El falsificador 4. FLAVIA
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4. FLAVIA

FLAVIA

Flavia Viel se resistía a llevar el apellido de su marido, aunque era bonito y prestigioso.

Leone era el nombre de una noble y antigua familia toscana.

Leone, como el fiero felino, aunque no hubiera manera de que Carlo mostrara las garras.

Ella era diferente. Siempre había sido impulsiva, levantisca y desobediente.

Simpática, nerviosa y activa. Educada pero indomable.

De pequeña había sido la líder de todas las batallas, la instigadora de todas las travesuras, sobre todo en el castillo de Faggio, pero también en Venecia y en la Toscana.

De mayor, los mismos escenarios la habían visto pasear su belleza desenfadada, sus ansias de diversión, su risa incontenida.

Nadie sabía bien de dónde provenía aquel carácter que no tenía su padre ni mucho menos su madre.

Carlo Leone era su amigo desde la infancia.

Era un buen chico y luego fue un buen hombre.

Uno que se dejaba llevar por ella cuando se mostraba más audaz, pero que a la vez se labraba un brillante camino en las finanzas y se graduaba con honores en la Universidad de Milán.

Alto, moreno, ordenado y corpulento, con hechuras de señor y cara bondadosa.

Guapo sin estridencias. Se habían casado casi por inercia, porque todos, incluso ellos mismos, lo daban por hecho.

Nadie la conocía como Carlo. A veces, Flavia pensaba que en realidad siempre habían estado casados.

Lo quería, claro que sí. Con todo, desde la adolescencia había estado abierta a encontrar el amor salvaje e irracional del que algunos le hablaban y que ella no sentía.

El Amor en mayúsculas. Había conocido a otros chicos, a los que se lo había puesto fácil para que trataran de seducirla, la invitaran a cenar o a pasear.

Muchos lo habían hecho. Carlo supo ocultarle sus celos, lo cual la había molestado un poco, aunque la realidad fue que ninguna de esas numerosas citas había despertado nada en ella y todos sus pretendientes habían tenido que conformarse con convertirse en buenos amigos.

Así que, sin especial emoción, como una cita sin sorpresas, pero tampoco remordimientos ni inseguridad, había esperado su boda.

La tentación llegó en el último momento, como una manzana del pecado, jugosa, excitante y única, en una cala de la costa española de Gerona, en medio de un viaje en el barco de sus padres.

La había mordido y la había saboreado, se había dejado llevar y había estado dispuesta a dejarlo todo hasta que descubrió que nada era tan perfecto y que a veces es preferible la seguridad de lo conocido que la incertidumbre de la novedad.

Juan Rezola. Sería imposible que olvidara jamás al español al que había conocido casi por casualidad y con el que había sentido una conexión instantánea, como si estuviesen hechos el uno para el otro, cuando ya no esperaba ningún golpe de timón a lo que había planeado para su vida.

Luego descubrió que Juan escondía suficientes cosas como para hacerla dudar...

y se decidió. Carlo era preferible a Juan, por más que el español la removiera como ningún italiano había hecho jamás.

Seguridad. Sí, eso necesitaba.

La seguridad era lo único que le interesaba a Carlo.

La esperaba en Suiza con una gruesa cuenta en un banco de Zúrich y dispuesto a que la humillación de huir de Italia, incluso antes de ser verdaderamente amenazados, no la atenazara.

Dispuesto a no luchar si podían perder. Dispuesto a ser dócil mientras otros alzaban la voz.

Dispuesto a salvar los muebles sin que ni uno sirviera de barricada.

Cuando lo pensaba, se convencía de que Juan era lo contrario.

Juan era la incertidumbre, la pasión, la risa y el riesgo.

El desorden y el pelo revuelto. Juan era la vida.

El recuerdo del último verano que había vuelto al presente, tan solo porque ella necesitaba de sus habilidades.

No, no era una excusa: nadie podría haber hecho lo que Juan había hecho mejor que él, porque nadie falsificaba arte como el español.

Tenía una copia del retrato de Colomba Corsini y estaba a punto de lograr un acceso discreto al palacio Pandolfini, donde el lienzo original era custodiado junto a los otros «prestados» por las familias judías de Italia.

Cambiaría la copia por el original, el suyo, que se llevaría y escondería fuera del país.

En su cabeza todo parecía más fácil al planearlo.

Hacía más de un año que no había podido evitar que se llevaran el cuadro que decoraba el despacho de su padre, pero, pese a que a otro le habría parecido un capricho peligroso, ella estaba decidida a recuperarlo.

Alguien debía hacer algo. Alguien debía decir que ya era suficiente.

Y sí, era solo un cuadro, pero, aunque fuera uno tan valioso, lo realmente importante iba a ser la gesta que preparaba, que sería recordada para siempre. Si lo conseguía, claro.

Hitler se iría a su país con una obra falsa y la colgaría en un importante museo alemán, o, mejor aún, en su casa.

Al mismo tiempo, la auténtica Colomba viajaría a un lugar seguro, quizás Estados Unidos, donde, en algún momento, ella se encargaría de hablar con la prensa, explicarles su hazaña y ridiculizar al hombrecillo que amenazaba con dominar Europa.

