5. EL REGALO
EL REGALO
—Ah. Usted. Estará contento —le dijo, mirándolo desde abajo.
—Profesor Agostini.
—Esto es una barbaridad. Una barbaridad.
Ranuccio miró al camisa negra, como advirtiendo a Agostini de que no expresara sus pensamientos de una manera tan abierta.
—Me da igual lo que me haga este hombre.
—No pensaba hacerle nada —le sonrió el tercero. Parecía claro que debía pensar que Agostini estaba senil y loco, cosa en la que se equivocaba.
—Regalar esto... Que Dios nos perdone. Saldría ahora mismo con los que pudiera bajo el brazo.
—Eso sí que no lo permitiré —apuntó el camisa negra.
—Yo tampoco —confirmó Bandinelli—, pero veamos de lo que hablamos.
Cruzaron la cochera hasta el jardín, ordenado con grandes macetones de terracota con limoneros, y siguió a ambos hasta una galería de una sola planta, con arcos acristalados entre columnas de cuyo interior salía algo de luz. En una esquina se escuchaba el borboteo de una fuente.
Accedió al espacio alargado, y enseguida su acompañante encendió las luces para iluminar la estancia: un museo pequeño, insólito y desconocido, pero de máxima calidad.
Cinco buenos lienzos se apoyaban en sendos caballetes, listos para que el Führer decidiera cuál llevarse, aunque todos tenían asumido que probablemente no eligiera y se los llevara todos, igual que hacía con todo lo que se le antojaba: un Guido Reni, un Guercino, un Caracci, un Bellini y, el mejor de todos, un Botticelli: el retrato de Colomba Corsini.
Le habría gustado ver las obras a la luz del día, pero no había tenido ni un minuto para sí mismo desde que Hitler había llegado a Italia. Tampoco ese minuto le pertenecía, pues estaba ejecutando un encargo que, a través del director de Bellas Artes, provenía del mismo Mussolini.
—Es un atropello. Un atropello —murmuraba Agostini de fondo mientras el camisa negra le ofrecía un cigarrillo y él lo aceptaba.
Tras dar una bocanada de medio pitillo, toser y cerrar los ojos un instante, se recompuso y se acercó a Ranuccio en el momento en que inspeccionaba el primero de los lienzos: una mujer que le devolvía una mirada altiva.
—Salomé —dijo Ranuccio.
—Sí —confirmó Agostini—, de Guido Reni. Probablemente no la vuelva a ver más a partir de mañana.
Ranuccio no se tomó el comentario como una provocación. No tenía por qué. Observó el cuadro unos minutos hasta pasar al siguiente, una pequeña joya de Guercino que mostraba la lucha de un hombre contra una multitud.
—Eso deberíamos estar haciendo —dijo Agostini—, luchar. Sacar estas obras inmediatamente de aquí. Como ese.
—Como Sansón —apuntó Ranuccio.
—Profesor, es tarde y lleva muchas horas igual. Hay causas mayores que la suya —intervino el afable camisa negra, que no se tomaba en serio nada de lo que el anciano decía.
Bandinelli observó el lienzo admirando su maestría, reteniendo cada detalle. Luego hizo lo mismo con el próximo y con el que lo siguió, otras dos obras maestras que, no obstante, quedaban algo relegadas por la importancia del Botticelli. Sus ojos se iluminaron al tenerlo delante.
—No podemos dejar que se lo lleven. —Las palabras de Agostini eran ya de súplica—. Diga que no es digno del Führer, que es una obra menor. No deje que ese cuadro cruce los Alpes. Usted puede intentarlo al menos.
—No haré tal cosa —respondió Ranuccio—, me han encomendado una tarea y la haré bien.
—Entonces..., no hay nada que hacer —dijo el profesor—, parece que la solución está en manos del problema.
Ranuccio Bandinelli no estaba dispuesto a admitir tanto.
