El falsificador 6. ENCUENTROS INESPERADOS
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6. ENCUENTROS INESPERADOS

ENCUENTROS INESPERADOS

Faltaban pocas horas para que los jerarcas y sus comitivas pisaran el jardín renacentista de los Pandolfini cuando Flavia se dispuso a acabar de horadar el último tramo de pared que separaba el lugar donde reposaba la auténtica Colomba Corsini del túnel por el que pretendía sustraerla.

Estaba nerviosa, pero más decidida que nunca.

Había discutido con Juan, pero ya intentaría arreglar el desencuentro cuando todo acabara.

Imaginaba que el español estaba de camino de Trieste, aunque, tozudo como era, podía estar también en cualquier otro lugar donde le costaría volver a encontrarlo.

Quizás no lo hiciera nunca más, y trató de engañarse con que tal vez eso fuera lo mejor.

Como decían los españoles, el cántaro había ido mucho a la fuente y que no se hubiera roto aún era un verdadero milagro.

Nunca había tenido tan claro como entonces que la intensidad, y no el tiempo de lo vivido, era lo que más poso dejaba, lo que más afectaba, lo que marcaba.

Los últimos meses habían supuesto una vida entera.

Iba a echarlo de menos mucho más de lo que quería reconocer.

Trató de apartar aquella certeza para centrarse en lo que la había llevado allí.

Había dejado la copia que había pintado Juan en la bodega, apoyada en una pared y envuelta en una manta.

Era perfecta, pero incluso la mano del mejor falsificador podía acabar por distinguirse de la del pintor original, por lo que algún día el engaño se descubriría.

Que cuando ocurriera la auténtica Colomba Corsini estuviera en manos de sus propietarios y lejos era la clave.

Bastó media hora para que la pared que llevaba un tiempo debilitando empezara a moverse levemente, dando signos de que, con un pequeño esfuerzo más, el túnel que le daría acceso al jardín del palacio quedaría concluido.

Miró el reloj y sacó un pequeño cincel de la caja de herramientas.

Con él, haciéndolo girar como si fuera un sacacorchos, tardó bien poco en conseguir un pequeño orificio que atravesaba lo que quedaba de muro en aquella parte.

Enseguida, una fina brizna de aire del exterior, nuevo y fresco, se coló en el túnel.

Acercó el ojo para observar el espacio que se veía a través.

Como había previsto, había más movimiento que otros días, y los tres camisas negras, cuyas caras ya conocía, ordenaban los macetones y limpiaban la zona, afanados en los últimos retoques.

El jardinero del palacio había acabado su tarea y todo lucía a la perfección, pese a las reticencias del propietario a que aquella escena fuera a producirse en su casa.

Flavia tenía la información precisa. A las ocho, solo uno de los camisas negras se quedaría en el interior del recinto mientras los otros dos esperarían fuera, a ambos lados de la entrada, en la calle.

A la vez, el que permanecería en el palacio iría a tomar un refrigerio y a cambiarse.

Solo veinte minutos en los que la galería se quedaría sin vigilancia y ella podría cruzar rápidamente el jardín que presidía, cambiar el cuadro y volver sobre sus pasos con el Botticelli familiar.

Escapar. Parecía sencillo. El jardín estaba separado unos centímetros del muro que Flavia agujereaba, y, si sus cálculos no fallaban, un gran laurel disimularía la entrada de su túnel.

Las sombras que cubrirían aquella esquina a la hora convenida también jugaban a su favor.

Pasarían días hasta que se descubriera el boquete y, Dios mediante, para entonces todo habría acabado.

Eran las tres y media. Se propuso que a las siete y media la abertura debía estar completada. Tenía tiempo de sobra y —creía— las agallas necesarias.

El falsificador español Juan Rezola había abandonado el ático de Via San Gallo por la mañana, molesto y preocupado.

Molesto con Flavia. Preocupado por Flavia.

Ni siquiera Lapsus, su perro, había logrado animarlo, a pesar de ser el que mejor sabía hacerlo.

El labrador se había pegado a él, silencioso y tranquilo, esperando a que el mal cuerpo se le pasara a su amigo humano, pero no lo había conseguido, y quizás por aquella razón el Bugatti azul de Juan seguía aparcado en una bocacalle y no habían abandonado Florencia aún.

El ambiente de la ciudad llevaba meses cambiando, y aquel 9 de mayo había llegado a su punto álgido, haciéndola irreconocible.

La capital de la Toscana estaba llena de oficiales de la Gestapo que paseaban como los dueños del lugar, mancillando algo del honor de los florentinos de toda la vida, que se mostraban cautos y diferentes, también curiosos.

No era necesario el uniforme para distinguirlos.

Su aire de suficiencia y su manera de moverse bastaban.

