que ocupaba en el mismo edificio que Juan, debajo del que el español había habitado mientras realizaba la copia del Botticelli.
También ella había visto el furor que se estaba desatando en Florencia y se preguntaba por qué exactamente algunos de sus compatriotas mostraban tanta alegría por el acontecimiento.
Tal vez tuviera mucho que ver la curiosidad en el hecho de que los florentinos se echaran a la calle.
Desde su ventana, mientras hacía la maleta, contempló la espléndida vista sobre Florencia.
Si todo iba bien, en unas horas abandonaría la ciudad hacia Suiza.
Si todo iba mal, no la volvería a ver. Estaba tan asustada como decidida.
El retrato de Colomba Corsini era el recuerdo de lo que había tenido, y también de lo que estaba arriesgando.
Podría haber huido a Suiza y vivir una vida segura.
Una vida sin riesgos. Una vida cómoda y lujosa, continuación de la que la acompañaba desde niña, que, en realidad, no era para ella.
Ya había dado instrucciones a Anetta para que la semana siguiente cerrara la casa, cubriera los muebles y escondiera algunas cosas.
Miró el reloj. A las cinco debía estar en la iglesia.
Derribaría la pared final del túnel, cambiaría el cuadro de Botticelli por el de Juan, lo enrollaría en un tubo y saldría por piernas.
Tenía un plan de escape bien urdido. Durante la parada de Hitler en el palacio Pandolfini, ni ella ni nadie podrían entrar o salir de Via San Gallo, pero, en cuanto se fuera, quizás a las once o las doce, Flavia tenía previsto encaminarse andando hasta el barrio de Careggi.
Allí había dejado aparcado su pequeño Fiat Balilla, con el que había calculado que en cuatro horas llegaría a Bolonia, desde donde enfilaría luego el segundo tramo de su viaje hasta Piacenza.
El trayecto, sobre todo antes de Bolonia, era tortuoso, pero a partir de aquella ciudad circularía por la vía Emilia, que era de las mejores del país, y contaba con puntos de descanso de Agip cada cuarenta kilómetros.
En uno de aquellos dormiría. Pasado Piacenza, podría circular más rápido, pues hacía algunos años se había inaugurado la primera autopista del país.
En tres horas estaría en Chiasso, el puesto fronterizo con Suiza.
Aunque eso fuera lo que le pidiera el cuerpo, no tenía que correr.
La copia del cuadro estaría en un vagón del Amerika , el tren de Hitler, camino de Berlín.
Si alguien se percataba de que era falso, no sería en el tren.
Incluso si lo hacían entonces, no podrían actuar hasta días después.
Si su plan salía bien, lo sabría en el momento.
Si salía mal, también. El ruedo era el palacio Pandolfini.
Fuera de aquel entorno, estaba salvada. Era todo o nada.
Nunca se había sentido tan sola, pero estaba segura de que había hecho lo que debía. Nadie más debía arriesgarse. Ejecutaría el cambio en solitario, aunque haber contado con alguien con quien compartir sus miedos le habría dado el doble de fuerza.
Se asomó a la calle. Frente al palacio había algo de actividad, pero parecía muy claro que aquella parada del Führer iba a ser rápida y secreta.
Un par de coches de la policía vigilaban las esquinas con las calles adyacentes, pero no se le impedía el paso a nadie, y solo ella, que sabía lo que había de producirse, reparó en la novedad.
Anduvo los pocos pasos que separaban su portal de la iglesia de San Giovannino y cerró la puerta tras ella.
Era una suerte que el padre Orso le hubiera dado las llaves.
En diez meses apenas se había cruzado con algún feligrés anciano y ninguno le había prestado la más mínima atención.
Tras revisar la nave principal, en un impulso que más tarde le resultaría raro, aprovechó para rezar.
Era judía, pero qué más daba en aquel momento.
Solo tenía aquellas figuras para consolarla.
Habría rezado a Buda y a Rama de haberlos encontrado allí.
Se encomendó a los santos para que todo saliera bien.
Al rato le pareció que la miraban con cierta ironía. Estaba nerviosa.
«Vamos», se dijo poniéndose en pie. Volvió al vestíbulo de entrada del templo, abrió el armario y, atravesándolo, bajó a la cripta y cruzó hasta la bodega del edificio contiguo.
El cuadro seguía donde lo había dejado, en una esquina del sótano oscuro y con olor a vino.
Desde donde estaba revisó el bulto sin detenerse y se acercó al final del túnel.
Como había planeado, a través del pequeño orificio que había perforado horas antes, observó de nuevo el jardín del palacio.
Todo estaba exactamente como había previsto.
Exactamente como sus informadores le habían asegurado que estaría.
Se tranquilizó un poco. Todo saldría bien.
Con cuidado, empezó a rascar la pared y enseguida el polvo fue sustituido por trozos de yeso, mayores cada vez.
Eran las siete y media cuando un gran pedazo cayó al meter una mano a través de él.
Efectivamente, ahí estaba el laurel que disimulaba por completo su presencia allí.
Las sombras del jardín también la beneficiaban, pues a aquella hora, aunque el sol aún iluminase el centro, la esquina por la que pretendía emerger ya se había oscurecido.
Con las manos fue partiendo el yeso y metiéndolo dentro del túnel hasta que el agujero fue lo bastante grande como para colarse por él sin problema.
Jamás lo encontrarían. Probablemente se quedaría allí hasta el final de los días.
Eran las siete. Había acabado el túnel quince minutos antes de lo previsto. En media hora haría el cambio.
Cuando volvió a la bodega en busca del cuadro, sobrevino la sorpresa. No estaba donde lo había dejado. Alarmada, giró sobre sí misma y se asustó. En la penumbra, una sombra lenta y segura se acercó a ella. Llevaba el lienzo en las manos.
Alguien estaba a punto de cambiar sus planes.