—Profesor, váyase. No lo necesito, es tarde y deseo estar solo. No soy un problema para nadie. Estas obras quedarán en manos de un hombre que las amará y, de paso, favorecerá los intereses de nuestro país, los suyos y los míos.
—Usted no puede hablar en...
—Váyase le digo —lo interrumpió Ranuccio harto, haciéndolo callar.
El profesor lo miró con la cara triste e indignada del que ve su casa arder sin remedio. El camisa negra se compadeció.
—Vamos, amigo, lo acompañaré a la calle —dijo, apartándolo.
—Usted no es mi amigo —aún tuvo fuerzas de decir el anciano.
—Eso es porque usted no quiere. —Sonrió el otro.
Ranuccio se quedó solo.
Solo frente a los maestros de la pintura académica. Solo frente a Colomba Corsini.
La observó con detenimiento. El retrato tenía cada una de las características del maestro renacentista: su finura, su impecable ejecución de la figura humana, el velo que cubría el pelo perfectamente ejecutado y los dorados de las ropas a punto de saltar del lienzo.
Colomba le daba el perfil como preguntándole adónde pretendía que viajara.
En aquel entorno y con aquella luz, se enfatizaba el poder de la obra, y Ranuccio no pudo evitar sentir que fuera a abandonar su país para siempre, probablemente con la misma intensidad que el profesor Agostini, pero sin ánimo de evitar lo necesario.
Se resignó. No era la primera vez que el arte servía a la diplomacia y, seguro, tampoco sería la última.
—Bello, ¿verdad? —escuchó a su espalda al rato. El camisa negra volvía a estar junto a él.
Nadie podría haber escapado a la magia del cuadro. Ni tan siquiera aquel rudo acompañante.
—Es mucho más que eso —musitó Ranuccio.
—Le dejaré solo. Aunque no puedo decir que me haya hartado de ver a esa dama. Estaré en la puerta si necesita algo —dijo antes de alejarse de nuevo.
La obra era contemporánea del retrato de Simonetta Vespucci y guardaba varias similitudes respecto a su composición.
Era una obra del artista en su plenitud y, además, no era de temática religiosa, la más habitual del pintor.
La historia del cuadro, que había pasado de las manos de Lorenzo de Medici a las del rey de Nápoles, y de aquellas a las de la rica familia de banqueros Viel, le daba un valor añadido.
El Renacimiento y su arte eran admirados por Hitler.
Si el cuadro era bueno para su mayor mecenas y para un rey, también lo era para él.
Era, en definitiva, una obra única.
Ningún regalo era demasiado importante para el Führer, pero Bandinelli estaba convencido de que aquel le satisfaría sobremanera.
Había observado su reacción ante todo lo que había visto hasta entonces.
Era una mezcla de dos sentimientos de espíritu muy diferente: el mayor era de admiración, de pasión, de auténtica emoción al ver las maravillas que los grandes artistas eran capaces de crear.
Hitler amaba el arte con fuerza y, respecto al que le interesaba, era razonablemente entendido.
Había escuchado a Ranuccio con atención, preguntándole, pidiendo más, bebiendo de su sabiduría.
Pero, al subir al coche, tras la visita a la Galería Borghese, había visto algo en su mirada que se acercaba más a lo que se había empeñado tan vehementemente en mostrar al mundo.
El italiano creyó saber lo que era. Desengaño.
Envidia. Quizás algo de ira incluso. Bandinelli estaba seguro de que, tras observar tantas maravillas, Hitler se había dado cuenta de que él tenía pocas.
De que el arte del que rebosaba Italia era escaso en su país.
El país que había de dominar el mundo, la cuna de la raza superior, apenas podía contar con algunas de las migajas que se acumulaban en Italia, en Francia o en España.
Por eso ningún regalo podría haber sido más adecuado. Por eso se llevaría todos los cuadros.
Ranuccio contempló el Botticelli durante una hora más antes de volver por donde había venido.
Sí. Aquel sería un excelente regalo.