Sí, era solo un cuadro, pero el golpe de efecto sería mayúsculo.

Pero antes debía hacer algo.

Subió las escaleras de la casa de Via San Gallo hasta el lugar que conocía bien en el último piso.

Como siempre a aquella hora, las paredes de pintura desvaída y el suelo de barro cocido se teñían del intenso color rojizo y rosa del cielo, cuya luz atravesaba el ventanal con dramatismo.

Sobre la cama, descalzo, con la camisa abierta y su labrador negro a los pies, Juan leía tranquilo, con las gafas que lo envejecían un poco y la cabeza perdida en los mundos que encontraba entre las páginas.

Observó un instante al hombre del que estaba enamorada.

El hombre al que había obligado a volver a su vida.

Ni él ni el perro la escucharon entrar y, solo cuando estuvo a pocos metros, repararon en su presencia.

Sin sobresaltarse, él sonrió, cerró el libro, se quitó las gafas y se incorporó un poco. Lapsus movió el rabo tres veces.

—No te esperaba —le dijo.

—Me lo imagino.

—¿Te quedas? ¿Has cenado? Anetta ha dejado pasta. Está extraordinaria, pero no voy a decírselo más porque cada vez se lo cree más.

—Sabía que os caeríais bien al final.

—Díselo a ella. Ha sido un hueso duro de roer...

, pero le gusta cocinar y lo hace muy bien, y a mí me gusta comer, y también lo hago estupendamente.

—Sonrió tocándose la barriga—. Hasta a Lapsus le ha acabado cayendo bien, y eso que la mujer maldice a diario los pelos que deja por todos los lados mi perrete. Entonces, ¿te quedas?

—No. Y tampoco tú —dijo Flavia, cambiando el tono, seria.

—¿Nos vamos?

—Tú te vas.

Juan se incorporó un poco más.

—Ya has hecho lo que has venido a hacer —continuó Flavia, armándose de una dureza necesaria que no sentía—, desde aquí debo seguir sola.

—Estás bromeando.

—No, lo digo muy en serio. Quiero que te vayas. Mañana por la noche haré el cambio y nadie más que yo estará presente. Si fallo, seré solo yo la que caiga, ese fue el trato.

—No esperarás que te deje sola.

—Juan, eso es exactamente lo que espero y lo que vas a hacer. Mañana te irás.

El semblante de él cambió. Se estaba empezando a enfadar.

—No lo haré.

—Desde luego que sí. Esto es asunto mío.

—También es asunto mío. ¿Te tengo que recordar qué es lo que he hecho? Ese cuadro es obra mía.

—Lo sé, y te lo agradezco. Te he traído el dinero.

—Dinero.

—Sí, es más de lo que había pensado.

—Jamás hablamos de dinero.

—Ten —dijo sacando del bolso un sobre muy abultado y acercándoselo.

—Ni se te ocurra —la frenó—. Guarda eso. Me ofendes.

—Pensé que dirías eso, pero es a lo que te dedicas. Eres un falsificador de arte. Es tu trabajo. Y yo te he contratado para que hagas una copia del cuadro que me arrebataron. Debería poder pagarte.

—Ya te dije que no voy a seguir pintando. No falsificaré. Te dije que lo dejo. No quiero tu dinero, quiero ayudarte.

Flavia respiró hondo.

—Ya lo has hecho. Ahora vete. Si no te vas, no haré nada. No te involucraré más de lo que ya lo he hecho. Si me quieres, vete. Recuperar ese retrato ha sido mi objetivo desde que se lo llevaron. Si te quedas, anularé la operación. No me puedes hacer esto.

Juan la miró. La odiaba con la misma intensidad que la quería.

—Me iré esta tarde. No me volverás a ver.

Ella vaciló.

—No es eso lo que quiero.

—Ya lo sé. Pero no siempre se tiene lo que se quiere. A veces se tiene lo que se necesita.

Él se dio la vuelta y miró por la ventana, observando cómo el sol se ponía entre las cúpulas de las iglesias y las torres de los palacios florentinos.

No le gustaba discutir y tampoco que lo mandaran, lo cual Flavia llevaba haciendo meses; seduciéndolo; la complacía en cada uno de sus deseos, doblegando su voluntad sin que él pudiera hacer nada por evitarlo.

El labrador se le acercó y frotó su cabeza contra su pierna, como recordándole el verdadero sentido de la amistad.

—No nos despidamos así —le escuchó decir a Flavia.

—Tú nunca te despides —le recriminó él—, descuidas el camino por el que luego pretendes volver. La vida no funciona así.

—No me despediré entonces. No lo haré porque te volveré a ver, aunque no quieras. Un día entenderás que, por una vez, esta decisión no es producto de mi egoísmo, sino de mi generosidad.

—Vete. Mañana, cuando vuelvas por aquí, no estaré —espetó Juan.

Flavia bajó la mirada. Pese al dolor, estaba segura de hacer lo correcto. Se dio la vuelta en silencio y abandonó la habitación que tantos secretos escondía.

Cuando, al día siguiente, volvió, Juan Rezola había cumplido su palabra: solo Colomba Corsini habitaba ya el ático de Via San Gallo.

Y ni siquiera aquella fabulosa copia de Botticelli era capaz de llenar el vacío.