A su paso, la habitual espontaneidad italiana se contenía expectante, y los pasos de los locales se veían dirigidos con humor desigual de un lugar a otro, a través de calles desviadas y trayectorias errantes.

Muchas de las cosas que le gustaban a Juan de Florencia se habían ocultado, el carácter y la vida mediterránea no encajaban bien con el ideal fascista.

El desorden, la gracia y la improvisación se habían aplacado.

Los edificios de pintura desgastada habían sido tapados, el Ponte Vecchio se mostraba embellecido pero artificial, y las fachadas más importantes estaban limpias como el día de su construcción, como si las huellas del tiempo fueran algo de lo que avergonzarse.

Allá donde uno miraba, en cada lugar emblemático, las banderas italianas se entrelazaban con esvásticas.

Incluso se habían hecho excavaciones simbólicas para hallar el eje Roma-Berlín, que solo existía en la ensoñación fascista.

Hitler estaba en la ciudad y no había florentino que no sintiera su presencia. También la de Mussolini.

Incluso cuando uno se apartaba de los lugares en los que se le esperaba, tenía la sensación de ser observado, vigilado y amenazado.

Juan más que ninguno. El Führer y los alemanes habían hecho suya Florencia, y parecía que hasta las estatuas renacentistas tuvieran que sonreír, saludar a su paso, mostrar respeto y sumisión.

Eso hacían los florentinos de carne y hueso.

La recepción del Führer había sido multitudinaria.

Hitler venía a empaparse de la que consideraba la cuna cultural de Europa, la del arte verdadero, el que hacía que cualquier otro, anterior o posterior, resultara indigno.

Había llegado a la estación a las once y visitado algunos lugares emblemáticos. Todo el mundo sabía que estaba en Palazzo Vecchio, muy cerca de donde Juan caminaba en aquellos momentos. El rumor de lo que ahí sucedía era el fondo de los sonidos que escuchaba.

«Sí, Florencia es otra», se dijo, odiando que fuera así, y con las mismas ganas de irse que de quedarse cerca de Flavia.

Estaba paseando junto al Arno en dirección al Ponte Vecchio cuando, de frente, incomprensiblemente solo, meditabundo, fumando un cigarrillo, mirando al río y vestido de uniforme, reconoció al profesor Ranuccio Bandinelli.

No eran amigos aún, pero, de no haber existido entre ellos la barrera política que Juan daba por segura, lo podrían haber sido.

En los meses anteriores habían coincidido en tres ocasiones, una casual y dos absolutamente intencionadas.

Habían hablado y se habían interesado el uno por el otro.

Ranuccio era la persona destinada a ilustrar a Hitler en el viaje.

A ser su guía. Juan pensó que el arqueólogo estaría con el dictador, pero no era así.

Sin dudarlo, se acercó. Pocos metros antes, él también reparó en su presencia.

—Rezola —dijo, irguiéndose un poco para recibirlo.

—Ranuccio —le devolvió Juan, tendiéndole la mano.

El italiano sonrió un poco, aunque en su cara se marcaba el cansancio.

—Lo hacía entregado a sus altas responsabilidades.

Ranuccio sonrió levemente. Parecía exhausto.

—Están en el Palazzo Vecchio. He aprovechado para comprobar que todo está bien en el Medici Riccardi, a donde irán luego, y me he acercado a respirar un poco.

—Parece que están teniendo un día intenso.

—Sí, lo tenemos todos, pero el Führer no se cansa del arte. Ha disfrutado del Pitti y de los Uffizi.

—La ciudad está muy bonita, con todo tan engalanado y limpio —mintió.

—¿Le parece? —inquirió Ranuccio, poniendo en duda tal afirmación.

Luego cambió el tono—. Discúlpeme, es solo que la Gestapo es agotadora.

Hemos repetido el recorrido tantas veces que he perdido la cuenta.

Parece que deba ser yo el que garantice la seguridad de herr Hitler.

La visita, eso sí, está resultando un éxito.

El Führer ha gozado mucho en Roma y aquí lo hará tanto o más.

Juan decidió arriesgarse un poco.

—Mientras no se lleve nada, no hay problema.

Ranuccio cambió un segundo la mirada, escrutando la de Juan. Cuando dejó de sospechar, volvió a sonreír.

—Nada que usted vaya a echar de menos. —Suspiró—. Tiene suerte. No se echa de menos lo que no se ha visto nunca.

—Diríase que usted no está en la misma situación. —Juan se empezó a alarmar.

—No. No lo estoy. Pero el arte siempre ha sido un elemento útil para la diplomacia.

Las obras más extraordinarias han ido de un lugar a otro del mundo, Goyas españoles a Londres, obeliscos egipcios a París, tapices gobelinos a Madrid...

Así que supongo que hay que asumir las cosas como son, aunque a veces entristezcan.

Es tan solo que anoche vi un... —Ranuccio se calló, Juan se asustó.

—¿Qué vio?